Aplaudir al presidente

Vidas paralelas: Peña Nieto fue severamente criticado cuando reprochó que los medios no aplaudieran sus acciones; por su parte, el presidente López también pidió los aplausos mediante una fórmula retórica: “¿a poco la prensa no aplaude?”.

Si bien no faltó el medio matraquero que intentó hacer pasar el narcisismo presidencial por ironía (por supuesto que no, López reclamó que no le aplaudieran), lo cierto es que, tanto Peña como el actual presidente asumen que sus oyentes tienen condición de súbditos y tienen el deber de celebrar sus acciones.

Si los ciudadanos en general no tienen obligación alguna de ensalzar o lisonjear a los gobernantes, en el caso del periodismo el deber se encuentra en no aplaudir: los medios tienen la obligación de no ser porristas de la autoridad.

La función de los medios es informar de manera veraz y oportuna, su cometido no es complacer la autoestima de los políticos, misma que debe ser muy baja, si piden que les aplaudan por hacer el trabajo por el que les pagan.

A la prensa le toca hacer descripción, análisis y crítica de las autoridades, no hagiografía: los gobernantes no son santos merecedores de crónicas elogiosas, en una democracia no son otra cosa que empleados públicos que son pagados por todos.

¿Esta regla es absoluta? En el muy apretado margen del periodismo de opinión —y en el entendido de que es la excepción a la regla— los columnistas pueden reconocer la valía o acierto de acciones de gobierno destacadas, que son fuera de lo común. Si esa alabanza se vuelve usual, el articulista pierde credibilidad: el encomio del columnista sólo debe ser para lo extraordinariamente positivo.

Con Robert Dahl, debe recordarse que la democracia representativa existe por división técnica del trabajo: elegimos gobernantes porque los demás estamos muy ocupados trabajando, enseñando, fabricando objetos, prestando servicios, haciendo ciencia, arte o alimentos. Dejamos en manos de profesionales de la política —se supone que lo son— una parte de la actividad social, ni más, ni menos.

Foto: Cuartoscuro

Los gobernantes que hacen bien su trabajo no tienen más mérito que el plomero que destapa un caño, el carpintero que nos repara una mesa, el maestro que enseña o el panadero que hornea una buena hogaza. Y no andamos brindando aplausos a todos aquellos que todos los días se ganan honradamente su salario. ¿Por qué en el caso de las autoridades debería ser diferente?

Pero este régimen de la 4T ni siquiera realiza sus funciones adecuadamente. Resulta obvio que este gobierno llega a su primer año con una ordinariez que espanta, aderezada con fracasos y fallas, ocurrencias y decepciones. Al crecimiento económico nulo se le agrega el desempleo, inflación, desconfianza de los inversionistas, inseguridad, delincuencia de alto impacto, opacidad, desabasto de medicamentos, torpeza y una profunda incapacidad de las autoridades para reconocer las fallas de gobierno.

La cereza de ese pastel de ineptitud e ineficacia es el cinismo de saludar con sombrero ajeno, como sucedió con los resultados de los deportistas en los Juegos Panamericanos, a quienes este mismo gobierno les recortó apoyos y maltrató.

Ni siquiera en el tema de la honestidad, que es lo que más presume el Ejecutivo, hay resultados dignos. Entre las investigaciones de Mexicanos Contra la Corrupción y el reportaje de Arelí Quintero y Carlos Loret sobre la fortuna inmobiliaria de Manuel Bartlett, el nuevo régimen se ve más viejo que nunca, con las mañas y prácticas de aquellos a quienes desplazaron del poder.

Hay quienes esperan que López rectifique, ven en el acuerdo con Carlos Slim una luz de esperanza. Yo no comparto ese optimismo, soy escéptico. Veo poco factible que el presidente corrija en el tema del aeropuerto y reinicie las obras en Texcoco, mucho menos que se cancelen las ocurrencias de Dos Bocas, el Tren Maya y Santa Lucía.

Y este escepticismo no es gratuito, lo refrendan declaraciones como las de Irma Sandoval, minimizando la gravedad de que Bartlett omitiera bienes millonarios en su declaración patrimonial… o como las de Tatiana Clouthier, negando que existan las facultades de condonación de contribuciones y multas —que beneficiaron al documentalista de López, Epigmenio Ibarra—.

Existe una ignorancia y un cinismo en la 4T que asustan, porque parece que no son conscientes de que insultan la inteligencia del público, de que a nadie engañan. No se percatan de que su deshonestidad intelectual es muy penosa y de que se hunden más, cada vez que hacen defensas ridículas de lo indefendible o no pueden ofrecer una disculpa porque se equivocaron.

Y a esa discapacidad intelectual se le agrega la vocación de revancha política y legal. Estos gobiernos destituyen, “renuncian”, procesan penalmente, investigan y calumnian a quienes disienten o critican. La caricia de Irma Sandoval a Bartlett contrasta con la rabiosa persecución que la SFP tiene contra sus adversarios, similar a la que hace la Unidad de Inteligencia Financiera de Santiago Nieto o los tribunales de Padierna. El doble estándar es total y redefine la máxima juarista: a los amigos gracia e impunidad, a los enemigos la injusticia a secas.

Y este es el gobierno al que López quiere que le aplaudan. Uno que ofrece un tímido comunicado para intentar refutar la investigación respecto a las irregularidades de Jóvenes Construyendo el Futuro. Ese mismo gobierno que ya dio cuenta de la CRE, quiere apoderarse de la CNDH y UNAM y sobaja al INE y Banxico —del que López dice que “opina más de la cuenta”—, mientras reconoce o golpea al Inegi, dependiendo de si sus datos coinciden con la imaginación presidencial o la contrarían. Su relación con los tribunales y las leyes dan para un libro completo, basta con decir que, en ese tema, mantiene la misma tónica de fulminar todo lo que no coincida con sus deseos y caprichos.

López quiere que le aplaudan por renegociar a mayor costo un acuerdo de gasoductos que sus subordinados habían suspendido por leonino (ahora será leonino y medio). Quiere que le brinden ovaciones por disponer que el Ejército no se use para reprimir al narco, porque ellos también son pueblo. El presidente quiere que le celebren que el país está peor que con el Ejecutivo previo, ese gobierno que López fustigaba diariamente desde la oposición y que de ninguna manera él hubiera aplaudido.

Pero, a pesar de todas las evidencias que obligarían a la crítica permanente, el circo de fenómenos y paleros, ese que concurre a abrazar al presidente y alabarlo cada día de conferencia matutina, se levanta y aplaude de pie, besa la bota del monarca, demuestra que su compromiso es con el poder, no con las audiencias a las que se supone deben informar.

Este primero de septiembre no hay algo que aplaudir, ni siquiera que el besamanos concluirá con la llegada de la noche. Lo único que podría celebrarse es la esperanza al final del tunel: la mediana certeza de que, cada día que pasa, falta menos para que este gobierno termine.

Autor

  • Óscar Constantino Gutierrez

    Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

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