Gil lee sus periódicos y no puede deshacerse de las noticias de la violencia desaforada. Por más que hace y deshace, solo si cerrara los ojos desaparecerían esas noticias: da la vuelta a la página y ahí está el tiroteo, el asesinato, el crimen, la desaparición, la balacera por la disputa del territorio. Gil caminó sobre la duela de cedro blanco, se dirigió a sus libreros y encontró un viejo libro olvidado: Para una crítica de la violencia, de Walter Benjamin. Oigan esto: “la tarea de una crítica de la violencia puede definirse como la exposición de su relación con el derecho y con la justicia. Porque la causa eficiente se convierte en violencia, en el sentido exacto de la palabra, sólo cuando incide en las relaciones morales”. Si Gamés ha entendido algo, cosa improbable, las dimensiones de la violencia mexicana han tocado desde hace tiempo la fibra última de las relaciones morales y, desde luego, de la justicia, o la ausencia de ella.
En un fin de semana, en Tierra Caliente, Guerrero, hubo 14 bloqueos, decapitaciones y agresiones contra seis periodistas a quienes amenazaron con quemarlos vivos después de despojarlos de sus pertenencias y abandonarlos a la buena de Dios. Cuatro cuerpos sin cabeza fueron arrojados a la carretera, así dirimen sus disputas Los Rojos y Los Ardillos. No le pregunten a Gil el árbol genealógico de estos grupos criminales, pues lo ignora. Otras bandas se enfrentan a balazos: Los Templarios, el cártel Jalisco Nueva Generación, los Beltrán Leyva. Bandas violentísimas y armadas hasta los dientes. Gil lo leyó en su periódico El Financiero: en 2016 hubo en Guerrero 2 mil 213 homicidios dolosos, en 2017 van 550 casos.
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