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Gil se siente ninguneado. Lo hacen de menos y ese es su coraje. Gamés siente feo: su nombre no aparece entre los periodistas, defensores de derechos humanos y activistas contra la corrupción. Nada, solo pesos pesados de la información (ción­ción), el honor y el coraje (no vayan a empezar, no hay ni pizca de ironía en estos sustantivos). Ni siquiera una mención a esta página del directorio como instrumento periodístico que al mismo tiempo amenace al Estado. Gil caminó sobre la duela de cedro blanco con el orgullo periodístico en los pies y un sacudidor para quitarle el polvo a la valentía de “Uno hasta el fondo”.


Señores y señoras del espionaje, lleguemos a un acuerdo, ustedes espían a Gilga dos o tres días: se enteran de asuntos de interés nacional, como la tintorería donde parten todas la semanas los trajes de Gil, la lista exclusivísima de vinos y licores adquiridos en La Europea, las camisas finísimas que compra Gamés en tiendas prestigiosas. ¿No consideran todo esto de interés nacional? Anden: comisionen un espía para averiguar la vida de Gilga; ahora mal sin bien, si no es con Pegasus, aunque sea con un vaso pegado en un muro exterior del amplísimo estudio para oír la forma en que Gilga conspira: manches, wey, el gol del Chucky Lozano fue de una valentía digna de un defensor de los derechos humanos. O bien esto otro que pondría a temblar al Estado mexicano: en mi humilde opinión, el equipo nacional jugó mal, aunque ganó. Se le eriza la piel a Gil, le entra un miedo terrible pensando en las consecuencias políticas de estos rotundos conceptos. Gil les recuerda que hay cuatro vidas: la pública, la privada, la secreta que decía García Márquez y la indecible que siempre quiere olvidar el protagonista.


Más información en: http://bit.ly/2tMThgS

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