Son ya ocho décadas desde que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) emergió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, la cual generó una destrucción mayúscula debido, en buena medida, al empleo de armas de destrucción en masa y convencionales; el auge y el declive de diversas potencias -y su lucha por prevalecer sobre las demás-; además de factores como el revanchismo resultado de las negociaciones que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial; la crisis del sistema capitalista que hizo su aparición en 1929; el ascenso de los autoritarismos y totalitarismos; y el tambaleo de los imperios coloniales.
La ONU se propuso tres objetivos fundamentales: evitar un nueva conflagración mundial que llevara a la destrucción del mundo, de ahí su consigna de mantener la paz y la seguridad internacionales. Adicionalmente Naciones Unidas buscó la promoción y el resto de los derechos humanos, porque si algo distinguió a las guerras mundiales, pero, sobre todo a la segunda, fueron los crímenes de lesa humanidad, genocidios, asesinatos masivos, en fin, masacres y más masacres con el empleo, además de armas convencionales, de químicas -como el Zyklon B, fabricado por Bayer y usado en los campos nazis de exterminio-, biológicas y, en 1945, atómicas. El otro objetivo central de la ONU es impulsar el desarrollo.
No se necesita ser un gran conocedor para saber que Naciones Unidas ha quedado a deber a lo largo de estas ocho décadas en lo que hace a estos tres objetivos. Una mirada somera al mundo de 2025 revela la pervivencia de numerosos conflictos, algunos con intensidades mayores y más visibilidad que otros. Asimismo, los derechos humanos siguen siendo violentados, como se puede apreciar, por citar un caso, el de los palestinos en Gaza. El empleo de armas de destrucción en masa, como las químicas -el sarín, de manera notable- en conflictos armados, ha pervivido, en tanto la narrativa sobre el posible uso de armas nucleares es cada vez más constante. Finalmente, el desarrollo ha vivido retrocesos, no obstante, la existencia de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS).
La situación descrita en el párrafo anterior deriva evidentemente de la falta de voluntad política de los 193 miembros que forman parte de Naciones Unidas. Para comenzar, es cierto que las grandes potencias, suelen asumir conductas, en lo general y con pocas excepciones, contrarias al multilateralismo y el bien común. No se trata sólo de Rusia, la que a menudo es señalada como promotora de conflictos en el espacio post soviético. Estados Unidos ha hecho su contribución a un mundo inestable, más allá de la figura de Donald Trump. No sólo ha ido a la guerra con argumentos falaces -piénsese en el caso de la incursión bélica en Irak que inició el 20 de marzo de 2003-, sino que ha impulsado procesos de paz que han violentado los derechos de países y comunidades, como ha ocurrido con los Acuerdos de Abraham de 2020, los que si bien normalizan relaciones diplomáticas entre Emiratos Árabes Unidos, Sudán, Marruecos y Baréin -y actualmente Trump busca extenderlos a Arabia Saudita, Siria y Líbano- con Israel, ignoran por completo a Palestina y los derechos del pueblo palestino.

Existen también múltiples necesidades humanitarias en el mundo derivadas de fenómenos naturales, desastres, epidemias y pandemias, violencia, conflictos armados, la debacle ambiental, el incremento de refugiados y desplazados forzados, la hambruna, el terrorismo, y, en contraste, se aprecia poca solidaridad internacional y escasa disposición a impulsar la cooperación ante estos y otros flagelos. Del lado de Naciones Unidas, que vive la peor crisis financiera de su historia, existen menos recursos para hacer frente a emergencias humanitarias y mantener en operación a la institución.
Si bien el pasado 9 de septiembre la Asamblea General ONU inauguró su 80° período ordinario de sesiones con la alemana Annalena Baerbock presidiendo, y aun cuando a lo largo del mes y hasta el 29 de septiembre se debatirán múltiples desafíos que enfrenta el mundo, la realidad es que se percibe poca disposición de las naciones que pertenecen a la institución, para aportar soluciones a los enormes desafíos que encara. A partir del 23 de septiembre se espera el arribo de líderes de, al menos 188 países para dirigirse al pleno de la Asamblea General, con la ausencia ya anunciada de Palestina a quien las autoridades migratorias estadunidenses han anunciado que le suspenderán visas para evitar la participación de sus delegados en la anticipada reunión.
El diagnóstico: el por qué de la crisis de la ONU
Si bien el mundo se ve aquejado por una policrisis, esto es, desafíos distintos en diversos ámbitos pero que terminan conectándose entre sí como lo planteaba Edgar Morin, la gestión de la gobernanza global es incapaz de un correcto abordaje de los temas. Esta policrisis se enfrenta a la ya citada falta de voluntad política de los países del mundo, pero también a la pérdida de credibilidad en las instituciones, a un nacionalismo exacerbado, a la percepción de que lo que ocurre en el planeta no es responsabilidad de las naciones -y, por lo tanto, no tendrían por qué destinarse partidas presupuestales de los contribuyentes para su atención-, a un presupuesto militar cada vez más alto, al desarrollo de conflictos armados híbridos y de distintas magnitudes e intensidades, al no pago de las cuotas obligatorias y voluntarias de los miembros a favor de la institución y al surgimiento de esquemas minilaterales y regímenes internacionales que, en principio, deberían operar en apoyo a Naciones Unidas, pero que se rigen conforme a reglas particulares y se apartan del multilateralismo. Lo que se tiene entonces en un tono gramsciano es un viejo orden que no termina de morir y un nuevo orden que no termina de nacer, aderezado con un multipolarismo cada vez más marcado, pero con un multilateralismo débil.
Conforme a este diagnóstico se tienen elementos que explican que, por ejemplo, ante conflictos armados tan devastadores como el que acontece en Gaza entre Israel y Palestina -con intervenciones de otros actores como Irán y Estados Unidos, por ejemplo-, o bien entre Rusia y Ucrania, no haya una condena, muchos menos acciones concretas desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En el segundo caso es evidente que cualquier debate que pudiera buscar una resolución para actuar contra Rusia en ese órgano fundamental de la ONU, enfrentaría el veto de Moscú. Y en el caso de Gaza, es menester recordar que gran parte de las resoluciones vetadas históricamente por Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, versan sobre Israel, actor que es protegido por Washington. Entonces, las potencias hacen una enorme contribución a la parálisis del órgano de Naciones Unidas investido con la principal responsabilidad en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.
Gráfico 1

* Brasil, el mayor contribuyente latinoamericano, aporta el 1. 4 por ciento al presupuesto base de la ONU, en tanto México es responsable del 1. 13 por ciento.
Fuente: Naciones Unidas. Estas cifras no incluyen el presupuesto para las operaciones de mantenimiento de la paz.
También, el tema de los recursos financieros de la institución merece una valoración. Estados Unidos, como es sabido, aporta el 22 por ciento del presupuesto base de la ONU, en tanto la República Popular China (RP China) contribuye con el 20 por ciento. Esto significa que tan sólo dos actores de los 193 miembros, son responsables del 42 por ciento, esto es, casi la mitad de los dineros de la ONU. Algo semejante ocurre con el presupuesto para las operaciones de mantenimiento de la paz (OMPs), donde, de nuevo, Washington aporta el 26. 95 por ciento lo que lo ubica en la primera posición, y la RP China es el segundo contribuyente con el 18. 69 por ciento del presupuesto -si bien es importante destacar que, entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Beijing es quien más contribuye con personal militar y policial a las OMPs de la ONU, muy por encima de Estados Unidos como se puede apreciar en los gráficos 3 y 4.
Gráfico 2

Fuente: Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas.
Sin embargo, Estados Unidos suele retener el pago de sus cuotas a la ONU, sobre la base de que la institución debe reformarse. Donald Trump ha insistido que es incomprensible que EEUU sea quien da más de la quinta parte del presupuesto de la ONU cuando, en la Asamblea General y otros foros se vota en contra de los intereses estadunidenses. La morosidad de Washington, sin embargo, tiene límites, marcados estos por la norma de que quien no pague cuotas durante dos años consecutivos, perderá su voto. Estados Unidos se ha asegurado de que esto no ocurra y paga en parcialidades. Pero el caso de la RP China no es mejor: Beijing paga en partes a lo largo del año, lo que limita considerablemente el flujo continuo de recursos a favor de la institución para que esta lleve a cabo sus tareas más elementales.
Pero más allá de estas dos potencias, a agosto del presente año, sólo la cuarta parte de los miembros de la ONU habían pagado a tiempo sus cuotas. La lógica marcaría que, si Naciones Unidas tiene una crisis financiera tan grave, la comunidad internacional apure el pago de sus cuotas.
Gráfico 3

Fuente: Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas.
Al respecto, hay otro problema que tiene que ver con el tipo de cuotas existentes. Las hay obligatorias, mismas que son aprobadas en la quinta comisión de la Asamblea General y que indefectiblemente los países deben pagar. El monto se determina a partir de cálculos del producto interno bruto y la demografía de cada miembro. Aquí hay morosidad. La otra categoría es la de las cuotas voluntarias. Se podría pensar que el voluntarismo es deseable y hasta necesario para dotar de recursos financieros a la ONU. Empero, lo que ha ocurrido es que los países, en especial los del Norte Global, han favorecido la segmentación financiera, entregando cuotas voluntarias a aquellos programas y agencias que sirven a sus intereses instrumentales particulares en lugar de reorientar los dineros de manera estratégica a las agencias de Naciones Unidas. Así, mientras que las cuotas voluntarias han crecido considerablemente, las obligatorias se encuentran estancadas. Como se puede apreciar en el gráfico 4, las cuotas voluntarias equivalen al 70 por ciento del total de los recursos que recibe la institución. Depender de esas cuotas es arriesgado porque al no ser obligatorias, este año podrían fluir, no así el siguiente.
Gráfico 4

Fuente: Naciones Unidas.
Los grandes contribuyentes de la ONU la han dejado morir financieramente, por considerar que son ellos y no la institución, quienes deben definir en qué se gasta el dinero, lo que impide la asignación de recursos a temas y agendas que el Norte Global no considera importantes -por ejemplo, derechos humanos, migración, etcétera. Al privar al organismo internacional del tutelaje financiero, Naciones Unidas se enfrenta a problemas tan serios como la carencia de recursos para pagar la nómina de sus trabajadores en 2026; reducir operaciones de sus organismos y órganos principales; cortar servicios como aire acondicionado y/o calefacción; y de manera desesperada, el secretario general Antonio Guterres anunció que organismos como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), ONU Mujeres y el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNPF) moverán sus sedes a Nairobi, Kenia. Para ello, la ciudad keniana deberá contar con infraestructura más amplia y servicios que puedan albergar reuniones con un gran número de delegados. La premisa es que mover a esas latitudes a algunos de los organismos, programas y fondos de la ONU permitirá ahorrar recursos, amén de que se empoderará a África como subsede, tema sobresaliente dada la marginación a la que el continente es normalmente confinado en Naciones Unidas. Hoy Nairobi alberga únicamente al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Con todo, se impone la cautela. Trasladar sedes y burocracias de organismos sólo conforme a la consigna de ahorrar gastos, puede derivar en más gastos. Este tipo de decisiones deberían de ser adoptadas de manera cuidadosa y con una visión global sobre pros y contras de dichas medidas.

Lo que también es cierto es que los recortes de Donald Trump a la Agencia de Cooperación Internacional de Estados Unidos (USAID) están causando estragos en diversos programas de la ONU. Guterres sugirió fusionar a organismos con tareas semejantes como el ACNUR y la OIM, dado que ambos operan desde Ginebra y podrían conducir una gestión más coordinada -y, de nuevo menos costosa- de los asuntos de los refugiados y los migrantes. No menos importante es el retiro de Estados Unidos de organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Comisión de Derechos Humanos y los Acuerdos de París. Ahora el reto para la ONU es hacer menos con menos.
Gráfico 5

Fuente: Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas.
El Norte Global que es una minoría, asume que es injusto que la mayor parte de los miembros de la ONU, que pertenecen al Sur Global, aporten sólo el 2. 3 por ciento del presupuesto base de la institución, lo que revela un declive de la solidaridad internacional, pero también la importancia de hacer ajustes a la cooperación internacional ante imperativos como elevar el presupuesto militar, por considerar que la seguridad internacional sólo será alcanzable a través de las armas. Para ponerlo en perspectiva, el presupuesto base de Naciones Unidas para el presente año, asciende a 3 mil 720 millones de dólares, en tanto el de las OMPs es de 5 mil 400 millones. El gasto militar global, en contraste, es de 2. 7 billones (trillions) de dólares, lo que significa que, incluso sumando el gasto base de la ONU más el de las OMPs, el monto equivale al 2 por ciento del presupuesto bélico en el mundo. El gasto de la ONU, el base y el de OMPs es inferior al presupuesto del Departamento de Policía de Nueva York, estimado en 11 mil millones de dólares.
Gráfico 6

Fuente: Naciones Unidas.
Siguiendo con el diagnóstico sobre los padecimientos de la ONU es menester señalar, como se venía sugiriendo, la fragmentación del trabajo que realiza al existir decenas de organismos especializados, fondos y programas donde, inevitablemente hay traslapes. Póngase por caso el tema de la salud, que si bien tiene en la Organización Mundial de la Salud (OMS) a su mayor exponente, también hay entidades como ONUSIDA, UNICEF, y ONU Mujeres que abordan o enfermedades específicas o bien salud infantil y de mujeres. Para la atención de crisis humanitaria existe la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) tema que también es atendido por ACNUR, UNICEF, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) entre otras instancias. Estos traslapes sumados a una coordinación interinstitucional en muchos casos deficiente, tienen costos económicos y políticos y llevan a que los contribuyentes financieros del Norte Global tengan argumentos para que sean ellos los que decidan qué programas apoyar y cuáles no.
No se puede obviar que los fenómenos naturales tienden a ser cada vez más recurrentes ante la debacle ambiental, lo cual exacerba la necesidad de recursos materiales y humanos para hacerles frente, aun cuando las causas de este problema estriban en comportamientos poco sostenibles en materia ecológica, de parte los países.
La falta de liderazgo, tanto del titular de la Secretaría General como de los países que poseen los atributos políticos y económicos para llevarlo a cabo, es visible. En lugar de ello, Estados Unidos, quien siempre ha tenido objeciones respecto al trabajo de la ONU; cuenta hoy con un gobierno profundamente reacio a la multilateralidad, que además recorta de manera sustancial fondos y programas para organismos internacionales y la cooperación internacional, lo que inspira a otras naciones a seguir sus pasos.
¿Qué debe cambiar?
Con este diagnóstico es evidente que se requieren cambios de fondo en la institución para adecuarla a los imperativos del mundo del siglo XXI dado que el contexto en que nació ya no existe. A los problemas de la guerra y la paz, más los del desarrollo y el respeto y promoción de los derechos humanos hay que sumar nuevos retos como los flujos instantáneos de información que exponen a Naciones Unidas a una mayor presión para responder de inmediato a los desafíos globales. Las noticias falsas hacen también su parte para frustrar el desempeño de la institución.
Los organismos regionales como la Unión Europea, la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Unión Africana (UA), la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) e incluso agrupaciones transregionales como el Grupo de los 20 (G20) y los BRICS +, acuñan agendas y acciones no siempre conectadas con las de Naciones Unidas, lo que abona a una fragmentación de la gestión de los asuntos globales. No basta con que el secretario general de la ONU haga acto de presencia en cumbres de estos organismos: se requiere una mejor coordinación entre Naciones Unidas y las entidades referidas.
El financiamiento de Naciones Unidas debe ser revisado ante el auge del voluntarismo y el declive del cumplimiento de las obligaciones financieras que asumieron los miembros de la institución en el momento en que se adhirieron a ella. El voluntarismo debe operar además de, y no en lugar de las cuotas obligatorias de los 193 miembros.
El rol de la filantropía merece un apunte. La filantropía, en muchos casos motivada por las descargas fiscales que conlleva, también establece agendas que son prioritarias para quien la gestiona. Por ejemplo, en el seno de la OMS, la Fundación Bill & Melinda Gates financia especialmente programas para enfrentar enfermedades como el VIH/SIDA, la malaria, la tuberculosis, las enfermedades desatendidas, la nutrición, la salud materno-infantil y la planificación familiar. La Iniciativa Chan Zuckerger ha puesto el acento en la prevención y gestión de muchas enfermedades, además de que impulsa el uso de la inteligencia artificial para acelerar desarrollos científicos que han dado pie al Atlas de células humanas. Evidentemente es positivo que estos súper millonarios colaboren con la ONU y sus agencias, pero debido a la relevancia de sus acciones y presupuestos asignados, deben ser monitoreados a efecto de evitar que incurran en acciones fraudulentas o que dañen a las sociedades. Peor: existe el riesgo de que al priorizar esos temas, fundaciones como las descritas dejen de lado agendas que son importantes, pero de las que consideran no pueden derivar beneficios particulares sustanciales. Ted Turner propietario de CNN donó en 1997 mil millones de dólares de su fortuna personal a Naciones Unidas creando un fondo que potencia asociaciones con fundaciones, empresas e individuos en apoyo al trabajo de Naciones Unidas, pero, de nuevo, el uso y monitoreo de esos recursos debería estar sujeto a rendición de cuentas y mayor transparencia como se le exige todo el tiempo a la propia ONU.
El papel de la sociedad civil en la renovación de Naciones Unidas es un tema pendiente pero crecientemente relevante. La ONU no sólo es un organismo eurocéntrico que promueve valores occidentales, sino que sólo admite como miembros a Estados. La participación de la sociedad civil sólo es posible en uno de los órganos fundamentales de la ONU; el Consejo Económico y Social (ECOSOC). El involucramiento de la sociedad civil con el estatus consultivo que le confiere el ECOSOC permite tener otras voces, distintas de las gubernamentales, sobre los desafíos que encaran los países y el mundo y, a menudo, presenta visiones que refrescan el debate, más allá de las visiones occidentales, liberales y culturales dominantes en el planeta. Fortalecer el trabajo de la sociedad civil dentro de Naciones Unidas, puede abonar a su democratización y a una gestión distinta de los temas globales, más en apego de las necesidades sociales, de abajo hacia arriba, y no sólo desde los gobiernos o menos aun, desde las oficinas de la ONU en Nueva York, Ginebra o Viena. Para ello es menester una nueva diplomacia global incluyente. En ello también será importante involucrar de manera más recrrente a organismos no gubernamentales (ONGs) quienes, sin ir más lejos, han puesto su expertise al servicio de importantes negociaciones en materia de desarme, por ejemplo, en torno a las minas terrestres anti-persona, las municiones en racimo y las armas nucleares.
El rol de la Asamblea General como el actor más democrático entre los órganos fundamentales de Naciones Unidas, debe ser fortalecido no sólo para el debate de los temas de la agenda global sino para tomar decisiones en materias tan relevantes como el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales donde la parálisis del Consejo de Seguridad parece ser la norma. En la Guerra Fría, fue aprobada en la Asamblea General la resolución 377 (V), mejor conocida como unión pro paz, adoptada en 1950. Esta resolución posibilita que cuando el Consejo de Seguridad esté paralizado por falta de consenso entre sus miembros permanentes sea la Asamblea General quien sea convocada a un período extraordinario de sesiones de emergencia en las siguientes 24 horas para analizar la cuestión de que se trate, de manera que se autoricen medidas colectivas para restablecer la paz y la seguridad internacionales. Cabe destacar que la unión pro paz fue invocada para crear en 1956 la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas (FENU I) en Medio Oriente. De manera más reciente, en 2022 la unión pro paz fue usada nuevamente para condenar la invasión de Rusia a Ucrania si bien ello no derivó en acciones de seguridad colectiva como sí fue el caso en 1956. Empero la resolución unión pro paz puede ser un mecanismo de presión para que el Consejo de Seguridad se reactive.

La Asamblea General de hecho ha asumido tareas que son importantes y que antes se centraban sobre todo en las decisiones del Consejo de Seguridad, por ejemplo, la elección del secretario general de la institución. En 2016 se instituyo que las personas que aspiraran al cargo comparecieran ante la Asamblea General para que explicaran su plan de trabajo y respondieran preguntas de los delegados gubernamentales. Para 2026, año en que se producirá el relevo de Antonio Guterres, estas comparecencias deben fortalecerse, buscando además la selección de una mujer para el cargo, toda vez que, desde hace 80 años, la institución ha sido presidida por hombres y especialmente europeos.
Como se sugería líneas arriba, las OMPs son un instrumento para mantener la paz y la seguridad internacionales, si bien en la gestión de Antonio Guterres se ha observado un declive de las operaciones, dada su complejidad, duración y costos, y una preferencia por las misiones políticas. Asimismo, se ha sugerido que, puesto que buena parte de las OMPs actualmente se desarrollan en África, debe haber una mayor colaboración entre Naciones Unidas y la Unión Africana para su gestión. La iniciativa contempla transferir recursos de la ONU a favor de la Unión Africana para la conducción de misiones de paz en ese continente, pero aún no se concreta debido a que la comunidad internacional no ha llegado a consensos en la materia. Un proceso por demás interesante es la colaboración de Kenia con Naciones Unidas, en el envío de una fuerza multinacional en Haití encabezada por policías del país africano, además de otros procedentes de Jamaica, Bahamas y Belice. La violencia de las pandillas que controlan el 85 por ciento del territorio haitiano, ha llevado a que se exploren opciones ante la negativa de Rusia y la RP China en el Consejo de Seguridad de apoyar la creación de una OMP en forma para lidiar con el desafío de seguridad del atribulado país caribeño. Los resultados aun están por verse, dado que la presencia de policías mayoritariamente de Kenia aun no logra pacificar al país. El mérito de la iniciativa es, nuevamente, que se intenta superar otra vez la parálisis en el Consejo de Seguridad.

Potenciar el trabajo de Naciones Unidas en temas de frontera como la inteligencia artificial es una encomienda hasta hoy desarrollada tanto por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) como por la UNESCO, pero dada su relevancia deberá involucrar debates y compromisos más amplios en el seno de la institución para posicionarlo como entidad líder en esta y otras materias.
La tendencia a que la ONU actúe cuando se producen las crisis y no de manera preventiva, ha contribuido al encarecimiento e inefectividad de su gestión. La prevención salva vidas y es más barata. Un ejemplo: si se hubiera trabajado en prevención en materia de salud, se habrían tenido ahorros sustantivos durante la pandemia del SARS-CoV2 entre 2020 y 2022. Las acciones reactivas acontecieron en medio de costos sociales, económicos y políticos exacerbados que podrían haberse mitigado con una mejor preparación ante un evento que, se sabía, podía ocurrir, pero, lamentablemente, se desestimó. Otro tanto ocurre con diversas agendas como las que se relacionan con crisis humanitarias producidas por fenómenos, naturales, terrorismo, conflictos armados, etcétera. La prevención amparada posiblemente en información de inteligencia dotaría a la ONU de mejores herramientas para actuar a tiempo y reducir sustancialmente costos materiales y el sufrimiento humano que las crisis producen.
En este sentido, la refundación de Naciones Unidas amparada en una gestión financiera apropiada; nuevos pactos con los Estados, las empresas y la sociedad civil; mayor involucramiento de los organismos regionales en la gestión y gobernanza de los conflictos internacionales; una depuración de órganos para mitigar traslapes y redundancias en la institución y favorecer la prevención, son tareas impostergables que la comunidad internacional debe empujar, de manera que la ONU a sus 80 años no se transforme en un organismo marginal en las complejas relaciones internacionales del siglo XXI. Para decirlo de otra manera: el mundo necesita menos Trumps y más naciones genuinamente unidas en la gestión de la policrisis.

