La democracia es el gobierno de la mayoría pero no solo eso. La democracia es también un régimen de pluralidad política, un régimen republicano con división de poderes, un régimen de respeto a la legalidad y las instituciones autónomas, y un régimen de libertades. Entendida así, la democracia mexicana podría convertirse en un paréntesis de nuestra atribulada historia. Nació con la alternancia en el Congreso, en 1997, junto con la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas al gobierno de la Ciudad de México, y de todos nosotros depende que no muera tras el resultado de las pasadas elecciones del 1 de julio de 2018. Nuestra democracia ha tenido muchos logros clave, que no hemos sabido valorar y defender:
- Estabilidad macroeconómica, en buena medida gracias a la autonomía del Banco de México (que les quitaba la tentación de dirigir las finanzas desde Los Pinos a los gobiernos en turno) y al Tratado de Libre Comercio (que dio certeza a las inversiones a mediano y largo plazo).
- Alternancia pacífica en el poder en todos los niveles (gracias a la autonomía de gestión de los órganos electorales y al financiamiento público suficiente de los partidos políticos).
- Auge sin precedentes de las organizaciones de la sociedad civil, de todo signo ideológico y con objetivos plurales, y consolidación de organismos autónomos, cuyo funcionamiento moderno servía de contrapeso al lento y corrupto aparato estatal heredero de la era no democrática.
- Libertad de expresión en todos los niveles, pese a fuertes resistencias del gobierno en los medios masivos, el uso partidista y la falta de transparencia en la asignación de la publicidad gubernamental, actos intolerables de censura encubierta, como la salida de Aristegui de MVS, y muchos actores ilícitos en guerra contra esta libertad, cuyo epítome son los periodistas asesinados a lo largo de estos últimos años. Graves problemas, pero bajo un clima de entera libertad.
Todo eso podría haber terminado ahora. Estos cuatro factores combinados llevaron a México de ser un país irrelevante en el mundo a una potencia media (décima potencia exportadora, décima segunda economía del mundo por paridad cambiaria, sexta potencia turística, principal economía del mundo hispánico…), con perspectiva de ser uno de los diez países más importantes del mundo en el 2050. Pensemos simplemente en el auge económico de decenas de ciudades medias (Morelia, Querétaro, Guanajuato, Tijuana, Mazatlán, Mérida, Oaxaca…), con una oferta de servicios turísticos y un equipamiento comercial y cultural sin precedentes.
La democracia mexicana enfrenta muchos enemigos, resistencias e inercias. Los más importantes son:
- Poderes fácticos heredados del viejo aparato priista: cacicazgos sindicales (Pemex, SNTE…); complicidad, cuando no abierta alianza, entre criminales y policías (estatales y municipales) y feudos políticos irreductibles e impermeables a la apertura. No enfrentarlos fue el principal error de Fox.
- La violencia criminal, que, perdido el puente directo con Los Pinos durante la alternancia, se fragmentó, enquistó y pudrió. Además, tuvo la suerte de ser combatida en el único terreno en que es invencible: con más violencia, lo que precipitó al país a una espiral de muerte intolerable. Ese fue el elefante en la recámara que no vio Calderón.
- La corrupción descarnada, la complicidad entre funcionarios públicos y empresarios, las fortunas nacidas de las obras públicas, etcétera. Esa es la principal responsabilidad de Peña.
- La falta de una pedagogía democrática en todos los niveles (cultura de debates informados) y la ominosa creencia de que las ideas y posturas de los otros no son aceptables (dialéctica del amigo-enemigo, acrecentada por la dinámica endogámica de las redes sociales).
- La carencia de un modelo incluyente que usara esa creciente riqueza nacional en un sistema de seguridad social que atemperara la escandalosa desigualdad (salud y educación universales, justicia expedita e imparcial) y falta de un modelo de inversión en infraestructura estratégica que la facilitara (agua, desarrollo urbano, transporte público).
- La perenne presencia de un líder carismático, adversario de la democracia mexicana desde su derrota en 2006, pero beneficiario de sus logros, libertades y ventajas.
Las cinco primeras carencias se retroalimentaron entre sí, amparadas a su vez por las virtudes de nuestra democracia, y produjeron el clima de malestar, justificado-injustificado, que se puede resumir en una frase: “No podemos estar peor.” Y que abrió la puerta al cambio de gobierno. ¿Será también un cambio de régimen democrático? Los electores pensaron que las cuatro virtudes o conquistas de nuestra democracia eran sólidas e irrenunciables y que, por lo tanto, se podía votar sin miedo por el que ofrecía otro enfoque para resolver las carencias. Se equivocaron. Y votaron masivamente por un político que supo enmascarar su discurso no democrático en la campaña pero que una vez logrado el triunfo resurge con toda su fuerza redentora.
La toma del Palacio de Invierno
En las redes se pueden seguir día tras día, a veces con risa, a veces con pasmo, los sucesivos anuncios del nuevo gobierno. Son como números inconexos en una cartulina. Pero si tenemos la paciencia de unirlos de manera secuencial, veremos que no son azarosos, y que revelan una lógica: el regreso del pasado autoritario.
El fiscal a modo, los “superdelegados” estatales, el ataque abierto a las instituciones autónomas, el castigo salarial a los técnicos apartidistas del Estado mexicano, la descentralización de las secretarías, el recorte en la financiación pública de los partidos, la centralización de las oficialías mayores, el mando militar en las labores de seguridad, entre otros, tienen como objetivo último, implícito o explícito, un masivo traslado de poderes, plurales y fragmentarios, a una sola persona.
La cancelación del aeropuerto en Texcoco (el mayor daño patrimonial en la historia moderna de México), el amago de la cancelación de las comisiones bancarias (primera crisis económica provocada por un presidente electo en la historia) y las reuniones en lo oscurito con grupos empresariales conllevan un solo mensaje: los negocios en México deben pasar por el visto bueno de una sola persona.
La urgencia por crear un padrón de jóvenes becarios, el reparto de las ayudas del gobierno desde la Presidencia, el regreso del asistencialismo en el campo (incluido el regreso de los precios de garantía) y la captación de los viejos (y los nuevos) sindicatos oficialistas configuran una base social instantánea. ¿Serán justas las futuras elecciones de gobernadores con los superdelegados convertidos en candidatos oficiales?
La primera consulta sin garantías y la segunda consulta francamente obscena (como berrinche a una primera manifestación en contra), la centralización de la comunicación social, los epítetos contra la prensa, la polarización y la búsqueda del chivo expiatorio, amparado todo en el mecanismo de la democracia participativa, revelan la tentación de concentrar todo el debate nacional en una sola bisagra: conmigo o contra mí. Pero claro, yo no soy yo, yo ya “no me pertenezco”, yo soy el pueblo de México rumbo a su cuarta transformación. Es decir, estar contra mí es estar contra el pueblo.
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