Ser candidato a la presidencia es un oficio y, como tal, se perfecciona acumulando experiencia. En 2018 Andrés Manuel López Obrador puede capitalizar sus casi dos décadas de campaña.
AMLO ha aprendido que es mejor sumar que restar, que correrse al centro político incrementa su aceptación y ahuyenta los temores por su radicalismo económico.
Incorporar a su movimiento a Esteban Moctezuma y al senador Zoé Robledo, ambos cercanos, aunque de diferente manera cada uno, al empresario Ricardo Salinas Pliego, comprueba que ser dueño del partido lo deja acomodar más fichas y entreverar redes de poder disímbolas pero funcionales para su causa.
Su consolidación en las encuestas muestra su resistencia a la erosión estadística, también su base social, pero ahora el de Macuspana sabe que además de pueblo requiere operadores políticos. Que encabezar no basta, requiere de cuerpo ejecutor que le dé cobertura y alcance, financiamientos grandes y pequeños, pies además de cabeza.
El pasado 29 de enero en Morelia, Michoacán, el líder de Morena firmó el primer Acuerdo Político de Unidad, figura discursiva utilizada para continuar ordeñando militantes y dirigentes locales a su expartido, pero también jalando a panistas y priistas desatendidos por sus jóvenes liderazgos nacionales; AMLO salió del bastión cardenista con 27 mil militantes y operadores afiliados encabezados por el diputado perredista Fidel Calderón.
Engrosar cuadros y candidatos morenos es la idea. Para Chiapas con Zoé Robledo, para el Estado de México en campaña con Delfina Gómez firmando el segundo Acuerdo; y va a Veracruz para lo mismo; nadie olvida ni en Morena ni en la tierra de Miguel Ángel Yunes el fenómeno que fue Cui-tláhuac García hace un año. AMLO suma y desde ahora al 2018, nada de restas.
López Obrador tutela la campaña de la maestra mexiquense como si fuese la suya. Que su abanderada enfrente a Alfredo del Mazo, primo de Enrique Peña Nieto y símbolo de la clase política mexiquense, le permite capitalizar el bache de popularidad presidencial.
Tiene a su alcance conceptos simplistas pero rentables como “el fracaso” de una reforma energética inacabada que exhibe el supuesto error no sólo de esa reforma, sino también del proyecto reformista que hoy enfrenta de subida, casi sin gasolina, el último tramo del sexenio. Los gasolinazos impulsan el discurso crítico antisistema del candidato presidencial de oficio.
AMLO quiere ser la cabeza de la cuarta transformación de México con su Proyecto Alternativo de Nación, inscribirse en la historia al lado de quienes consumaron la independencia, la Reforma y la Revolución.
Hacer a México justo, próspero y grande. Cualquier coincidencia en mercadotecnia electoral no es azar, es consecuencia de su largo andar en el oficio de encantar votantes, de sumar voluntades y capitalizar yerros personales del pasado, y presentes de sus adversarios, oponentes o enemigos.
Este artículo fue publicado en La Razón el 7 de febrero de 2017, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.
