Después de 22 años tratando de lavar sin notables resultados la mala imagen que le fomentó, con igual éxito que esmero, la izquierda, Carlos Salinas debe sentirse feliz con la defensa que recibe hoy la perla de su administración, el TLC, ante la amenaza de Trump de renegociarlo.
Aunque no suele ser mencionado el nombre del expresidente como artífice, esto revalora en automático su papel histórico en el despegue económico de nuestro país, principal beneficiado del trillón de dólares que generó, sólo el año pasado, el intercambio entre EU, Canadá y México.
Pero la historia no deja de ser un trapecista que siempre cae de pie, a pesar de que puede tardar muchos años en ese proceso. Sin embargo, ahí está: en estos días es la izquierda que odia a Salinas la que pelea a brazo partido en favor del TLC ante las embestidas de Trump.
En especial aquellos que durante las negociaciones del TLC iban a Washington a convencer a los congresistas de votar en contra, bajo la advertencia de que México no era un país confiable para hacer negocios y al final se iban a arrepentir.
Hoy son los primeros que reclaman más integración de las economías de América del Norte y ponderan el acuerdo comercial como una historia de éxito innegable para México, por su aumento dramático en las exportaciones.
No podrían decir algo diferente. Antes del TLC el petróleo representaba 80 por ciento de nuestras exportaciones, mientras las manufacturas y productos agropecuarios constituían el 20 por ciento. Pero actualmente la proporción se invirtió y el crudo apenas llega al 10 por ciento.
Por cada dólar que México exporta, 40 centavos provienen de Estados Unidos y las ventas al exterior de productos mexicanos se multiplicaron 7.4 veces: pasaron de 47,207 millones de dólares antes del TLC, a 348,102 millones de dólares dos décadas más tarde.
Nuestras industrias de exportación generaron cuatro de cada diez nuevos empleos y la inversión extranjera directa también se disparó, al pasar de dos mil millones de dólares en 1993 a cerca de 20 mil millones de dólares el año pasado.
Todo eso a pesar de que los gobiernos que siguieron al de Salinas no movieron un dedo por mejorar el TLC ni tomaron decisiones para elevar la competitividad, mejorar la infraestructura, abrir las telecomunicaciones o mejorar la educación hasta el actual, que logró 13 reformas estructurales.
El TLC fue de 1994 a 2012 una carretera que estuvo sin repavimentar dentro del país hasta la aprobación, en 2013, de las reformas energética y de telecomunicaciones, clave para impulsar la relación con Estados Unidos y Canadá.
Pero seguramente Enrique Peña también deberá esperar dos décadas para que se lo reconozcan…
Porque así somos nosotros.
