Cuando el poder es total sus consecuencias calamitosas no lo disminuyen. A menudo lo fortalecen, pues no queda frente a su red aplastante sino morir, huir, adherirse o resignarse.
Es lo que nos han mostrado las catástrofes sociales del siglo XX inducidas por dictaduras productoras de servidumbre y miseria.
Es la lección del comunismo soviético, en todas sus fases, antes, durante y después del estalinismo.
Es la lección de las hambrunas inducidas por la revolución cultural maoísta o la destrucción de las ciudades en Kampuchea:
Todo se desplomaba y caía en pedazos sobre los rehenes de aquellos regímenes, menos los autores del desastre, los dueños del poder que parecían, al revés, consolidarse en el desastre.
Esta ha sido también la enseñanza de la Revolución cubana, donde el deterioro ha ejercido su dominio por más de medio siglo sin que el poder cejara gran cosa en su jefatura.
Me hago eco del famoso verso del poeta peruano Carlos Germán Belli, epígrafe de la novela de Mario Vargas Llosa La ciudad y los perros: “Sobre cada linaje, el deterioro ejerce su dominio”.
Creo haber leído en el propio Vargas Llosa que el deterioro hay que detenerlo porque no tiene límites internos, puede empeorar indefinidamente.
Hace rato nos parece que Venezuela no puede estar peor ni Maduro sostenerse por más tiempo en el poder. Pero Venezuela empeora y Maduro conserva el poder.
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