“Rafael Caro Quintero, con apenas 32 años de edad, además de ser el jefe de un ejército de narcotraficantes armados, que se calcula en un millar, ha acumulado una riqueza estimada en 100 mil millones de pesos Su poder es suficiente para corromper a las policías, como se vio en el caso del secuestro y asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, y del piloto mexicano Alfredo Zavala Avelar”. Así inicia el reportaje titulado “Caro Quintero, mandón de la droga y prominente empresario de Guadalajara”, que Proceso publicó el 16 de marzo de 1985.
En el texto se detalla que Caro Quintero y varios cientos de narcotraficantes más llegaron a Guadalajara, en las postrimerías del sexenio de Echeverría, acosados por la Operación Cóndor que se concentró en Sinaloa. A partir de entonces, señala el semanario, Jalisco se transformó y refiere que los mafiosos se instalaron y desarrollaron fraccionamientos de alta plusvalía, además de comprar restaurantes, discotecas y otros negocios, para “lavar” el dinero de la droga.
Un mes más tarde, el 13 de abril, publica otro extenso reporte en donde da cuenta de la forma de operar de Caro Quintero en Caborca, Sonora, en cuyo cuerpo señala: “Rafael Caro Quintero sentó sus reales: compró, invirtió, despilfarró, controló sus negocios y hasta, según sus declaraciones, magnánimo, aportó fondos para obras públicas y sociales Convirtió a Caborca en centro de sus operaciones”. Abunda que desde esa localidad controlaba la siembra, cultivo y cosecha de marihuana en miles de hectáreas repartidas en todo Sonora.
En uno de sus párrafos centrales, el texto señala: “Su dominio en la zona fue absoluto. En cuanto llegaba su grupo, la voz se corría y nadie se cruzaba en su camino Las pistas de su actividad fueron evidentes y públicas: la venta de automóviles lujosos en el estado fue acaparada por Caborca, tierra de ganaderos, quienes no eran los adquirientes Se incrementó sustancialmente la compra-venta de ranchos, que se llegaron a vender al doble de su costo, y tampoco los compradores eran ganaderos”.
Asimismo los realizadores describen una atmósfera de zozobra que se vivía en aquel municipio sonorense, en el que las actividades del capo eran del dominio público, pero donde la gente temía siquiera mencionar el nombre de Rafael Caro Quintero y decían conocerlo sólo “de oídas”.
Aquel retrato de Rafael Caro Quintero que Proceso mostraba a sus lectores a medianos de los años 80, contrasta con el del hombre que desde los 17 años se metió a la siembra de marihuana “por necesidad”, que Julio Scherer empezó a dibujar durante una entrevista que le realizó en el penal de Almoloya en agosto de 2013 y que en julio de 2016, Anabel Hernández ha terminado de elaborar. De acuerdo con la entrevista que la reportera le realizó a este personaje “en la clandestinidad”, aquel todopoderoso capaz de corromper a autoridades mexicanas y estadounidenses para acrecentar su riqueza y poder, resultó ser “una leyenda”, un joven al que la pobreza lo llevó a sembrar marihuana, pero que niega haber encabezado un cártel del narcotráfico. Es más, él ni siquiera sabe qué significa eso de cárteles. También, después de más de 30 años, niega haber tenido alguna relación con el asesinato del ex agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, sin embargo dice estar arrepentido y “pide perdón” al gobierno de Estados Unidos.
De aquel hombre que hizo de Caborca y Guadalajara el eje de sus actividades ilícitas, donde junto con Ernesto Fonseca, “Don Neto”, sentó un imperio basado en el tráfico de drogas, con la estela de corrupción y muerte que ello implicaba, ya no queda nada, según su testimonio recogido por Anabel Hernández. Ahora Proceso retrata a un hombre que dice que cualquiera que haya sido su delito ya lo pagó y sólo quiere que lo dejen vivir en paz.

