En los días recientes se ha dedicado a provocar nuestra hilaridad al difundir que a la revista etcétera la financia Carlos Salinas de Gortari.

Ay, Sanjuana…

La periodista Sanjuana Martínez se supera a sí misma a cada momento.
En los días recientes se ha dedicado a provocar nuestra hilaridad al difundir que a la revista etcétera la financia Carlos Salinas de Gortari (el mostro preferido de muchos, el fantasma siniestro que te cubre con su sombra). Como ven, es tan BUENA periodista, que descubrió algo que ni nosotros mismos sabíamos. ¡Asombroso!

Naturalmente, todo se debe a nuestra crítica hacia su trabajo sobre el caso Yndira. Como dije en mi texto anterior, Sanjuana trabajó sin rigor, mostrando todas las características del periodismo de consigna.

Se dedicó también a burlarse de la policía Claudia Juárez, diciendo que ¡claro!, era obvio que la gente le creyera más a ella por ser indígena, pobre, huérfana y madre soltera. En una palabra, por lástima.

Sanjuana omitió decir que este asunto no se trata de un concurso de simpatías, ni de a quien “le creemos más”.

Pero no se puede esperar otra postura de quien no practica periodismo, sino que abandera una causa.

Por supuesto, defender una causa es derecho de cualquiera (como lo es el beber hasta quedar tirado), pero no es ético que la defensa de la causa obstaculice la ética periodística.

La impactante narración de la violación de Yndira a manos de Claudia ha quedado disminuida por los acontecimientos posteriores: por los videos donde Yndira muestra su prepotencia y por la negativa posterior a ampliar su declaración, y también por las propias declaraciones de Claudia, quien presenta (a mi juicio) un discurso mucho menos impactante, pero muchísimo más consistente, sin trucos efectistas.

La prepotencia mostrada por Yndira no solo es reprobable, sino que desestructura por completo el relato inicial.

No porque (ojo aquí), signifique que eso la hace merecedora de agresión. (Sí, hay gente que lo traduce así), sino porque el cimiento mismo de su relato es la supuesta indefensión en la que ella estuvo todo el tiempo, sometida, torturada, insultada. Tampoco porque eso signifique que mereciera ser violada. Tampoco porque signifique que la violación no fuera posible.

Los videos demuestran que la que insultó fue ella, y que no fue detenida por su labor de activista. Se cayó su discurso de estar siendo perseguida y quedó en claro que fue una detención de tantas, por estar borracha.

Reflexionando al respecto, anoche mandé un tweet que decía: “Me parece que hay un consenso: reprobamos la violencia sexual, de la misma forma que reprobamos la prepotencia”.

La reacción a dicho tweet, de parte de una cuenta que no ubico, fue decirme que estoy justificando la violencia sexual y que por ello soy cómplice de secuestro, violación y feminicidio. Que mantengo un discurso de odio. El tweet en respuesta a mí, arrobaba a Sanjuana.

Como todos mis compañeros en la revista, dudo de la versión de Yndira, pero a la vez, sostengo que su denuncia debe ser investigada a fondo, porque mi duda no cuenta. Yo no soy nadie para dictaminar si es culpable o no, pero sí para señalar la endeble factura de su relato.

Sin embargo, a lo que tengo pleno derecho es a cuestionar el desempeño periodístico de quien dio a conocer esta versión en primer lugar: Sanjuana Martínez, cuyo trabajo, debo decirlo, admiré mucho en el pasado.

De Sanjuana admiré, cuando era una de las reporteras estrellas de Proceso, su intensidad y su preferencia por temas escabrosos. Ahora, tristemente, es una caricatura de sí misma.

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