Carlos Manzo, el hombre que nunca se rindió

El asesinato del alcalde Carlos Manzo no fue solo un crimen: fue una ruptura. Una herida abierta en la plaza central de Uruapan, en pleno Día de Muertos, frente a familias, niños, y frente a la historia. Lo ejecutaron en el corazón de su comunidad, en el espacio que él defendía con voz firme y sombrero en alto. Y esa escena, brutal y pública, no solo apagó una vida: encendió una indignación que ya no cabe en los muros del Palacio de Gobierno.

El domingo, Michoacán no lloró en silencio. Gritó. Rechifló. Marchó. Se enfrentó. En Uruapan y Morelia, la ciudadanía exigió justicia, seguridad, y la renuncia de quienes han normalizado el abandono. El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla fue recibido con gritos, con una bofetada, con el repudio que solo se gana quien llega tarde y sin respuestas. La protesta escaló hasta el Palacio de Gobierno, donde las llamas, los golpes y los gritos no fueron vandalismo: fueron desesperación.

Pero más allá del estruendo, hubo un gesto que lo dice todo. En la procesión con el ataúd de Manzo, caminaba su caballo negro. Y sobre la silla, el sombrero. Ese símbolo que él convirtió en bandera, en movimiento, en dignidad. “El sombrerudo”, como lo llamaban, no era un apodo: era una postura ética. Independiente de partidos, enfrentó al crimen, denunció el retiro de la Guardia Nacional, clausuró obras que costaban vidas. Y por eso lo mataron.

Grecia Quiroz, su viuda, lo dijo con la voz quebrada pero la convicción intacta: “Apagaron su voz, pero no esta lucha”. Y esa frase no es solo un lamento. Es una consigna. Porque el movimiento del sombrero no termina con su fundador. Se transforma en memoria activa, en exigencia colectiva, en resistencia ciudadana.

Hoy, desde cualquier rincón del país donde la dignidad aún se defiende, debemos mirar ese sombrero y entender que no es folclor. Es símbolo de una lucha que no se rinde. Porque cuando el crimen desafía la esperanza, la ciudadanía debe responderse con verdad, con memoria, y con una ética que no se deja intimidar.

Carlos Manzo no murió solo. Murió en nombre de todos los que aún creen que gobernar es servir, no pactar. Y por eso, su imagen sigue en pie.

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