febrero 22, 2025

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Por Jacques Coste*

El 10 de marzo de 2021 se cumplen 45 años del fallecimiento de Daniel Cosío Villegas. La biblioteca de El Colegio de México y algunas librerías están nombradas en su honor, pero no hay grandes calles, avenidas o edificios públicos que lleven su nombre. Su reconocimiento social es relativamente bajo para tratarse de uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX mexicano. Sin embargo, este aniversario luctuoso es un buen momento para recordarlo y reflexionar sobre sus aportaciones a la vida cultural y política de México.

Cosío Villegas fue, al mismo tiempo, un historiador brillante, un crítico político agudo, un elegantísimo escritor, un formador de cuadros, un pionero de la industria editorial y un visionario en materia de institucionalización y profesionalización de las ciencias sociales.

Era un hombre de ideas lleno de contradicciones y contrastes. El observador atento y analítico complementaba al juez moral de los asuntos públicos. El nacionalista que miraba con sospecha todo lo que venía de Estados Unidos era profundamente liberal. El organizador de obras colaborativas era también mezquino a la hora de compartir el crédito con sus colegas. El gran empresario editorial era poco cuidadoso con sus finanzas personales. Era un ferviente creyente en la Revolución mexicana, pero criticó contundentemente a los gobiernos posrevolucionarios desde una etapa muy temprana.

Las vastas aportaciones de Cosío a la vida pública de México se pueden dividir en cuatro rubros. Primero, fue un fundador de instituciones académico-culturales. Segundo, fue un profesor que dejó escuela: en las líneas analíticas de sus alumnos, en su rigor intelectual, en sus temas de interés e incluso en la vocación de empresarios culturales de algunos de sus pupilos. Tercero, sus contribuciones a la disciplina histórica marcaron una huella casi indeleble en la historiografía nacional. Cuarto, como analista político, sus escritos sobre el régimen posrevolucionario siguen siendo referencias obligadas para comprender las particularidades del sistema político mexicano en distintos momentos del siglo XX.

Quizá la faceta de fundador de instituciones culturales es la más conocida de Cosío Villegas. Por eso mismo, será a la que menor atención le dedicaré. Basta con mencionar que contribuyó a la creación de El Colegio Nacional, el Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México (Colmex) y diversas revistas culturales y académicas como Foro Internacional e Historia Mexicana. El FCE, una de las editoriales iberoamericanas de mayor renombre y peso histórico, reconoce en su sitio web: “Fueron el genio y la inventiva de Daniel Cosío Villegas el punto de arranque de la historia del Fondo de Cultura Económica”.

Fundado en 1934 por el propio Cosío Villegas, el Fondo tradujo al castellano y difundió por México, primero, y por toda América Latina y España, después, muchas obras clásicas y elementales de distintas ciencias sociales que antes eran de muy difícil acceso para los hispanohablantes. Desde entonces y hasta la fecha, el FCE ha sido la casa editorial en donde autores mexicanos e internacionales de primera importancia han publicado sus obras maestras. Aun en la actualidad, ningún estudiante mexicano pasará por su licenciatura o posgrado en Derecho, Economía, Ciencia Política, Filosofía, Sociología, Historia o Relaciones Internacionales sin haber leído una pila de libros editados o traducidos por el Fondo.

TRANSFORMACIONES HISTÓRICAS

Su amistad con Alfonso Reyes fue crucial en su contribución a las instituciones culturales de México. Aunque su vínculo afectivo se desgastó con el tiempo (en parte por la difícil personalidad de Cosío), la mancuerna laboral que conformaron fue fructífera como pocas. A ella se debe, en buena medida, la creación de la Casa de España en México (1938), que fungió como refugio de la intelectualidad del exilio republicano español. Renombrado como El Colegio de México poco tiempo después de su fundación, se convirtió en un vibrante centro de debate intelectual y de producción académica, clave para el desarrollo de las ciencias sociales en México hasta el día de hoy.

Ahora mismo el Colmex es un centro de excelencia académica, que forma a profesionistas en Relaciones Internacionales, Economía y Administración Pública, e investigadores en esas mismas disciplinas, en Historia y en otras tantas más. Además, alberga a algunos de los académicos más renombrados del país, como Fernando Escalante, Soledad Loaeza, Érika Pani y José Ramón Cossío. Asimismo, el gobierno federal está lleno de empleados egresados del Colegio, que también es alma máter de funcionarios gubernamentales del más alto rango. Tal es el caso de los secretarios de Relaciones Exteriores y Hacienda, Marcelo Ebrard y Arturo Herrera.

FCE

No obstante, el papel de Cosío Villegas en el Colmex no se limita solamente a su fundación. Como director y profesor de la institución también marcó diferencia y su influencia en ambos rubros sigue clara hasta hoy. El rigor intelectual, el debate plural de ideas y la excelencia académica que caracterizan a esa institución eran también rasgos personales de Cosío Villegas. Pese a ello, su contribución como como formador de cuadros de investigadores y pensadores es lo que más vale la pena destacar.

Ya como profesor, ya como coordinador de la Historia Moderna de México, contribuyó a la formación de algunos de los historiadores más destacados que ha tenido nuestro país, cuyos textos siguen siendo imprescindibles para los estudiantes contemporáneos de esta disciplina. Entre ellos, destacan Pablo González Casanova, Luis González y Moisés González Navarro, por mencionar a algunos.

Pero no sólo eso, también inculcó en algunos de sus estudiantes la vocación de empresario cultural. Por ejemplo, Luis González fundó El Colegio de Michoacán, que se asemeja al Colmex en su funcionamiento y su vocación por la excelencia académica y que, hasta hoy, se mantiene como un renombrado centro de estudios históricos y de otras disciplinas.

Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze fueron, también, alumnos de Cosío Villegas. De hecho, la biografía más completa que se ha escrito sobre don Daniel es obra del segundo. Quizá ellos dos fueron sus pupilos más distinguidos como empresarios culturales: fundaron dos de las casas editoriales mexicanas más influyentes de la actualidad, Cal y Arena, más poderosa en el mundo literario, y Clío, de mayor peso en la producción audiovisual, sobre todo de documentales. Ese mismo par fundó y dirige, en los hechos, dos de las revistas culturales y de discusión política más relevantes del México contemporáneo: Nexos y Letras Libres. En ese sentido, la mano de Cosío Villegas se sigue viendo en la discusión pública de hoy.

Como dije, las contribuciones de Cosío Villegas a la historiografía de México también son vastas. Sus libros se han convertido en clásicos, que los estudiantes de Historia deben leer obligatoriamente. La mencionada Historia Moderna de México, que él ideó y coordinó, es quizá la obra historiográfica más ambiciosa que se haya escrito en nuestro país. Consta de siete tomos, divididos en 10 volúmenes que abarcan el periodo que va de 1867 a 1910. La colección se divide en dos secciones: “La República restaurada” (1867-1876) y “El porfiriato” (1876-1910). Cosío Villegas redactó algunos pasajes de la obra, sobre todo los dedicados al sistema político y el ejercicio del poder porfirista, y fue el director de este titánico esfuerzo académico.

Aunque se dice que pecó de mezquino al adjudicarse el crédito de la obra y no compartir el mérito con sus colegas, estos tomos siguen siendo lecturas obligadas para comprender a cabalidad esos dos periodos de la historia nacional. Además, este primer esfuerzo ha derivado en otras iniciativas similares del Colmex, como la publicación de Historia General de México e Historia Mínima de México, libros amigables y asequibles para todo público, pero escritos por los máximos especialistas en las diferentes temporalidades y temas de nuestra historia. Se trata de los vehículos más notorios de divulgación de la historia nacional. A muchos de nuestros líderes políticos actuales —particularmente al presidente— les vendría bien leerlos para alejarse de las interpretaciones históricas simplistas, maniqueas y distorsionadas.

Cosío Villegas, por sí solo, escribió otros textos historiográficos elementales, como Estados Unidos contra Porfirio Díaz y La Constitución de 1857 y sus críticos; pero la Historia moderna fue su mayor contribución a la disciplina, sin lugar a dudas. Por lo demás, muchas de las interpretaciones históricas de Cosío Villegas han sido ampliamente superadas y se encuentran en el baúl de las viejas historias nacionalistas y de bronce. Lamentablemente, aunque añejas, siguen vigentes.

A don Daniel y sus contemporáneos se debe, en parte, la idea de que México ha pasado por tres grandes transformaciones históricas, que son una suerte de momentos fundacionales para la nación: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Como bien sabemos, el presidente Andrés López Obrador ha tomado esa interpretación y la ha adaptado cómodamente a la narrativa mediante la cual impulsa y justifica su proyecto político: la supuesta cuarta transformación. El mandatario, incluso, ha citado a Cosío Villegas en algunas ocasiones. Es lamentable que don Daniel ya no tenga derecho de réplica: dudo que el viejo liberal estuviera contento con esta burda manipulación política de la historia nacional.

ELEGANTE Y COMBATIVO

Resta comentar las aportaciones de Cosío como crítico político de su época. El intelectual creía fervientemente en los ideales de la Revolución mexicana y, por lo mismo, fue un férreo crítico de los gobiernos que emanaron de ella. Pocas citas tan memorables y tan duras como aquella sentencia: “Todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin exceptuar a ninguno, han resultado inferiores a las exigencias de ella”. Extraigo esas palabras del ensayo “La crisis de México”, publicado en Cuadernos Americanos, en 1947. Es un texto que no tiene desperdicio. Pocos escritos dan cuenta con tanta agudeza y precisión de la decepción de toda una generación que depositó sus esperanzas en la institucionalización de la Revolución y, ya para los años cuarenta, era claro que esas expectativas quedarían truncas.

En la década de 1960, Cosío Villegas empezó a publicar columnas semanales en Excélsior. Con una pluma siempre refinada y con precisión de francotirador, vertió severas críticas al gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz en las páginas de ese diario. Tras el fatídico 2 de octubre de 1968, Cosío Villegas sentenció: “El gobierno mostró mucha fuerza, poca inteligencia y nula generosidad”. Durante este periodo, una de sus máximas preocupaciones, que se leía entre líneas o explícitamente en casi todas sus columnas, era la concentración del poder político y económico en manos del presidente de la República y el Partido Revolucionario Institucional.

De esa preocupación abrevaron dos obras imprescindibles de Cosío Villegas en su faceta de crítico político: El sistema político mexicano y su corolario, El estilo personal de gobernar. Si alguien quiere comprender la racionalidad y los mecanismos del régimen priista de los años sesenta y setenta, debe remitirse al primero de estos textos. Cosío consideraba que las dos piezas centrales del sistema político mexicano eran un presidente de la República con amplísimas facultades y un partido oficial fuerte. También aseguraba que, puesto que el PRI estaba supeditado a la voluntad presidencial, entonces la cabeza del Poder Ejecutivo era el elemento principal de dicho sistema. En ese sentido criticaba la ausencia de democracia interna en el partido tricolor y el cumplimiento discrecional de la Constitución por parte de los gobernantes, elementos que —argüía— reforzaban el hiperpresidencialismo.

El estilo personal de gobernar es una de las obras más citadas de Cosío. La obra continúa analizando el hiperpresidencialismo, pero centrado específicamente en la gestión de Luis Echeverría. El argumento central de este ensayo es el siguiente: como el presidente de México tenía “un poder inmenso”, era inevitable que lo ejerciera “personal y no institucionalmente”. Por ello, el mandatario en turno le imprimía a su administración “un sello peculiar, hasta inconfundible”, y sus características personales —experiencias de vida, formación educativa, carácter, temperamento, personalidad, afinidades y simpatías— influían desmedidamente en sus actos de gobierno. El propósito de Cosío Villegas no era solamente analizar el mandato de Echeverría a la luz de sus rasgos personales, sino utilizar este caso como ejemplo explicativo para poner de relieve el carácter personalista del poder presidencial y las consecuencias de que “el hombre gobierne por encima de las instituciones”.

Hoy, El estilo personal de gobernar ha recobrado vigencia por dos motivos principales: primero, como advertencia y recordatorio de los peligros que representa el presidencialismo personalista, no institucional; segundo, por las asombrosas semejanzas que hay entre López Obrador y Echeverría. A continuación, transcribo tres pasajes en los que Cosío Villegas describe al mandatario priista, pero, si se leyeran fuera de contexto, se podría pensar que aluden al morenista:

· “La mente de Echeverría dista de ser clara y […] su lenguaje le ayuda poco. […] Estas fallas conducen de modo inevitable a sentencias cuyo significado resulta oscuro o a expresiones archisabidas”.

· “Dotado de una resistencia física muy poco común, recorrió el país entero escuchando quejas, viendo brotar problemas a granel, palpando el continuo atraso y la pobreza”.

· “Nuestro presidente suele conducirse más como predicador que como estadista, […] no está construido física y mentalmente para el diálogo, sino para el monólogo, no para conversar, sino para predicar”.

Incluso, tras una gira de López Obrador por algunas comunidades indígenas de Sonora en 2019, un habitante de la región se refirió al presidente de la siguiente manera: “Es como Echeverría, pero mejor”. Por supuesto, hablar de paralelismos entre ambos mandatarios sería ahistórico y pretender analizar el México actual con el mismo lente que se utilizó para observar la realidad política del país en los años setenta sería un anacronismo y un ejercicio estéril.

Sin embargo, no se puede ignorar que ha surgido interés —y hasta morbo— en torno al parecido entre ambos presidentes y la obra de Cosío Villegas es un referente obvio en este contexto. Además, la mayoría legislativa de Morena, el gran apoyo popular del que goza el presidente y el carácter personalista del partido en el poder ocasionan que la presidencia de López Obrador sea especialmente fuerte y facilitan que el mandatario salte por encima de los contrapesos institucionales con mayor facilidad que sus antecesores. Esto también ha causado que varios analistas y académicos busquen en sus libreros y desempolven El estilo personal de gobernar, pues piensan que nuevamente “el poder del hombre se está poniendo por encima del poder de las instituciones”.

En conclusión, la influencia de Cosío Villegas continúa vigente. Contribuyó a la fundación de instituciones que siguen siendo de suma importancia para la promoción cultural y la producción académica del México contemporáneo. Tanto sus textos como los de sus alumnos destacados son lecturas obligadas para los historiadores y los politólogos mexicanos. Sus pupilos fundaron y dirigen un par de imperios editoriales y dos de los centros de discusión sobre cultura y política más importantes de nuestro país en la actualidad. Y su disección del sistema político mexicano posrevolucionario es relevante para comprender nuestra realidad actual.

Pero, además de todo esto, el México de hoy necesita críticos de la agudeza y la valentía de Cosío Villegas. En un momento de reconcentración del poder en manos del presidente, hacen falta plumas tan elegantes, certeras, inteligentes y combativas como la de don Daniel.


*Consultor político e historiador. Twitter: @peloncoste

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