Cuando atacan a periodistas

Jesús Blancornelas, director de la revista Zeta, tenía en la piel las huellas del periodista de raza. Lo habían intentado matar por órdenes de los hermanos Arellano Félix, entonces jefes de uno de los grupos criminales más poderosos. Blancornelas, quien vivió custodiado por elementos del Ejército Mexicano hasta su muerte, se había ocupado de la irrupción, en los bajos fondos, de los narcojuniors, jóvenes con dinero e influencia que se sentían (y de algún modo eran) impunes.

Tiempos duros los que se vivían en Baja California, al grado de que la vida y muerte estaban en manos de personajes caprichosos y sanguinarios.

José Luis Santiago Vasconcelos, desde que era titular de la Unidad Especializada en Combate al Crimen Organizado, contaba una anécdota:

Unos amigos toman cerveza en un bar cercano a Rosarito. Una jovencita pelea con su novio y decide bailar con uno de ellos. Se divierten un rato.

Nada especial, o eso parece. Afuera del local, el joven bailarín recibe un balazo en la cabeza. El verdugo es uno de los sicarios del cártel de Tijuana.

“Bailó con quien no debía”. Así eran las reglas, atroces, que habían impuesto los narcotraficantes.

En esas coordenadas hacía su trabajo Blancornelas, advirtiendo, dando cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Cuando presentamos, con Jorge Carpizo Asesinato de un cardenal, el director de Zetaparticipó con un video. No pudo viajar a la Ciudad de México por cuestiones de seguridad.

El libro se ocupa, entre otras cosas, del papel del cártel de Tijuana en la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Blancornelas era uno de los periodistas que más sabía del tema.

A Guillermo Cano, director de El Espectador, lo mandó matar Pablo Escobar Gaviria. El diario se había convertido, por su información y reportajes, en un dolor de cabeza para el cártel de Medellín, en Colombia.

Dos sicarios que viajaban en motocicleta alcanzaron el auto del periodista y ahí atentaron contra su vida en las vísperas de las navidades de 1986.

Miroslava Breach dio cuenta de la complicidad del poder y el narcotráfico, sobre todo en la sierra de Chihuahua, y por eso la mataron.

Sabía de los riesgos, pero era más fuerte su indignación por lo que estaba ocurriendo, que su propia seguridad. Una historia dura, como pocas, y más aún porque autoridades municipales estuvieron en posibilidad de alertar, de impedir el crimen.

Se requiere del periodismo para que las cosas no sean peores de lo que son y por eso importan, y mucho, quienes tienen las agallas de contarnos historias que están más cerca de lo que quisiéramos admitir.


Este artículo fue publicado en La Razón el 2 de enero de 2018, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.

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