La crisis que aqueja actualmente a Medio Oriente -habría que decir, en honor a la verdad, “las crisis”, en plural- se originan en el accionar de las potencias a lo largo de la historia y, de manera más reciente, ante el colonialismo británico y francés tras la Primera Guerra Mundial y la política exterior de Estados Unidos sobre todo en las postrimerías de la segunda gran conflagración global, sin por ello pretender minimizar el intervencionismo más reciente de actores como Rusia y la República Popular China en la zona.
Quizá uno de los eventos que más podrían ayudar a comprender cómo es que Irán y Estados Unidos -y su aliado Israel- han llegado al actual punto de quiebre, sea la intervención de Washington del 20 de marzo de 2003 para deponer al régimen de Saddam Hussein en Irak. Aun cuando Irak e Irán son dos países muy distintos, llama profundamente la atención el trato y la narrativa que Washington -e Israel, claro- ha empleado para justificar acciones punitivas y sanciones contra ambos países, argumentando, en el caso iraquí, la posesión de armas de destrucción en masa y en el iraní, su programa nuclear presumiblemente con fines bélicos.
Entre 1980 y 1988 Irán e Irak se enfrentaron en una sangrienta contienda que generó más de un millón de muertos y en la que Bagdad empleó armas químicas contra la población kurda y la iraní. Diferencias ideológicas y el control del río Shatt-el-Arab que establece la frontera entre los dos, fueron algunas de las razones por las que las tensiones escalaron. Con el triunfo de la Revolución Islámica, Iraq temía que se fortaleciera el chiismo, tema importante considerando que en ese momento el gobierno era controlado por el triángulo sunita, que representaba a la minoría. En esta contienda EEUU, Francia, la URSS y Arabia Saudita apoyaron a Saddam Hussein, en tanto Siria y Libia dieron el espaldarazo a Irán. El Estados Unidos de Reagan, sin embargo, también apoyó a la Guardia Revolucionaria iraní, situación que violaba su propio embargo de armas a Teherán. Esto quedó evidenciado en el escándalo Irán-contras.
La guerra Irán-Irak no resultó como esperaban ni los occidentales ni la URSS. Los liderazgos de Irak e Irán se fortalecieron y ni Bagdad pudo contener mucho menos debilitar a Teherán ni al contrario. El conflicto se suspendió en 1988 sin un ganador, si bien Irak se sintió apoyada en aquella contienda lo suficiente como para emprender una expansión que derivó en su anexión de Kuwait el 2 de agosto de 1990, cosa que le ganó la reprobación unánime en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sanciones amplias y el inicio de una operación bélica multinacional en enero de 1991 que dejó al país muy maltrecho.
El debilitamiento de Irak terminaría favoreciendo a Irán. En marzo de 2003, cuando el gobierno de George W. Bush, sin el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas decidió deponer al régimen de Hussein insistiendo en que poseía armas de destrucción en masa y que además había estado implicado en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 -argumentos ambos falsos- abrió la puerta para que Irán ocupara el vacío de poder regional que dejó el colapso iraquí.
Más grave es que la Guardia Republicana Iraquí, compuesta por unos 100 mil efectivos, mejor pagados, entrenados y equipados que el ejército regular de Hussein, y que el personaje creó para proteger a su régimen -más que al país-, tras la invasión de 2003 se reconfiguró y una facción al menos, se unió a al-Qaeda en Irak ante el vacío de poder generado. En 2014, cuando el Estado Islámico tomó el control de la ciudad de Mosul, quedaba claro que la caída del régimen de Hussein 11 años atrás, había allanado el camino para que ex miembros del Partido Baas de Saddam Hussein y tribus suníes favorecieran los avances de Dáesh. Claro que a diferencia de al-Qaeda, el Estado Islámico ha buscado crear un poder territorial y ha podido financiarse gracias a la experiencia de evasión de las sanciones occidentales impuestas a Irak durante el régimen de Hussein. El petróleo traficado permitió a Dáesh hacerse de recursos para sus operaciones, aprovechando no sólo el vacío de poder en Irak, sino en otros territorios, como Siria, y, de manera más reciente, el Sahel.

Hoy se sabe que unos 400 mil miembros del ejército de Irak derrotado por EEUU fueron bloqueados para conseguir trabajo, de manera que no pudieron recibir pago alguno. Empero, retuvieron sus armas y eso allanó el camino para que pudieran operar en los contextos descritos.
Irán por su parte, exacerbó sus acciones en la región. Independientemente de su programa nuclear, el cual ha servido de pretexto para que Israel y Occidente condenen al régimen iraní, el país ha aprovechado los ya referidos vacíos de poder para frenar el pretendido liderazgo de Arabia Saudita en la región, acotar a Israel y estructurar redes de apoyo mediante Hamas, Hezbollah y los hutíes en Yemen, para citar sólo algunos ejemplos conocidos.
Irán se había beneficiado de una alianza con Rusia, quien busca influir en la región, pero que ha ido perdiendo apoyos, por ejemplo, con la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria. Con todo, Rusia también ha sido blanco de ataques perpetradas por el Estado Islámico, como quedo de manifiesto en 2024, tras los comicios presidenciales en que Putin fue reelecto, cuando el Estado Islámico del Gran Jorasán se atribuyo el mortífero atentado contra el centro de conciertos Crocus City Hall en Moscú que derivó en la muerte de 144 personas más unos 550 heridos. Aparentemente el atentado fue una represalia del Estado Islámico contra Rusia por haber apoyado a Bashar al-Assad en su momento en Siria contra Dáesh, ello sin dejar de lado la creciente presencia Rusia en África, en particular en el Sahel donde también combate a células de esa organización.
Otro actor importante es la República Popular China (RP China) quien adquiere petróleo iraní que transita por el Estrecho de Ormuz, hoy cerrado a la navegación como consecuencia del conflicto armado. La RP China mantiene una presencia económica importante con Irán. El 80 por ciento del petróleo iraní se estima que es adquirido por los chinos. Para el gigante asiático, la compra de crudo a Irán equivale al 13. 5 por ciento de las importaciones marítimas totales de crudo, lo que no es un tema menor. Asimismo, el comercio no petrolero entre ambos es significativo con ventas desde Irán por 14 800 millones de dólares e importaciones desde el gigante asiático por 19 300 millones, con un saldo deficitario para Teherán.
Beijing, por supuesto -al igual que Rusia- ha condenado las acciones de Estados Unidos contra Irán. Como se recodará, Irán forma parte del grupo BRICS + y de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS). Con todo, pese al apoyo implícito de Moscú y Beijing a Irán, no parece que se vislumbre, por ejemplo, un despliegue militar directo de esas potencias en apoyo a Teherán. Rusia se encuentra ya en el quinto año de la invasión a Ucrania, que sigue siendo un tema prioritario para Moscú, no obstante el apoyo logístico que Irán le ha dado con drones -que son los drones que ahora usa para su ofensiva en Medio Oriente y contra las bases militares estadunidenses en la región.
Al igual que en el caso de Irak, el régimen iraní ha sido decapitado y la muerte del Ayatollah Ali Jamenei, líder supremo abre la puerta para una sucesión en un país aquejado por sanciones, pero también un régimen represivo que se había venido debilitando dado que sus aliados como Hamás y Hezbollah también habían estado bajo fuego y ya no estaban en condiciones de operar como bastiones de Teherán en la región. Mismo caso con los hutíes, quienes también han sido atacados. Las protestas de la población iraní contra el régimen se habían exacerbado en meses recientes y Trump a su vez les hizo saber que “no estaban solos.”

La apuesta de Trump sin duda es arriesgada. Lo ha enemistado una vez más con sus aliados, debido a la ilegalidad manifiesta de los ataques. La megalomanía personal de Trump es un factor a considerar: ahora podrá decir que ha logrado sacar de la ecuación al Ayatollah Ali Jamenei, algo que sus antecesores no pudieron hacer. Esto se suma a la “extracción” de Nicolas Maduro en Venezuela para juzgarlo en Nueva York. Son acciones que la opinión pública en muchas partes del mundo aplaude.
Con todo, Irán cuenta con capacidades de guerra de guerrillas y los ataques realizados a manera de represalia contra Estados Unidos, Israel y bases militares que Washington mantiene en la región no son un tema menor. Saddam Hussein no tuvo una capacidad de respuesta de esas dimensiones tras la incursión de Estados Unidos el 20 de marzo de 2003. Además hay que recordar que si bien el Ayatollah Jamenei y otros líderes murieron en los ataques perpetrados por Israel y EEUU, ello no significa que la muerte de este poderoso personaje provoque un cambio de régimen como tal. Es preocupante, igualmente, cómo la muerte del líder supremo iraní será percibida en la zona, en particular por el chiismo, que la podría considerar como un ataque directo contra él y países donde es prominente como Irak, Líbano y Yemen podrían asumir lo ocurrió en Irán como ataque también contra ellos, lo que extendería la guerra a otros frentes. Es muy posible que este conflicto se salga de control rápidamente.
Lo que Irak aporta a la experiencia, es que no por deponer a un líder, por más sanguinario que este sea, terminan los problemas del país al que gobierna o gobernaba. Cuando se toma la decisión de una remoción de esas proporciones, es necesario contemplar las consecuencias del vacío de poder que ello tendrá en el país y la región y mirar a los personajes que buscarán perfilarse como los nuevos “mandamases” en el área. Estados Unidos buscará favorecer el ascenso en Irán de quienes converjan con las prioridades de Washington. Pero la experiencia muestra que las acciones de Estados Unidos en Medio Oriente y su apoyo incondicional a Israel no han traído paz ni prosperidad a las sociedades de la zona. De hecho, los Acuerdos de Abraham de septiembre de 2020 mediados por Trump y su yerno, son considerados como la causa del ataque de Hamas contra Israel del 7 de octubre de 2003, en momentos en que Arabia Saudita se aprestaba a reconocer al Estado de Israel. Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Sudán reconocieron, mediante dichos acuerdos, a Tel Aviv, que hasta ese momento sólo tenía dos reconocimientos: el de Egipto y el de Jordania. Los Acuerdos de Abraham, como es sabido, omitieron la causa palestina, por lo que no parecían perfilados para atender las raíces de la problemática regional.
No se puede negar que el petróleo es una consideración fundamental en Washington a propósito de las razones para realizar la incursión armada contra Irán. Pero también hay un público, dentro de Estados Unidos, al que va dirigida esta acción y tampoco se puede obviar el advenimiento de los comicios de medio término en la Unión Americana en noviembre próximo. Con todo, es menester hacer un balance de costos y beneficios: la guerra contra Irak de 2003 y los recientes ataques contra Irán, se parecen en que no fueron avalados ni por Naciones Unidas, ni tampoco por la mayoría de los aliados de Estados Unidos. Incluso la polémica que circunda a las declaraciones de Trump contra el primer ministro británico Keir Starmer por no acompañar a EEUU en esta nueva aventura militar en Irán -a diferencia de los ocurrido en 2003- y también contra el presidente del gobierno español Pedro Sánchez por no actuar como lo hizo José María Aznar en aquella ocasión parece ignorar que tanto el Reino Unido como España hubieron de enfrentar atentados terroristas en sus territorios aparentemente -aunque muchos lo niegan- como represalia por sus acciones militares conjuntas contra el régimen de Hussein. El 11 de marzo de 2004, cuatro trenes de la estación de Atocha en Madrid fueron blanco de ataques terroristas provocando la muerte de 192 personas más 2 mil heridas. También, el 7 de julio de 2005, se produjeron cuatro explosiones contra el sistema de transporte público de Londres que provocaron la muerte de 56 personas y más de 700 heridos. Si bien no es posible establecer una causa unidireccional -de hecho la Audiencia Nacional de España concluyó que lo responsables pertenecían a una célula terrorista de corte yihadista, pero se evitó vincular esto a las acciones militares conjuntas que comenzaron el 20 de marzo del año anterior en Irak y aun cuando en el caso del atentado de Londres, al-Qaeda en un mensaje transmitido el 1 de septiembre de ese año, se atribuyó la autoría del atentado, las alertas están encendidas entre los aliados de Washington por esta y otras razones.
Con estos antecedentes, la creciente radicalización de las sociedades, la proliferación de información consiste en ideas radicales, racistas, extremistas, hasta las instrucciones para fabricar una bomba, entre muchos otros temas, es de suponer que existe preocupación entre los aliados de Estados Unidos por las consecuencias de atacar a Irán y las represalias de Teherán contra quienes participan en la contienda. Es verdad que en Occidente se ha avanzado de manera considerable en el monitoreo y el trabajo de inteligencia para hacer frente a la amenaza terrorista, pero las sociedades siguen siendo vulnerables.
Otro tema que hay que incluir en el análisis es a quién beneficia, además de Israel y EEUU la decapitación del régimen iraní en una región donde acontecen múltiples conflictos por distintas razones, pero en que la conexión entre unos y otros propicia un corredor de inestabilidad, militarismo, terrorismo, muerte, violencia, represión y un largo etcétera. El escenario ideal para Washington parecería enfocarse en eliminar de la ecuación a quienes se oponen a los intereses estadunidenses -e israelíes- en la zona. Con todo, las causas de esta policrisis en la región son más profundas, diversas y complejas y una “solución militar”, como se ha visto a partir de la experiencia iraquí, genera vacíos de poder y abre nuevos frentes de conflicto. No basta con mirar al corto plazo, sino pensar en un horizonte más amplio y en cómo hacer de la zona una región próspera y pacífica. Lamentablemente, en las condiciones actuales, esto no parece posible.

