Soy un sobreviviente del “Pasillo de la salmonela”. Sé que muchos de ustedes, amantes de la Ciudad de México, podrían decir que eso no es nada, que sobrevivir en serio es comer los cinco tacos por 20 pesos afuera de la estación del metro de Tacuba o los laminazos que hacen la misma oferta sobre calzada de Tlalpan (y que se diferencian de aquellos por sus salsas); es más, quien ha comido los taqueshis de canasta del Estadio Azteca sin que le hubiera pasado nada –a lo sumo unas agruras impertinentes– pueden considerarse un guerrero. Pero en el “Pasillo de la salmonela” la comida no sabe nada más a jodido con chingo de salsa y cebolla, o sea, por supuesto que implica estar erizo pero con la sazón del denuedo estudiantil y ese sueño que ustedes quieran –entre estos guiones cada quien se sirve lo cursi al gusto, con tortilllas recién salidas del comal–.
Es implacable con los viejos la nota que registra el desmantelamiento de aquel pasillo, que para mí es tan universitario como los colores azul y oro: “Desmantelan puestos del 'Pasillo de la Salmonela' en Coplico, uno o dos párrafos y a lo que sigue. Entiendo que en ese Paseo de las Facultades dentro de poco habrá un mejor panorama, no sé, más limpio y funcional, dicen las autoridades, aunque lo que sí nunca serán repuestas son las historias (eso es lo que no tienen las notas, historias) que desde hace más o menos cincuenta años templaron creo que los mejores sopes del rumbo pero, sobre todo al menos en mi historia, los caldos de gallina más reparadores y económicos de los que tenga memoria: fíjense ustedes: con 18 varos uno podía curarse la cruda o calmar el hambre atroz con un caldito lleno de arroz y garbanzos y dos patitas de pollo, o una cabeza aunque los delicados podían pedir un huacal; con cinco o seis pesitos más podría estar en el plato el muslo y la pierna así con su piel rosa tan rica para distraer la quijada mientras se esperan las tortillas (el chile piquín es infaltable). Los rudos le entrábamos a los huevos, vaciábamos medio bote de chile piquín y mordíamos la cabeza de la gallina, entre el sorbo y la tarascada, para terminar con el ave que se cruzó entre nuestros pantanos. Reposar los sagrados alimentos en la isla fue algo de lo más placentero que entonces se podía hacer porque lo peor era llegar con el cilantro en los dientes para dar el discurso con el que alguno de nosotros salvaría a la patria.
Hoy, en una orilla de Ciudad Universitaria acabó el trajín cotidiano que formó tantas vivencias y ahora solo son recuerdos de un pedacito más de ciudad que se disuelve de a poco, como nuestras vidas que también serán el recuerdo de otros.
