“Edy Small”

De pronto, Eduardo García salió del clóset y su vida cambió. Dejó de ser Lalo para convertise en Edy y comenzó a estudiar mercadotecnia para encarnar al personaje más extravagante en la moda. Pero debe hacerse un alto momentáneo en este relato para evitar que quien lo escribe sea tachado de homofóbico dado que ha sido el mismo protagonista quien ha invitado a que la gente salga del clóset igual que él. En este caso, y ya estamos internados otra vez en la historia, para zumbar sobre lo que significa el buen vestir y, más tarde, para rezumbar la demagogia populista en las orejas de quien sea.

Edy Small era un mosquito elegante, o eso creía. En algunas ocasiones portaba pantalones cortos color de rosa con tobilleras y blaser del mismo tono además de lentes azules en forma de triángulo, en otras la ropa era morada, simulaba cartas de baraja, y en unas más usaba pigmentos y formas plateadas parecidas a Ace Frehley, uno de los guitarristas de Kiss. Como se ve, este mosco tenía estilo y era inconfundible. Además, maquillaba su cara con chispas de doradas, usaba sombreros de copa adornados con flores y plumas. Sus trajes parecían salidos de una película de Burton. En definitiva, era toda una autoridad en la materia, sin duda habría sido la envidia de Christian Dior y Coco Chanel. Por eso se entiendían sus gesticulaciones, los ojos siempre asomando por encima de los lentes frunciendo los labios, listo para detectar cualquier fallo en el mundo de la farándula.

En las redes sociales, Edy Small era un fenómeno. Sus críticas mordaces y groseras lo convirtieron en la sensación y, rápido, su perfil trascendió para convertirse en la marca de gobiernos populistas. Si tenía autoridad para decidir quién vestía bien y quién no, también la tendría para determinar la conducta de los demás. Con su lenguaje florido y su capacidad para lanzar adjetivos a velocidad récord, Edy Small se convirtió en un salvaje mosquito digital. En la Ciudad de México, su presencia en los eventos públicos era muy reclamada. Su capacidad para defender los discursos de la 4t por medio del insulto incendió las cabezas resentidas aunque para otros era un necio zancudo que no dejaba de revolotear en el foco de la recámara. El éxtasis le llegó cuando ofendió a la candidata opositora a la presidencia de la República y muchos insectos como él revolotearon para festejarlo. Qué valiente, fue lo menos que le dijeron en esa ocasión que, por cierto, rompió su propio récord. No lanzó una sola idea y, en cambió, zumbó 64 adjetivos. Todo en dos minutos.

Pero la burbuja estalló. Edy Small fue contratado por los medios públicos como pago adicional por sus servicios y también con la expectativa de que su fama en las redes sociales se tradujera en mejores niveles de rating en la televisión. Lo acompañaba la pareja del jefe de gobierno de la CDMX quien no tenía ninguna experiencia. ¿Qué podría salir mal? El programa fracasó en tres semanas. A la audiencia le hartó su lenguaje florido y el sonsonete de disco rayado. Más aún, no estuvo dispuesta a soportar que, además de ser crítico de la moda, el pequeño Edy se colocara como uno de los seres más cultos de nuestro país. Eso fue demasiado. Una cosa es la comedia y otra la tragedia de que un mosco se sienta águila y menospreciara a los demás.

Al final, Edy Small quedó abandonado, dando vueltas en el piso rodeado de maquillaje, gafas y gorras. Con el bilé descorrido, los ojos ausentes y revistas a su lado que atestiguan su gloria efímera. El infalible zancudo preguntaba insistentemente al aire qué había pasado y dónde se había equivocado. Nunca entendió que su popularidad había sido una construcción artificial creada por la adrenalina que se le inyecta a las redes sociales. La salvación llego cuando despertó porque corrió hasta posar sus zancas en un mango jugoso y luego en un plato de sopa del día anterior. Por fin había vuelto a ser Eduardo García.

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