Han pasado casi tres meses desde la elección del señor Trump y dos semanas desde que asumió la presidencia. El mundo está en vilo ante el cambio radical en las formas, los principios y las políticas de quien estará cuando menos cuatro años al frente de la primera potencia mundial.
Lo que propone el señor Trump constituye una amenaza contra la aspiración de construir un mundo abierto, diverso, incluyente e igualitario. Un mundo en el que el Derecho Internacional sea la norma, la cooperación entre las naciones la regla y la solidaridad entre los pueblos el modelo a seguir. Frente a estos objetivos, Trump plantea un embate contra la diversidad de identidades, la tolerancia, el libre comercio y la protección de los derechos humanos. Un país que daría cabida a la discriminación por nacionalidad, condición migratoria, género, raza, religión o preferencia sexual.
Trump es una amenaza global. Pero México es particularmente vulnerable frente a sus políticas, por razones geopolíticas, económicas y migratorias. Los mexicanos, de aquí y de allá, están a merced del proteccionismo comercial que promueve, del racismo y la xenofobia que lo caracterizan. Su empeño por levantar un muro entre las dos naciones y deportar al mayor número posible de migrantes legales e ilegales, a quienes calificó sin más de “hombres malos”, es sólo una de las manifestaciones de aislamiento y violencia. También quiere provocar el retiro del mayor monto posible de inversiones que los empresarios estadounidenses han hecho en México bajo el falaz argumento de que esto le quita empleo a los estadounidenses.
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