De bastones, mandones y farsantes

Los nuevos ministros de la suprema corte no son independientes, son obradoristas. La negación de este hecho es una más de las necedades públicas de Viri Ríos. Tampoco son democráticos, pues su origen es una elección autoritaria. Obradorista. La elección judicial acordeonada fue la primera elección federal no democrática en todo el siglo. Y no son ministros indigenistas, aunque simulan serlo. La simulación está en la retórica y en la ceremonia de “entrega de bastón de mando” celebrada en Cuicuilco –antes de una cara cena francesa.

Si hubiera sido una ceremonia auténticamente religiosa, habría sido una violación grave al Estado laico, mas fue una puesta en escena para aparentar indigenismo y la mayor pureza popular –¡prehispánica!-, lo que no deja de poner al acto fuera del laicismo y su Estado.

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La “entrega de bastones de mando” no necesariamente es una tradición indígena; su simulación es ya una tradición política obradorista, necesariamente.

La que ocurrió en Cuicuilco fue una simulación porque, entre otros hechos, el obradorista es un partido-gobierno que manda en el país no de la mano de los indígenas sino de quien simbólicamente sí reina en Cuicuilco: Carlos Slim. Atestiguamos el show político rutinario. E incluye como actores secundarios a grupos indígenas, más o menos que otros, de o con indígenas, sobre los que hay que preguntar una y otra vez: ¿son grupos que hablan y deciden por todos los indígenas del país? ¿Pueden hacerlo? ¿Cuál es su legitimidad real? ¿Qué efectos reales tiene? ¿Y quién escogió a quién? ¿Los políticos obradoristas a esos grupos o éstos a los realmente poderosos? La representación indígena que exista, si existe, en quienes “entregan el mando” a esos políticos no es una representación total ni mayoritaria respecto a los mundos indígenas dentro de México, ni existiría políticamente sin intereses de partido o relaciones individuales (de los líderes grupales) con el partido en el poder.

Lo más curioso, evidente y significativo es que en el obradorismo “los indígenas” siempre están entregando “el mando” (a los obradoristas), nunca recibiéndolo, ni ejerciéndolo por un tiempo relevante.

He ahí la idea obradorista que sí se representa e implanta con esas ceremonias, la que se prepara, se muestra, confunde y adiestra.

Se presupone que “los indígenas” tienen un “mando”, es decir, que tienen algún poder, pero extrañamente también se presupone que siempre deciden no quedárselo sino darlo a quienes –otro supuesto- escogen como representantes, que son los políticos ya poderosos y oficialistamente poderosos que dicen rechazar la democracia “representativa” en favor de la “participativa”. El obradorismo no es ninguna de esas dos democracias multiteóricas, y si fuera alguna por la entrega de los famosos bastones sólo sería una democracia indígena delegativa, parte de la versión más minimalista y breve y deficiente de la democracia real. Pero en su realidad ni siquiera eso es el obradorismo. Ni siquiera esa democracia delegativa. La finge. Así que:

Si se trata de indígenas, los obradoristas de élite fingen democracia pero ni siquiera fingen un tipo mayor de democracia, fingen el menor. Dicen directamente, con palabras y escenificación, que hacen lo menor, pero al mismo tiempo dicen directa e indirectamente, con otras palabras y otras implicaciones, que eso significa lo mayor, y no cumplen nada, no realizan nada democrático –sólo acumulan y ejercen poder.

Hasta en la propaganda maltratan disimuladamente a la pluralidad indígena. Son los de siempre los que terminan entregados…

En general, no hay democracia alguna en esos rituales de “entregas” de “el mando” “indígena”. Obradoristamente, hay manipulación de la identidad indígena y una puesta en escena o farsa que manda o quiere mandar un mensaje: “somos tan buenos que hasta los indígenas nos escogen tradicionalmente, tenemos también su legitimidad”. Esto es lo que el obradorismo califica y presenta como la unión de democracia e indigenismo. Pero no es más que otro acto de su obra de teatro.

Si no todos los indígenas legitiman al obradorismo de esa forma ritual, tampoco la diversa mayoría indígena en el país, ni los obradoristas mandan sobre ellos obedeciéndolos. Sólo mandan. Son mandones: lo único que les importa es el poder y que los obedezcamos, indígenas y no indígenas. Tienen poder, buscan más, lo ejercen autoritariamente, con mentalidad de capataz. Pero un capataz que quiere aparentar que es como cualquier peón; de ahí la leyenda que dice que en su hacienda (la hacienda construida por AMLO) todos los indígenas tienen poder y que teniéndolo lo que quieren es dejar de tenerlo: darlo a los obradoristas, los señores buenos… Si se observa y piensa con claridad, el obradorismo es un esquema de dichos y hechos que es insultante por su autoritarismo para todos los no obradoristas, empezando por los indígenas.

El obradorismo no manda en México por “los indígenas”, ni con “los indígenas”, lo hace por mayorías electorales confundidas y artificialmente reforzadas, con procedimientos pseudodemocráticos, en alianza con los militares y la mayoría de los oligarcas. Y, claro, manipulando la identidad indígena. Manipulando esa palabra y las imágenes asociadas. Esta manipulación es la realidad política de las cosas.

Y entre esas cosas, los casos: el más reciente ejemplo de aquella manipulación, el de la plagiaria oligárquica Yazmín Esquivel, posterior a la farsa bastonera, nos da el cierre perfecto por demostrativo:

La ministra millonaria y farsante quiso borrar esa imagen y que se olvidara pronto; no pudo, no la olvidemos. Recordemos su significado.

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