Por Cuauhtémoc Guerra
Una gota recorre mi sien, y mi piel arde. Me cuesta respirar este aire denso y húmedo. El calor es abrumante, es opresivo. Con cada paso que doy siento una incomodidad sofocante. Con una belleza innegable pero que duele a pesar de todo pareciese que Cuba me recibe con un clima que reclama mi presencia. Acabo de llegar y ya estoy dudando si fue la mejor elección.
Hace unas semanas estaba con un viejo amigo, Víctor Pinzón, platicándole de mis frustraciones cotidianas y de mi deseo de unas vacaciones cuando él de inmediato sugirió ir a Cuba. Me contó de sus viajes cuando era joven, hace ya varias décadas. Daiquirí en el Hotel Nacional. Si no, en El Floridita, siguiendo los pasos de Hemingway. Cabaret en el Tropicana. Langostas en Varadero. Todas estas experiencias imprescindibles para cualquier aventurero u hombre culto.
Tengo una reservación en un Airbnb en La Habana que parece cómodo y fue bastante barato. El dueño me ha dicho que es un salvavidas que permite la entrada de divisas y gracias a ello, muchas familias pueden sostenerse. Al llegar del aeropuerto lo primero que hago es intentar prender el aire acondicionado. No funciona. No hay pilas, dice el dueño. Bajo a la tienda, ingenuamente. No hay pilas, dice el abarrotero. Tras de él, parecen sonreírme sus tres repisas con un par de frutas y algunas botellas de agua. ¿Qué esperaba? Las gafas de sol resbalan patéticamente por mi nariz. Resoplo con resignación mientras sigo sudando demasiado como para que el protector solar tenga esperanza de sobrevivir en mi cara. Carajo, Víctor, ¡vaya plan!
Salgo a vagabundear un poco, para intentar conocer los lugares míticos de la literatura latinoamericana. En cada calle hay muros que han sido testigos silenciosos de Arte y de batallas. Su pintura se descascara como queriendo revelarme sus adentros y contarme historias y secretos. La ciudad está llena de palacios decrépitos carcomidos por la herrumbre, algunos otros en franca ruina. No hay ninguna calle llena ni vibrante, pero siempre hay alguien caminando, recorriendo las cicatrices de la ciudad mientras carga sus enseres para algún oficio. Me ven con curiosidad, algunos me ofrecen darme un tour, pero todos son cálidos.
Al caer la noche me doy cuenta de que hay zonas enteras de La Habana vieja que están sumidas en la oscuridad. La gente ha tenido que lidiar con los apagones, que en algunas calles han dejado de ser intermitentes, y ahora son la condición permanente. Cada familia tiene que ir encontrando de manera creativa cómo resolver sus necesidades básicas. En la isla, la inestabilidad se ha vuelto una odiosa compañera de vida. No se puede fiar de la electricidad, por ende, no se puede fiar del refrigerador, por ende, no se puede fiar de la comida. Y, por ende, no se puede fiar de la salud. No se puede fiar de la educación. Las mujeres, hombres, los niños, y viejos de Cuba han tenido que atrincherarse en esta cotidiana incertidumbre.
Algunos Cubanos me advierten que la noche puede ser peligrosa. Como Mexicano, siempre soy escéptico del peligro en otros lugares, pero sin electricidad o datos móviles no hay motivo para llevar la contraria. Poco después de que llego al Airbnb, tocan mi puerta. Es una señora morena, regordeta con un acento marcadísimo que me saluda con una inmensa alegría. Es la casera, que había caminado una hora para traerme las pilas del mercado cerca de su casa. Es una salvación que no dejo de agradecer, y nos quedamos platicando un poco. Aunque durante la primera hora el aire acondicionado hace poco ante la insistencia agobiante del calor, es suficiente para que un citadino como yo pueda pasar la noche.
Después de un par de días, y con la ocasional ayuda del aire acondicionado, he logrado más o menos aclimatarme. Aunque no soy precisamente joven, en mis veintes todavía le puedo huir a la categoría de viejo. Tratando de hacer honor a esos últimos resabios de juventud quiero intentar seguir el plan del viaje y divertirme. Aunque las dificultades e incomodidades superficiales se han ido resolviendo, hay algo aquí que no me permite desembarazarme del todo.
Mi vida laboral es un tanto compleja y bastante ajetreada, no menos por el hecho de que estoy involucrado en la política desde hace muchos años. Gracias a ello, no soy un extraño a la situación Cubana. Si bien ya había viajado aquí una vez hace años, además de que soy un poco más inteligente y mucho más maduro, la experiencia ahora es decididamente más cruda. Con media ciudad en ruinas, las calles llenas de basura porque no hay quién la recoja, y una generalizada falta de servicios me resulta evidente que la situación en Cuba ha empeorado. El régimen ha conducido de manera empedernida a todo este país a la ruina. Es claro que esta isla alberga muchísima belleza y sosteniéndola hay una enorme cantidad de gente buena, honesta y profundamente humana, sin embargo, a cada vuelta que doy, en cada callejón veo algo que me desconcierta. Es inescapable el recordatorio de que este es un régimen autoritario.
Entre la desgarradora pobreza, la gente hace esfuerzos. Por vivir su vida. Por crecer. Por estudiar. Por salir adelante y ser libres. Desafortunadamente, cada intento está cercado por las políticas del Régimen Cubano. Visito un par de Paladares, los pequeños restaurantes caseros que antes, y probablemente ahora también operan en la clandestinidad. La comida es modesta, pero rica, y siempre hay calidez en el trato. Lugares así tendrían un enorme éxito en muchos lugares del mundo, pero aquí el espíritu emprendedor tiene que operar dentro de los confines de la estricta aprobación estatal que pretende erradicar cualquier negocio salvo el propio. Es en uno de estos negocios donde me entero del aviso sobre la inminente alza de precios en los planes celulares. Escucho que la gente se queja acaloradamente sobre cómo no solo es difícil comunicarse debido al monopolio estatal de las telecomunicaciones, sino que el Estado tiene la osadía de subir sus precios a pesar del mal servicio y poca conectividad.
Lo único que ha logrado la supuesta economía planificada es ser un grillete que impide el libre desarrollo y competencia, ahogando las oportunidades que con tanto esmero buscan los cubanos, mientras les aísla de la comunidad internacional. Capitaneado por una ideología caduca, el Gobierno insiste en marchar obstinadamente hacia las fauces de la miseria, hundiendo en su andar a todo el pueblo de Cuba. Lejos de garantizar las libertades que en cualquier país democrático esperaríamos como mínimas, el Régimen ha hecho todo para mantener a sus ciudadanos subyugados, compactando la deplorable situación con un velo de censura y represión.
Aquellos que tienen la inteligencia o la osadía de tratar de buscar una vida mejor se les tacha de criminales disidentes, de revoltosos injerencistas, de antirrevolucionarios (mancillando así el gran legado de las auténticas revoluciones democráticas y liberales a lo largo de la historia).
A medida que transcurren los días, comienza a germinar en mí la sospecha de que mi amigo Víctor sugirió Cuba como destino movido por una intención quizá velada, quizá inconsciente, pero sin duda profundamente sabia. Quiso permitirme viajar y contemplar la belleza del mundo, la hermosura de su gente, para también poner la vista y contrastar con la injusticia e inequidad que les oprime.
El destino principal de estas vacaciones sería Varadero, la Perla del Caribe, una de las playas más bellas de todo el mundo. Llegando ahí encuentro algunos hoteles baratos y otros tantos de lujo, con la venia del Estado, por supuesto. Probablemente propiedad de sus altos oficiales o de las amistades con quienes se dignan compartir la gran riqueza que sí existe en Cuba, pero ha sido robada de su pueblo. Aquí la gente se da un respiro de la miseria habitual que se vive en el resto del país, pero con cada persona que hablo hay la común opinión de que este régimen va de mal en peor y los que estamos aquí lo sabemos. Pero Cuba no es su Régimen, más bien el Pueblo cubano sobrevive a pesar de su régimen, no gracias a él.
Afortunadamente también me di el espacio para conocer otros lugares y durante este tiempo empaparme de las opiniones y del conocimiento que me pudiese ofrecer el pueblo cubano. En toda conversación parece haber una constante y solemne advertencia sobre el peligro del autoritarismo. Desafortunadamente, otros grupos, incluyendo otros gobiernos de Latinoamérica han promovido la imagen romantizada de Cuba, dándose asilo en su historia y discurso, para así justificar su propia innegable tendencia al autoritarismo. Ese halo misterioso ha embaucado un sinfín de ingenuos que ahora defienden lo indefendible. Pero la verdad se cierne implacable; el despojo del autoritarismo ha sido el artífice de la miseria y podredumbre alrededor del mundo.
En otros países, nosotros somos la última línea de defensa en contra del autoritarismo y el populismo ante su creciente normalización e influencia. De la mano con el Pueblo Cubano, unidos por la profunda convicción de que un mundo mejor es posible con su base en países libres y democráticos, nosotros somos esa presa que detiene el cauce de un voraz río. Somos el muro de contención democrático que denuncia y detiene el avance de déspotas en nuestras tierras.
Por supuesto que debemos extraer aprendizajes de la lastimosa experiencia del pueblo cubano, sin embargo, este viaje me ha dado un pequeño destello de esperanza, porque aún aquí, donde la batalla pareciese perdida hay personas que están resistiendo. Hay personas que están protestando, cuestionando, exigiendo libertad y democracia. Debe alentarnos que pesar de tenerlo todo en su contra, la oposición no se doblega. Será solo con nuestra ayuda que el pueblo cubano logre liberarse del sistema insostenible para establecer un mejor sistema, uno que realmente respete la humanidad, libertad y la democracia. Gracias a los errores de ellos y la resistencia nuestra las grietas del régimen son visibles, éste se derrumba de a poco.
Me llevo con gratitud el aprendizaje de todo lo vivido. Para quien no lo sepa, en Cuba uno encuentra mucho más que sol y playa. Entre los olores a salitre y gasolina, entre los callejones húmedos y el calor cuasi insoportable, nos topamos con el peso de lo que pudo ser y no fue. Nos topamos con el heroico Pueblo Cubano, y el grato saber que de que Cuba y su gente conservan un inquebrantable y noble espíritu que nos invita a la amistad y a la solidaridad, para construir con ellos un mejor futuro para Latinoamérica y el mundo.
Cuauhtémoc Guerra es especialista en Educación y Cultura
Profesional en el área académica, con amplia experiencia en el área empresarial e institucional en el desarrollo y gestión de proyectos. Maestro con años de experiencia enseñando Artes e Idiomas, con una demostrada capacidad para implementar programas educativos garantizando la alineación con los objetivos institucionales y fomentando un entorno que propicia la excelencia, con énfasis en el liderazgo efectivo. Investigador y articulista enfocado en las humanidades y ciencias sociales, con enfoque en la estética aplicada, intermedialidad y política.
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