
Conozco los mejores grafitis del mundo. Los hechos por inmigrantes en Brooklyn o los de Pueblo Nuevo en Barcelona, que proliferaron hace unos años en aquel barrio que el siglo pasado registró un gran apogeo industrial. Los de Bruselas y los recovecos cercanos a las zonas de sus museos o los de Budapest que atestiguan los tiempos del autoritarismo igual que los de Bucarest. Qué decir del centro de origen en Italia, Roma, y su explosión en el muro de Berlín (no hay cacho de piedra que no registre el spray de los artistas). Incluso en las paredes del metro inglés y en los bordes de los puentes de Amsterdam. En todos esos lados los artistas han ganado la calle y, con su arte, el derecho a pintar. Avelina Lesper esperó lo mismo en la Ciudad de México y, hasta donde entiendo, nuestro chato tercermundismo le aventó pasteles. Ignoro si tal cosa ocurrió pero no me extrañan las resistencias que tienen invitaciones como las de Avelina con quien puedo discrepar pero sobre todo simpatizo con esa forma que tiene para desenmascarar farsantes que le llaman arte al contraste de texturas o incluso arte a 32 cubetas de agua que representan al país sediento, háganme ustedes el chingado favor, para no citar a las bolsitas de frituras y otras mercancías marcadas con bolitas de colores para hacerse el creativo. Los grafiteros, como todos los artistas del mundo, deben mostrar que tienen derecho a expresarse en nuestras calles. Les guste o no: la libertad también se conquista y, en ese orden, mi respeto siempre para Avelina.

