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Qué envida sentí ayer por los ciudadanos estadounidenses que vieron el lunes por la noche un debate abierto, moderno, democrático, de confrontación de propuestas y personalidades, que pudieron pulsar la estatura de sus candidatos presidenciales.


Hora y media estuvieron Hillary Clinton y Donald Trump frente a las cámaras. Con la pantalla dividida, se les veía cada gesto: cuando hablaban, cuando escuchaban, cuando respondían, atacaban, se defendían.Una delicia para los votantes.


Una delicia ajena para nosotros. Un ejercicio que desgraciadamente en México aún no se puede hacer porque está prohibido, porque quien lo arme puede ser severamente castigado, porque una mezcolanza de intereses particulares lo impide:


La ley electoral vigente, aprobada por el Congreso, permitía que los medios de comunicación pudieran organizar debates presidenciales con los invitados y formato que les parecieran atractivos. Atrás quedaba la obligación de que los organizara el INE, que los retransmitiera todo mundo, que asistieran todos los candidatos (hasta los que no pintan), que el moderador fuera un maestro de ceremonias imposibilitado para preguntarles.


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