El descrédito de la señora Müller es innegable

Hace algunos años la señora Müller fue atravesada por la vara del azar que la convirtió en símbolo de aspiración social. Lo hizo como una escritora que, en libros y conferencias, además del consabido uso de las redes sociales, daba lecciones de vida y, sobre todo, de humildad. Su vida personal era otra cosa y eso tal vez es parte inevitable de la condición humana: disfrutaba elogios y desechaba críticas que, según ella, provenían de una turba de envidiosos que, además, no comprendían su literatura. Por eso también hallaba satisfacción agrediéndolos mediante improperios que nada tenían que ver con las musas con las que ella se tuteaba.

Pero el clímax desconoce un estadio superior tanto como la fama llega a un tope y eso fue lo que le sucedió a Müller, entre otras razones, porque otra parte inevitable de la condición humana es que nadie puede su propia esencia durante toda su vida. Hasta la actuación merece descanso y la catarsis es condición de una existencia medianamente apacible. El problema de la escritora, sin embargo, era aún mayor que tales necesidades: en realidad no era escritora ni le gustaba escribir, alguien la apoyaba en eso que ella incrustó como una pieza más de su propio andamiaje propagandístico, un asunto menor, como el juego de te de su sala de estar. Ah, porque a pesar de pregonar la sencillez su vida era lujosa.

Hubo un día que, en las redes sociales, alguien cuestionó la originalidad de su trabajo y Müller estalló en ira aunque, en un momento de lucidez, quiso escribir. Se sintió inspirada luego de una sesión erótica con su masajista -ella no tenía actividad sexual- quien le platicó que las ranas saltan ante el agua hirviendo y salvan su vida a diferencia de lo que éstas harían si el agua se calentara poco a poco porque terminarían cocinadas sin darse cuenta. Ese día vistió para la ocasión un faldón color pardo y una blusa blanca de olanes en el cuello que iban bien con el cabello recogido y las gafas grandes. Minutos antes de empezar gritó al silencio de la casa que no hiciera el menor ruido porque ella iba a escribir. No pudo, lo más que hizo fue cambiar la palabra rana por sapo y agua caliente por caldo.

La farsa ya no pudo contenerse y la sevicia de las redes sociales fue impresionante para restregar en la cara de la señora Müller que era incongruente entre lo que pregonaba –frases lo más parecidas a libros de autoayuda- y lo que hacía. Pero más aún que ni siquiera esas líneas de autoayuda eran de ella sino de una jovencita que tenía la seguridad emocional partida en trozos pequeñitos. En un acto desesperado Müller quiso reinventarse y propuso a su editor hacer fábulas para niñas que promovieran al feminismo pero éste ya no quiso saber más y retiró los libros de la circulación, a él ni a nadie le convenía ya tener roce alguno con ella.

Müller era madre soltera y debió enfrentar una disyuntiva: la de una mujer enloquecida que se dispara en la cabeza por no ser capaz de digerir su desgracia o aceptar su monstruo y abrazarlo orgullosa en lo que muchos vieron un acto enorme de cinismo pero también de sinceridad. Optó por lo segundo, claro está, y gritó al mundo que ella habló de libros que nunca había leído, citó a autores que no conocía y engañó a los demás para ganar dinero pregonando austeridad. Contrariamente a lo que supondría el lector, amplios sectores sociales abrazaron el descaro y, como los canónigos de tiempos ancestrales, la dictaminaron favorablemente porque, al final de cuentas, la señora Müller era como muchos de ellos: una zorra ignorante pero astuta que jamás comería sapos cocinados. Fue entonces cuando la escritora volvió a la dicha, sabiéndose admirada también por su hipocresía.

No sobra decir que esta es la reseña de una película argentina estrenada hace un año. Se llama “Culpa cero” y fue dirigida por Monica Valeria Bertucelli quien, además, interpreta de una manera soberbia a Berta Müller, la neurótica y farsante escritora.

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