Donald Trump es un candidato que tiene una enorme cantidad de defectos. Entre ellos está ser un abusón, un bully, a quien nadie planta cara porque, para colmo, la popularidad de la que goza entre su electorado parece tener un teflón ante cualquier embate. No pudieron con él ni Jeb Bush ni Christie, quien incluso le ofreció apoyo.
Tras la tercera victoria consecutiva, Trump gana terreno frente a otros candidatos y cada vez más se perfila como el candidato del Partido Republicano. Hace cuatro años, una figura así habría sido impensable.
Detrás del fenómeno Trump hay un hecho que va más allá de él mismo: la sociedad estadounidense, como la de muchos otros países, está desencantada con la política tradicional, con el establishment; y eso se ve reflejado en las victorias de Tsipras en Turquía, los presidentes de Egipto tras la “primavera árabe” y El Broncoen Nuevo León: representan una ruptura con sus propios sistemas. No es que sean mejores, sólo son distintos. Y, en Estados Unidos, eso explica también el crecimiento de Bernie Sanders, aunque para él la pendiente sigue muy inclinada.
En los últimos meses Donald Trump ha dejado clara su postura de rechazo —y racismo— en contra de los latinoamericanos, en particular los mexicanos. Según él, lo que llega a su país desde México es lo peor del nuestro: narcotraficantes, ladrones y violadores.
Y, claro, en su óptica, la mejor forma de terminar con eso es construir un muro que pagaríamos los mexicanos. Estas declaraciones comenzaron hace ocho meses y, desde entonces, nadie había logrado interpelarlo con suficiente estruendo como apenas esta semana lo hizo Vicente Fox Quesada.
Hace 16 años tuvimos una experiencia similar en México con la candidatura anti-establisment que fue Fox. En su larga campaña insistió en distinguirse de las formas tradicionales de la política nacional; y su presidencia también marcó una ruptura de esquemas respecto al tradicional sistema político nacional. Igualmente, no es que haya sido mejor, sí diferente.
En estos 8 meses de Trump nadie había encontrado la forma porque nadie como Vicente Fox se había subido al ring. Lo intentó Felipe Calderón y no lo logró; sólo alguien con la forma de hacer las cosas de quien ganó puntos por la necedad que fue el debate del “hoy, hoy, hoy”, podía pararse y alzar la voz para ser oído y hallar respuesta del aspirante republicano.
En el debate de tan corta altura —no importa qué se hable mientras se diga con mayor estruendo que el otro—, para el demente Trump, sólo el irreverente y cuasi irresponsable Fox pudo ser escuchado con la “palabra f”, con F de Fox, fucking, considerada una de las más groseras de la lengua inglesa.
Ahora, Trump exige disculpas por el lenguaje de Fox, sin importarle que hace poco usó un término misógino para llamar cobarde a su contrincante Cruz.
Vicente Fox, de la noche a la mañana, se convirtió en el espadachín mexicano que aspira a batirse a duelo con Trump. Ahora que encontró eco, buscará la forma de mantener la atención del republicano y tal vez lo logre.
Sin duda, esta fue una buena semana para el expresidente Fox.
Este artículo fue publicado en La Razón el 27 de Febrero de 2016, agradecemos a Luciano Pascoe su autorización para publicarlo en nuestra página
