En función de la toma de conciencia y movilización en contra de la violencia de género contra las mujeres que ha venido provocando el 8 y 9 de marzo, empieza a ser de igual importancia ir pensando y diseñando qué hacer en el día después.
Ya no hay manera de que las cosas sigan como hasta ahora. Las movilizaciones son parte de una lucha colectiva para crear nuevas condiciones de convivencia y de vida.
Es una gran oportunidad derivada del hartazgo y toma de conciencia que está permitiendo ser parte de un cambio histórico. Nuestra sociedad se ha desarrollado a través de formas y hábitos que la han colocado bajo una desigualdad manifiesta y lamentable.
Jugar a estas alturas al protagonismo es absurdo y hace que pierda sentido al planteamiento de origen. Reivindicar el 9 de marzo entre derechas e izquierdas le quita un valor colectivo a una lucha fundamental que pareciera que por fin empieza a tener resultados que puedan llevar a cambiar el estado de las cosas.
Es lamentable que se quiera menospreciar o hacer menos una movilización que tiene que ver con todas y con todos. La política está en todos lados, pero hacer politiquería en medio de una oportunidad como ésta es perder de vista lo que está en juego.
Es entendible que muchas mujeres que han luchado a lo largo de mucho tiempo contra la violencia de género y en favor de un nuevo rol femenino en la sociedad puedan ver quizá cierto oportunismo de quien ahora se está sumando a la causa.
Sin embargo, no se debe soslayar que bajo un pensamiento colectivo, de beneficio colectivo, la unidad y la generosidad fortalece la causa como nunca antes había pasado. El país está desde hace tiempo en estos terrenos, los del “nunca antes había pasado”.
Sumarse al 9 de marzo no significa ser de izquierda o derecha. Lo que está de por medio es cambiar de una vez por todas formas de vida que cada vez nos van resultando más inoperantes, pero sobre todo violentas. Nuestra insistencia del camino sin regreso tiene que ver con lo que pase el 8 y el 9, se está echando a andar un movimiento que enarbolan fundamentalmente jóvenes mujeres que imaginan su presente y futuro distinto del que hoy viven.
Ya llegará el momento de los debates políticos que nos enfrenten en procesos electorales; pero lo que no podemos hacer hoy es entrar en discusiones protagónicas que lo único que van a hacer es frenar el proceso, porque como fuere es un hecho que va en vías a su consolidación.
Si algo debe hacer el Gobierno es respetar y ser generoso con el 8 y 9 de marzo. No hay ningún indicador desde la Presidencia que así sea, más bien lo ha venido omitiendo y para colmo de males, ayer lanzó la ocurrencia de que los cachitos de la rifa de un avión, que en el fondo todos sabemos que no se está rifando, se van a empezar a vender a partir del lunes 9 de marzo.
Prudente hubiera sido escoger otro día y respetar al menos el espacio de una movilización que, a querer o no, ha llamado la atención de todo el país, de mujeres y hombres sin importar si se está en favor o en contra.
Lo que es un hecho es que el 9 de marzo ya se convirtió en un referente que trascendió nuestro país. Su valor está en sí mismo, pero sobre todo en lo que debe producir. El Presidente sigue sin tomar el reto y la trascendencia de lo que se está viviendo, es muy probable que estemos ante un cambio histórico y que por el momento no estemos alcanzando a entender y visualizar su justa dimensión.
La gran tarea empieza en el día después. Qué va a hacer cada uno de nosotros en sus propios ámbitos, qué va a hacer el Legislativo, qué va a hacer la Presidencia y el Gobierno, qué se va a hacer en las escuelas, y qué vamos a hacer en nuestra vida cotidiana.
RESQUICIOS.
La renuncia, no aceptada, del coordinador del programa Sembrando Vida confirma lo que ayer le planteábamos en el Quebradero, es necesaria una revisión del proceso por el cual se instrumentan las decisiones y la comunicación interna en el gabinete.
Este artículo fue publicado en La Razón el 4 de marzo de 2020, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
