Donald Trump: ¿el gran mediador?

A lo largo de su segunda administración, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha establecido una notable diferencia con su primer mandato en el empleo tanto de sanciones como también de la mediación para, aparentemente, desactivar conflictos internacionales y evitar, según, que escalen e impacten de forma desfavorable en la seguridad regional e internacional. No se trata sólo de su interés en “resolver” el conflicto entre

Rusia y Ucrania -que él prometió desactivar en 24 horas- o el que tiene lugar entre Israel y Hamás. A Trump se le ha visto interviniendo en otros tantos conflictos de menor intensidad, quizá porque parecerían de “más fácil gestión” o quizá también porque se querría evitar que escalen hasta convertirse en algo igual o peor a lo que acontece en Ucrania y Palestina. O de manera más simple, porque al ofrecer sus “buenos oficios”, Trump aparece como el “salvador” y el peace maker del mundo.

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Este accionar de Donald Trump, contrasta con su belicismo comercial. Aparentemente, el controvertido empresario no tiene empacho en enarbolar guerras comerciales y castigar con aranceles a todo el mundo, incluyendo a países que, como México y Canadá, son aliados y socios comerciales primigenios. Trump lo mismo impone fuertes cargas tributarias a la República Popular China (RP China) que, a los países de la Unión Europea, Japón, Australia, e incluso, no deja pasar la oportunidad para emplearlas a efecto de influir en agendas políticas como el cese del juicio a Jair Bolsonaro en Brasil, o buscar el fin de las hostilidades de Rusia contra Ucrania. Claro que Trump debe saber que las sanciones surten especial efecto en aquellas naciones que tienen una gran interdependencia con los estadunidenses. El caso ruso no aplica, dado que, comercialmente hablando, ni Rusia ni EEUU son socios significativos ni comercian volúmenes importantes de productos. Eso sí: a India la ha amenazado con sanciones amplias si sigue comprando y revendiendo hidrocarburos rusos. Y en el caso de Brasil, aunque el 12 por ciento de sus exportaciones va a parar al mercado estadunidense, la realidad es que el gigante sudamericano no depende de la relación comercial con como sí es el caso, en contraste, de México o de Canadá.

Claro que Trump no descarta el uso de la fuerza, como se ha visto en los ataques a instalaciones nucleares de Irán, en apoyo a su aliado Israel. Pero no parece que Trump quiera que el mundo sea un lugar demasiado inestable -es decir, ya se tiene suficiente con Rusia-Ucrania, Israel-Palestina, e Israel-Irán- por lo que la premisa es apagar los “incendios” que están empezando a propagarse. La analogía de Donald Trump con los bomberos, podría aplicar. Lo que llama poderosamente la atención es que las armas de Trump son esos altos aranceles que amenaza con aplicar contra aquellas naciones en conflicto que no acepten su mediación.

Pero antes de continuar es importante recordar qué es la mediación y que rol juega en la gestión de los conflictos. Donald Trump no es ni el primero como tampoco será el último en tratar de persuadir a las partes en conflicto para que cesen las hostilidades entre ellas.

La mediación frente a otros mecanismos de gestión de los conflictos

La mediación es uno de los diversos mecanismos existentes para la solución de controversias. No es la única, ni, necesariamente, la más efectiva. Existe, por ejemplo, la conciliación, que es un proceso jurídico de relativa reciente creación y que normalmente requiere la creación de una comisión que puede servir para establecer las bases de una solución jurisdiccional, previa al arbitraje o a un mecanismo judicial.

La mediación, en contraste, es un proceso enteramente político. En ella, un actor, distinto de las partes en conflicto, interviene con la aprobación de ellas. Las partes, a su vez, al aceptar al mediador, legitiman sus acciones. La mediación se puede emplear para prevenir una guerra, o si ésta ya se encuentra en curso, para ponerle fin.

Un mediador tradicional en los pasados 80 años ha sido Naciones Unidas -y previamente, la Sociedad de las Naciones-, dado que es un organismo internacional cuyos miembros le reconocen la capacidad y la legitimidad para actuar. Asimismo, cuenta con todo un aparato institucional para poder gestionar la mediación. No menos importante es que posee los recursos, especialmente en términos de expertise, para desarrollar esta tarea. Normalmente la figura que ejerce la mediación es el secretario general, ya sea él directamente o bien, los enviados especiales que gestionan a su nombre los conflictos. Olof Palme, por ejemplo, fue enviado por el secretario general Javier Pérez de Cuéllar para mediar en el conflicto entre Irán e Irak, y contribuyo a que entrara en remisión.

En el pasado era frecuente que el mediador fuera un país, pero en fechas más recientes son individuos connotados los que han ejercido esta facultad. Los casos son numerosos, desde Henry Kissinger, quien acercó a Estados Unidos y la República Popular China (RP China) para el establecimiento de relaciones diplomáticas formales en la década de los 70 del siglo pasado, pero hay que considerar igualmente a personajes como el peruano José Luis Bustamante y Rivera, mediador en la disputa territorial entre El Salvador y Honduras, que dio pie al tratado de paz, suscrito en Lima en 1980. El Papa Juan Pablo II, asistido por el cardenal Antonio Samorè, fue mediador en el conflicto del Canal de Beagle entre Argentina y Chile, que igualmente terminó con la celebración del correspondiente tratado entre ambos Estados en 1985. En el actual conflicto entre Rusia y Ucrania hay una larga lista de mediadores que incluyen al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan; el de la RP China, Xi Jinping; el de Brasil, Lula Da Silva; el primer ministro de India, Narendra Modi; el emir de Qatar, el jeque Tamim bin Hamad al Thani; el presidente de Zambia, Hakainde Hichilema; el presidente de Senegal, Macky Sall; el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; y el Papa León XVI, entre otros.

Ante los conflictos en Medio Oriente-y más allá-, diversos líderes de países árabes con gran poder económico, han buscado emerger como mediadores, destacando los casos del ya citado emir de Qatar en la crisis de Líbano de 2008; la promoción del diálogo entre EEUU y el talibán; y, ciertamente, el conflicto entre Israel y Hamás -aunque también se le vio ofreciendo sus buenos oficios en la crisis entre Ruanda y la República Democrática del Congo (RDC). Otros casos incluyen la gestión de Arabia Saudita en el conflicto intrapalestino mediante el Acuerdo de La Meca y la organización de las conversaciones de Yeddah entre las facciones sudanesas en pugna. Omán facilitó las primeras conversaciones entre Estados Unidos e Irán que culminaron en el acuerdo nuclear de 2015. Emiratos Árabes Unidos (EAU) tuvo un papel decisivo en el acuerdo de paz entre Etiopía y Eritrea en 2018, y estos son sólo algunos fascinantes ejemplos de la diplomacia de estos países árabes.

Todo mediador, además de tener la aprobación de las partes, se entiende que obtendrá beneficios del resultado que se obtenga, esto porque mediar requiere tiempo, recursos, buenos oficios y como acto político no puede ser moralmente neutral. En este sentido, es claro que el mediador seguramente tendrá una preferencia por alguna de las partes en conflicto, pero debe ser los suficientemente cauteloso y hábil como para que la parte que se vea menos favorecida se retire de la negociación. Como es sabido, en cualquier negociación, las partes tienen determinadas aspiraciones y el valor de la mediación estriba en que, con su intermediación, las partes podrían ver satisfechas algunas de sus demandas. No hay ganadores absolutos, pero quien se vea menos favorecido deberá estar de acuerdo con el resultado, sobre la base de que el statu quo ya no es admisible y a través de la mediación obtendrá algo que no posee.

El mediador no sólo puede ganar influencia sobre las partes o en una región determinada, o hacerse de una respetada reputación a nivel internacional. Seguramente sus buenos oficios contribuirán a estabilizar una zona o región en la que tiene interés por alguna razón que puede ser no sólo política sino comercial o de inversiones o de otro tipo.

La mediación, por otro lado, puede ser el paso para la construcción de la paz, congelando una crisis, evitando que empeore, pero sus resultados pueden revertirse rápidamente por diversas circunstancias si las causas de las tensiones entre las partes en conflicto no son atendidas. En el caso de la mediación de Omán entre Irán y Estados Unidos que contribuyó a la firma del acuerdo nuclear de 2015, claramente hoy la situación es mucho peor que en ese tiempo: no sólo EEUU se retiró del acuerdo sino que, además, la administración de Trump ha optado por atacar directamente al país y asesinar a algunos de sus líderes más prominentes, como pasó el 3 de enero de 2020, cuando murió en un ataque relámpago ordenado por Washington, Qasem Soleimani, alto mando de guerra iraní y considerado héroe en su país. A ello súmense los más recientes ataques de EEUU e Israel contra las centrales nucleares de Natanz, Isfahán y Fordow. En otras palabras: la mediación ofrece una zanahoria en medio de muchos garrotes.

EEUU como mediador

Estados Unidos tiene una amplia experiencia en la mediación de cara a conflictos internacionales. Por ejemplo, tras la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 Teodoro Roosevelt medió para que se desarrollaran las negociaciones en Portsmouth que derivaron en el tratado del mismo nombre suscrito en septiembre de 1905 y que favoreció a Japón quien ratificó su presencia en el sur de Manchuria, en tanto Corea cedió la mitad de la isla de Sajalin a los nipones.

En épocas más recientes, James Carter medió entre Israel y Egipto para que el segundo reconociera al Estado israelí mediante los Acuerdos de Campo David en 1978, en un hecho que logró que uno de los países árabes más importantes rompiera el aislamiento al que estaba confinado Tel Aviv.

En 1993, con la mediación de William Clinton, se suscribieron los Acuerdos de Oslo los que fueron un paso histórico, simbolizando el reconocimiento mutuo de los movimientos nacionales que habían estado luchando por el control del mismo territorio durante más de un siglo. Fue igualmente un acuerdo transitorio que estableció la autonomía palestina en Gaza y las partes de Cisjordania ocupadas por Israel desde 1967. No menos importante es que proporcionó un mapa de ruta para abordar asuntos centrales del conflicto, como las fronteras, el estatus de Jerusalén y el drama de los refugiados que huyeron de sus hogares durante la guerra de 1948. Aunque claro, posteriormente los Acuerdos de Oslo fracasaron.

Otro de los procesos de paz que contó con Estados Unidos como mediador, fueron los Acuerdos de Abraham negociados a instancias del yerno de Trump, Jared Kushner que posibilitaron que Emiratos Árabes Unidos, Sudán, Bahréin y Marruecos establecieran relaciones diplomáticas con Israel. Los acuerdos fueron gestionados en 2020. Hasta ese momento, sólo Egipto y Jordania reconocían al Estado de Israel, por lo que se considera que este fue un paso muy importante para impulsar la paz en Medio Oriente. De hecho, los Acuerdos de Abraham no habrían sido tan perjudiciales si no hubiesen omitido la situación de Palestina. Además, la pretensión de que Arabia Saudita, en un esquema similar, también reconociera al Estado de Israel propició que Irán apoyara el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023 contra Israel y que la situación se deteriorara a niveles que prácticamente toda la comunidad internacional considera inaceptables. Riad señaló que no establecería, al menos por ahora, relaciones diplomáticas con Israel, mientras que, del lado de la comunidad internacional, especialmente en el seno de la Unión Europea, varios de sus miembros han anunciado que reconocerán al Estado de Palestina.

Las otras mediaciones de Trump

Quizá porque su incondicional apoyo a Israel -recordando que fue Trump, en su primera administración, quien trasladó la embajada estadunidense de Tel Aviv a Jerusalén- deja muy mal parado a Estados Unidos, especialmente en medio de las atrocidades que Tel Aviv desarrolla contra los palestinos, quizá porque quiere mejorar su imagen o inclusive ser visto como el “gran mediador”, y quizá también porque piensa que sus acciones le valdrán el reconocimiento internacional y el Premio Nobel de la Paz, Trump ha mediado en diversos conflictos, especialmente a lo largo de su segunda administración, con mayor o menor nivel de éxito. Trump debe saber que los Acuerdos de Abraham son la principal razón de la crisis entre Israel y Palestina que se vive al día de hoy. De ahí que se proponga dirigir la atención a otras confrontaciones cuya gestión pueden redituarle importantes beneficios políticos.

Es muy interesante el rol de Trump como mediador, considerando su desprecio por el multilateralismo y Naciones Unidas y un orden internacional basado en reglas. Es posible que, con sus acciones, el veterano empresario quiera mostrar al mundo que Naciones Unidas no es necesaria, que basta con que un personaje político con ascendencia en los asuntos globales como él tome cartas en el asunto, para desactivar los conflictos. Por supuesto que, si esa es su valoración, el personaje se equivoca.

WASHINGTON, DC — SEPTEMBER 18: (L to R) Egyptian President Anwar al-Sadat, US President Jimmy Carter, and Israeli Premier Menachem Begin laugh together during the signing the Camp David Accords in the East Room of the White House, September 18, 1978, in Washington, DC. The agreement came after twelve days of secret negotiations at Camp David. (Photo by David Hume Kennerly/Getty Images)

Con todo, sus “buenos oficios” han estado presentes en algunos de los conflictos de mediana intensidad que se han producido a lo largo de 2025. Así, en la crisis que se desató entre India y Pakistán entre abril y mayo, Nueva Delhi llevó a cabo raids aéreos contra “la infraestructura terrorista” de Pakistán a raíz del ataque a turistas en Cachemira -zona disputada por ambas naciones desde 1947-, matando a 26 personas, principalmente turistas. El conflicto preocupó al mundo y Trump gestiono el cese de las hostilidades, claramente buscando favorecer a Pakistán, dado que India tiene relaciones estrechas con Rusia y compra sus hidrocarburos, lo que ayuda a Moscú a evadir las sanciones occidentales.

El conflicto entre India y Pakistán estaba escalando de manera preocupante. Ambas partes empleaban armamento convencional pesado además de que ambos afirmaban estar atacando las instalaciones militares del otro, sobre todo en las zonas fronterizas. Ahora bien: ambas son potencias nucleares. La mediación de Trump puso a Narendra Modi en un predicamento dado que la situación de Cachemira es un tópico que no admite mediadores y que India buscaría negociar sólo con Pakistán. Pero Trump, en su red social Truth Social, con la arrogancia que lo caracteriza señaló: “trabajaré con ustedes dos para ver si, después de mil años, se puede llegar a una solución respecto a Cachemira.” Ciertamente las gestiones de Trump no resolverán el conflicto, y si bien India ha rechazado los esfuerzos mediadores del controvertido republicano, tampoco dispone de margen de maniobra, dado que ello podría generar problemas internos de gran magnitud al gobierno de Modi, sin dejar de lado la imposición de altos aranceles a los productos del país asiático. En cualquier caso, este es un ejemplo de lo que sucede cuando la mediación no es aceptada por alguna de las partes en conflicto.

A continuación, se tiene la mediación de Trump ante el conflicto entre Camboya y Tailandia. Esta querella se remonta a los tratados entre Francia y Siam de 1904 y 1907 los que definieron la frontera entre el segundo (hoy Tailandia) e Indochina lo que afectó a Camboya. En el centro de la disputa figura el templo Preah Vihear e incluso la Corte Internacional de Justicia emitió un laudo que favorecía a Camboya y que Tailandia no aceptó. En 2008 Camboya trato de incorporar el templo en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y ello generó muchas protestas en Tailandia.

El 24 de julio del presente año, se produjeron nuevos enfrentamientos fronterizos entre ambos países y organismos internacionales como Naciones Unidas, la Asociación de Naciones del Sureste de Asia (ANSEA), la RP China, y, por supuesto, Trump, han pedido el cese de las hostilidades. Las tensiones entre los contendientes son considerables: Camboya prohibió las importaciones de Tailandia, como frutas y verduras, y suspendió el suministro de electricidad y servicios de internet desde el país vecino. El 26 de julio, Trump llamó al primer ministro de Camboya Hu Manet y a su homólogo de Tailandia, Phumtam Wechayachai conminándolos al cese de las hostilidades y señalando que no negociaría la reducción de aranceles con ellos si ponían fin a sus acciones belicosas, lo que efectivamente ocurrió. Así que el primer ministro camboyano Hu Manet envió una carta al Comité Nobel de Noruega para nominar oficialmente a Donald Trump al Premio Nobel de la Paz con el argumento de que “la extraordinaria habilidad política del presidente Trump, marcada por su compromiso con la resolución de conflictos y la prevención de guerras mediante una diplomacia visionaria e innovadora se demostró recientemente en su decisivo papel en la negociación de un alto el fuego entre Camboya y Tailandia.” No se olvide que también Benjamín Netanyahu ha propuesto a Trump para la misma distinción.

En otra parte del mundo, Trump decidió mediar entre Ruanda y la República Democrática del Congo. El conflicto entre estos dos países es una secuela del genocidio de 1994 en el que murieron un millón de personas, mayormente tutsis a manos de hutus. Los hutus, perseguidos por el Frente Patriótico Ruandés (FPR) liderado por Paul Kagame, actual mandatario de Ruanda, se refugiaron en la RDC y hasta ahí llegaron las milicias ruandesas. Décadas de conflicto se intensificaron a principios de este año cuando los rebeldes del M23 -apoyados por Kagame- tomaron el control de grandes partes del este de la República Democrática del Congo, incluida la capital regional, Goma, la ciudad de Bukavu y dos aeropuertos. Y si bien Kagame es aliado de Estados Unidos -el actual mandatario se entrenó en academias militares estadunidenses antes del inicio del genocidio- la oferta que la RDC ha hecho al vecino país del norte en términos de dar acceso a minerales críticos a cambio de garantías de seguridad evidentemente ha despertado el apetito de Trump -quien también ha mostrado ese deseo en el caso de Ucrania con sus tierras raras. La parte oriental de la RDC es rica en coltán y otros recursos vitales para la industria electrónica mundial y son los ruandeses quienes han tomado ventaja del conflicto y trafican los minerales congoleños. Cabe destacar que, previamente, Qatar buscó mediar en el conflicto, pero es Trump quien afirma haber sido determinante para lograr que el pasado 27 de junio, ambos países firmaran un acuerdo de paz.

Quizá las dos piedras en el zapato de Trump sean tanto Irán como Rusia, dado que, en el primer caso ha castigado al país, con el que supuestamente estaba mediando para llevar la paz a Medio Oriente y, en el segundo, se enfrenta a un Vladímir Putin a quien parece muy difícil torcerle el brazo en torno a Ucrania. Además, en este tema, Trump ha sido caótico, maltratando a Zelensky en la Sala Oval, acusándolo de ser antidemocrático por no haber desarrollado comicios en todos estos años; disputando el acceso a las tierras raras del país y luego amenazando a Rusia con aranceles, sanciones, en fin.

Trump: ¿candil de la calle?

Aunque Donald Trump ha ofrecido sus “buenos oficios” para mediar en los conflictos descritos y otros más, internamente ha desmantelado instancias que históricamente habían permitido solventar diversos conflictos sociales y/o promover la paz. Hay indicios, entonces, de que lo que predica en el exterior, no lo cumple en casa. Así, existe la amenaza del cierre del Servicio Federal de Mediación y Conciliación (FMCS). Este servicio fue creado en 1947 para mediar en conflictos laborales y ha tenido mucho éxito en ese ámbito. El segundo ataque contra instituciones mediadores involucra el aparente cierre del Servicio de Relaciones Comunitarias (CRS), establecido en virtud de la Ley de Derechos Civiles de 1964 para gestionar conflictos de derechos civiles. No sobra decir que ante la polarización social y el racismo que caracteriza a la sociedad estadunidense, el CRS ha desarrollado una labor importantísima y exitosa.

La cereza del pastel es el desmantelamiento del Instituto de Estados Unidos para la Paz (USIP). Este instituto nació en 1984 tras una extensa campaña de muchos de los fundadores de los movimientos estudiosos del conflicto y la consolidación de la paz justo cuando el gobierno de Ronald Reagan desarrollaba su famosa segunda Guerra Fría. El instituto ha provisto asesoría y recomendaciones para gestionar diversos conflictos en el mundo y se ha ganado el respeto de republicanos, demócratas, diplomáticos y militares. El rol de estas tres instancias y la experiencia acumulada sin duda pueden ser una notable contribución a la gestión que el gobierno de Trump -y cualquier otro- efectúa de cara a los diversos conflictos a nivel nacional, como también en el mundo.

Trump ha encontrado un nicho en su política de guerra arancelaria para forzar al cese de hostilidades y la gestión de acuerdos de paz que los expertos califican de efímeros, básicamente para la foto, puesto que no contienen los instrumentos requeridos para construir una paz sostenible. Por ejemplo, en el acuerdo de paz entre Ruanda y la RDC hay aspectos tan indefinidos como si el M23 depondrá las armas y si se retirará de las zonas que ocupa; el uso de aeropuertos tomados por los rebeldes y su reapertura para el flujo de ayuda humanitaria; el retiro de tropas ruandesas de la parte oriental de la RDC; y un largo etcétera.

Lo que es evidente es que Trump manipula a la opinión pública mundial. El mensaje es que castigará a todas las naciones por desarrollar prácticas comerciales desleales contra EEUU, pero que también usará el poder de la guerra comercial para gestionar la paz. Curioso ¿no? Es una manera de “suavizar” su proteccionismo, aunque también, implícitamente, está descalificando las funciones de Naciones Unidas que, con la experiencia acumulada, tiene mecanismos para la construcción de la paz. En contraste, Trump propone una paz tan precaria que, como se ha visto con los Acuerdos de Abraham, puede empeorar considerablemente el escenario geopolítico internacional y conducir a la catástrofe.

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