Una cita en el piso 35 del World Trade Center. Nunca había visto por dentro y desde lo alto la fealdad de ese gran edificio tocado por la postergación y el olvido. Esa construcción tardó años en convertirse en este bastimento de miles de pasillos y techos no más altos que un mexicano promedio con la mano en alto. Desde una pequeña oficina vi cómo una nube de proporciones escalofriantes se posaba sobre la ciudad. Vienen las lluvias, pensé.
Minutos antes había pasado por una prueba mayor: en un mostrador te dan un pase, un QR para pasar unas puertas de grueso vidrio; luego, frente a los elevadores marcas, como una ilusión, el número del piso al que te diriges.
Cuando el ascensor abre la puerta, una multitud se agolpa en la entrada y cada quien busca un lugar. Allá adentro iba yo con una calma que ni Juárez en su carroza rumbo al norte de México. Un prócer en elevador.
Debo ser fácticamente verídico: el elevador sube como su puta madre; bueno, es un decir, no me lo tomen literalmente y llamen al Conapred: he aquí a un hombre que ofende a la mujer. Como dice un amigo, en fon.
Quiero decir que el ascensor sube a gran velocidad, ni cuenta te das y ya estás en el 35. Pasillo uno, pasillo dos; oficina mil, 2 mil. Oiga ¿y los baños? Al fondo a la izquierda. Muy lejos.
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