Breve respuesta a Pascal Beltrán

En su “Bitácora” del 9 de enero de 2026, el director de Excélsior cometió aciertos y varios errores. Los aciertos son criticar la concentración obradorista del poder y, particularmente, alertar sobre la reforma electoral que viene.

Los errores son estos:

  1. Supone que aún existe un régimen democrático en México. Lo mismo que los obradoristas: quienes afirman que florece o sobrevive la democracia no están probando sus dichos.
  2. Critica (con razón) a López Obrador por no haber dicho nada sobre el último fraude electoral de Nicolás Maduro pero olvida criticarlo por haber defendido (AMLO) a Trump cuando acusó a Joe Biden de ganarle la presidencia con fraude. El trumpismo mexicano, intencional o no, tiene caminos misteriosos… Beltrán no es trumpista pero señalo una evidente reticencia de ciertos sectores a criticar a Trump y sus relaciones y afinidades con López Obrador –el AMLO idealizado de sus fanáticos es producto del fanatismo, el Trump idealizado también.
  3. Habla de “la reforma electoral de 1964” pero se trata de la reforma priista llamada “de diputados de partido” que se hizo en 1963. Se procesó, aprobó y promulgó en el 63, no en el 64. Esa reforma, digamos ya en esta ruta, no es la Representación Proporcional y no fue parte de la transición democrática. De hecho, fue/es casi irrelevante para la democracia. Tampoco es ése el error más relevante de Beltrán.
  4. Sus errores de mayor relevancia son sobre la reforma electoral de 1946. Hace dos afirmaciones falsas. Primero, la menor, que su norma fue promulgada el 7 de enero de 1947, al inicio del gobierno de Miguel Alemán, pero lo fue en el último año del gobierno de Manuel Ávila Camacho, sí un 7 de enero pero de 1946. Este año también nacieron las siglas PRI y Miguel Alemán se convirtió en presidente. El error mayor es decir que antes de 1946 existía “autonomía del árbitro electoral”. No, no existía. Es un dicho gratuito, una afirmación históricamente falsa. Después de la Revolución –porque estamos hablando del régimen posrevolucionario- y antes de la reforma electoral de ese año el “árbitro” era el partido oficial. Lo que hizo la reforma, que es igual a lo que hizo el partido, fue centralizar la organización electoral en el gobierno federal, gobierno en manos del que sería el partido priista. No se partidizaron las elecciones porque ya estaban partidizadas. No había árbitro autónomo sino descentralizado; era la misma fuerza política principal cumpliendo la función electoral de otra forma, no una fuerza de Estado independiente del Partido.

Reitero: “inmediatamente” antes del 46, las elecciones las organizaban el partido y sus gobiernos locales, después las organizaban el partido ya formalmente PRI y su gobierno federal (ambos liderados por el presidente de México). La reforma en cuestión no creó el autoritarismo electoral, y por tanto no destruyó elecciones imparciales y justas, sino legalmente centralizó, ajustó, empeoró y consolidó el autoritarismo electoral en funcionamiento. El árbitro del que habla Beltrán como hecho pre46 sólo existió realmente como hecho post96. Y existió: porque ya no existe de facto. La próxima reforma electoral obradorista va a legalizar o, cuando menos, avanzar en legalizar el hecho de esa nueva realidad electoral no autónoma.

Como ya había escrito, entonces, la reforma de 2026 del obradorismo será, en todo o en grado, como la reforma de 1946 del priismo. Sería su equivalente en el presente:

https://etcetera.com.mx/opinion/siete-reformas-electorales-priista-gourmet-estalinista/

Y si este año no se aprobara lo necesario para la hegemonía de Morena, se aprobará en los siguientes.

No podemos darnos el lujo de ignorar la historia política de México en el siglo XX, ni debemos cometer el error de desinformar hoy sobre lo ocurrido. Ya que los obradoristas “avanzan” sin mayor obstáculo hacia el pasado, conocerlo es conocer en buena medida nuestro futuro. Hay que conocer el régimen posrevolucionario, tanto en su etapa 46-96 como en la de 29-46. Lo ocurrido antes o hasta 1946 es únicamente otro momento del mismo régimen político autoritario, ése a cuyo similar nos están llevando los obradoristas.

Extra: si antes de 2018 la comentocracia nacional hubiera sido más racionalmente abierta y más seria, más democráticamente crítica y más argumentativa, una comentocracia más cercana a la meritocracia y a la democracia deliberativa, acaso hubiera sido más difícil que el obradorismo la deslegitimara tan exitosamente. También podría ser más útil ahora. No sólo en el nuevo sector obradorista de la comentocracia, también en otro campean las falsedades, por diseño o por descuido, por error honesto o deshonesto. Es parte de las enfermedades de la opinión pública mexicana.

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