jueves 29 febrero 2024

AMLO y el culto a la personalidad

por Berenice Aguilar Vázquez

“El sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi convencido, ni el comunista convencido, sino el individuo para quien la distinción entre hechos y ficción, y la distinción entre lo verdadero y lo falso, han dejado de existir”.
Hannah Arendt

El fenómeno del culto a la personalidad se manifiesta como una amplia adhesión, adulación y sumisión constante hacia un individuo que se posiciona como líder de un movimiento o incluso de una nación entera. Este culto se caracteriza por la falta de análisis crítico de aquellos que siguen al líder, así como por su comportamiento sectario y hostil hacia quienes no obedecen.  Además, se observa la realización de rituales y el uso de símbolos e iconos que evocan la figura del líder, de manera similar a como ocurre con los símbolos en las religiones organizadas. 

El culto a la personalidad se hizo evidente a partir de 1956, cuando Nikita Kruschev, líder soviético, denunció los “crímenes de Stalin” en el XX Congreso del Partido Comunista. A pesar de los terribles actos cometidos por el dictador, quien detentó el poder absoluto durante 30 años, logró ser obedecido por la élite gobernante y adorado por millones de personas. A Stalin le otorgaron títulos grandilocuentes y grotescos como “Padre de los Pueblos”, “Profeta, Apóstol y Maestro” y “El más Grande Hombre de Ciencia de todos los Tiempos”.

Otro ejemplo notable de adoración al líder fue Hitler. A pesar de ser un individuo mediocre, pero ferviente, logró obtener el poder absoluto en una nación altamente culta y condujo a Alemania hacia la guerra y el desastre. En su momento, recibió expresiones elogiosas como: “Todos sienten y saben que él siempre tiene y tendrá la razón. Deben agradecer al Führer todo lo que poseen: empleo, salario, el cielo azul que los cobija y la vida en general” (Rudolf Hess). 

Aunque oficialmente se prohibió el “culto a la personalidad” en el régimen de Fidel Castro, su presencia en la vida pública fue abrumadora a lo largo de casi medio siglo de poder absoluto en Cuba. Aunque no se erigieron estatuas en su honor, su figura y nombre estaban presentes diariamente en la prensa, la televisión, oficinas, calles, escuelas y hospitales. Durante dos generaciones, los cubanos aprendieron desde temprana edad a agradecer a Fidel por lo poco que tenían. Además, se les inculcó la idea de no culparlo nunca por las dificultades cotidianas.

La lista podría seguir con Perón en Argentina y Chávez en Venezuela, pero vale la pena aprovechar el espacio restante para tratar de comprender el fenómeno del culto a la personalidad en torno al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y analizar uno de los complejos fenómenos de comunicación política de los siglos XX y XXI.

En los últimos cinco años, desde que López Obrador asumió la Presidencia en 2018, hemos sido testigos de una concentración de poder en su figura que ha llevado al deterioro de nuestra frágil democracia. Su estrategia de comunicación se basa en un monopolio de la comunicación política, utilizando la palabra y la imagen de manera efectiva. Esto se evidencia en sus “mañaneras” que al principio de su mandato duraban aproximadamente dos horas pero que actualmente se han extendido hasta tres largas horas. Además, realiza giras por el país los fines de semana y utiliza de manera eficaz las redes sociales. 

Las conferencias de prensa del presidente deberían de ser la plataforma para informar sobre temas y problemas que aquejan al país; sin embargo, rápidamente se convirtieron en espacios para la polarización, la propaganda, la adulación, las fake news, los “otros datos”, la persecución a los organismos autónomos y la descalificación y calumnia a la prensa crítica. La concentración de poder en su persona es caldo de cultivo para las prácticas autoritarias y antidemocráticas, y una de éstas es el culto a la personalidad que AMLO y sus aduladores construyen diariamente.

El culto a la personalidad de AMLO no es otra cosa que un liderazgo populista que busca resolver todos los problemas de nuestro país. El presidente ha establecido un fuerte lazo de identificación colectiva y emocional, junto con una estrategia comunicativa que promueve la polarización. Las emociones desempeñan un papel fundamental en el populismo, y en el caso de AMLO, se basa en el uso de un lenguaje popular con refranes y el empleo de símbolos visuales relacionados con la Independencia y la Revolución. Estas estrategias alimentan la conexión emocional con el pueblo y refuerzan su mensaje populista.

Dueño de un gran carisma, López Obrador alimenta el culto a su personalidad, y sin duda, acapara la conversación política en torno a su persona. Ordena la vida pública y requiere atención constante mostrando así su narcisismo y egocentrismo autoritarios y la urgencia de distraer la atención de los verdaderos problemas que vivimos en el país como la violencia, la inseguridad, la salud y la economía. 

López Obrador aprovecha el descontento existente y alimenta el resentimiento, utilizando un discurso agresivo dirigido hacia sus adversarios. Crea conflictos y atribuye los grandes problemas del país a los gobiernos anteriores, a las élites políticas y a las empresas extranjeras. A pesar de la evidencia, rechaza los discursos basados en conocimientos expertos y desacredita el periodismo independiente. Todo aquello que no se alinea con sus creencias es considerado falso, lo que lo lleva a presentarse como un líder mesiánico que guía a su pueblo hacia la supuesta verdad.

Para cerrar el círculo de la estrategia comunicativa del culto a la personalidad del presidente, cabe señalar que ante cualquier “ataque de sus adversarios”, sus incondicionales gobernadores se apresuran a refrendar su lealtad a un presidente patriarcal unipersonal con un comunicado en el cual le muestran su apoyo incondicional ya que él encarna “la nación, a la patria y al pueblo”.

No cabe duda que AMLO es un líder que ha sabido desarrollar el culto a su personalidad a través de promesas vacías, pero es necesario cuestionarnos si su movimiento transformador podrá sostenerse en un entorno tan complejo como el actual, donde el descontento de la población puede crecer rápidamente ante el manejo ineficiente de la violencia, la inseguridad, el poderío del crimen organizado, el aumento de la pobreza, el desabasto de medicinas y la crisis económica que se vive actualmente. En mi opinión, Morena y el presidente deben pagarlo en las urnas en las elecciones 2024.

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