José Antonio Meade nació el 27 de febrero de 1969, renació ayer 27 de noviembre. Un dejà vu nacional, un destape sin simulación, una renuncia, aplausos y los parabienes presidenciales para su nueva vida. La cábala continúa.
Meade Kuribreña entregó la SHCP a José Antonio González Anaya y anunció su intención de ser presidente de México en 2018. El doctor en economía viajó de Hacienda a la CTM, a la CNC y a la CNOP; ya nutrido de bases, Pepe-amigo se apuntó como precandidato de su no-partido.
Porras en vivo y matracas virtuales en universos paralelos. Ciber bufalada, modernidad que no da margen a berrinches, los primeros en felicitarlo vía Twitter, Nuño y Videgaray, serán primeros también en otros menesteres.
Apoyos y adhesiones espontáneamente diseñadas, virtudes subrayadas por rancios priistas; su perfil ciudadano, su vocación de servicio, su conocimiento sobre realidad y necesidad nacional. Liturgia por todo lo alto, exitoso lanzamiento en términos de cobertura y alcance, marca agenda.
Jornada llena de semblanzas, exhaustivos y reiterativos recorridos sobre sus raíces académicas, su cosecha burocrática de alto vuelo con sus intrincadas redes profesionales que cruzan por el ITAM, los posgrados, Hacienda, Banxico, PRI y PAN.
La unidad priista en torno al núcleo itamita dominante se perfila como una mudanza ideológica en la cual sólo falta adecuar las siglas a una praxis más global y menos revolucionaria. La última gran reforma de Peña Nieto será la del PRI.
La cohesión tricolor es el reto para Meade y su equipo, aunque la liturgia peñista mandata a la Nomenklatura priista; sin unidad en la procesión nadie se consagra, todos pierden. Háganle como quieran.
El doctor Meade Kuribreña quiere ser el antídoto “ciudadano” del PRI contra la amenaza populista, mesiánica, filo castrista-chavista que encarna Andrés Manuel López Obrador. La robustez de su candidatura depende de dos vertientes.
La interna. Debe asegurarse el voto duro de las bases, la operatividad de las estructuras locales, regionales y nacional; el apoyo subliminal de las dependencias federales por activas y pasivas. Para ello Meade necesita ilusionar a los desilusionados, sumar a los escépticos, animar a las viejas estructuras con nuevos escenarios, diferentes pero incluyentes.
En la vertiente externa, Meade debe capitalizar el desprestigio de los políticos tradicionales (AMLO y Anaya de la mano), contrastar la compleja realidad nacional y global con aquellos enunciados simplistas que ofrecen soluciones voluntariosas pero mentirosas.
Acercar el voto independiente a su causa, el de Margarita Zavala la primera, el de la izquierda moderada (Mancera y PRD), la segunda, la de senadores y gobernadores panistas rebeldes terceros, capitalizar las fracturas del Frente y la video producida bonhomía de un López Obrador que busca nueva piel; consolidar la certidumbre que infunde su sola presencia entre mercados y núcleos económicos variados.
La suma de toda corriente a su favor será el caudal sobre el cual remonte, alcance y rebase. De sumar sin restar depende su destino.
Este artículo fue publicado en La Razón el 28 de noviembre de 2017, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.