“La frontera que tradicionalmente separaba al periodismo serio del escandaloso y amarillo ha ido perdiendo nitidez, llenándose de agujeros hasta en muchos casos evaporarse”, dice Mario Vargas Llosa en su libro La Civilización del Espectáculo, en el que advierte sobre la creciente banalización de la cultura y la frivolidad de la política como síntomas de una desvalorización social. En este contexto, en la prensa las noticias pasan a ser importantes o secundarias, no por su significación política, cultural o social, sino por su carácter sorprendente insólito o escandaloso y si no se tienen a la mano informaciones de esta índole, se fabrican.
En la era de las redes sociales, donde los dislates de los personajes públicos se magnifican al grado de volverse errores imperdonables y cualquier chisme se puede convertir en noticia de primera plana, resulta oportuno recordar las reflexiones de escritor peruano sobre los criterios que guían a los políticos y a los medios de comunicación para establecer sus prioridades.
El sábado pasado, el presidente Enrique Peña Nieto participó en la Quinta Carrera Molino del Rey, organizada por el Estado Mayor Presidencial. En dicho evento el mandatario portó unas calcetas cuyo diseño hacían parecer que las llevaba puestas al revés; usuarios de redes sociales que se percataron del detalle lo convirtieron en una de tantas tendencias que vienen y van, durante el fin de semana.
El asunto bien pudo haberse diluido de no ser porque la noche del martes, Peña Nieto publicó en su cuenta de Twitter una fotografía de sus calcetas con el hashtag #Aclarando el calcetagate, en un enésimo error de comunicación política, dado que sus asesores seguramente están conscientes que el ciberespacio es desde hace mucho tiempo un territorio hostil para el mandatario, en el que cualquier cosa que haga o diga, puede ser utilizada en su contra. Baste recordar el incidente de su pastel de cumpleaños el pasado 20 de julio.
El yerro comunicacional del presidente tiene otra vertiente: mientras él y su equipo han tardado horas, días y a veces hasta semanas en pronunciarse ante sucesos de real importancia, en un tema trivial como sus calcetas, la respuesta fue rápida.
El tribunal mediático y de las redes sociales mordió el anzuelo y su reacción ácida y lapidaria no se hizo esperar: en menos de dos horas las calcetas del presidente se convirtieron en tema prioritario. Periodistas, columnistas y medios, desbordaron su enojo o su ironía hacia el Ejecutivo y, al igual que él, desplazaron los temas relevantes para volcarse en una banalidad. El diario Reforma incluso colocó el asunto en primera plana.
Tal vez el presidente se fue “por la libre” o alguien le aconsejó que intentar tener un rasgo de buen humor podría ayudarle a levantar su imagen, pero en una sociedad como la mexicana, donde crispación social está a todo lo que da y la figura presidencial y el debate público está por los suelos, el efecto fue exactamente al revés: unas calcetas provocaron que Enrique Peña Nieto fuera una vez más blanco de burlas por parte del implacable jurado de las redes sociales y que los medios quedaron exhibidos como vehículos de catarsis de filias y fobias, más que de crítica y reflexión. Como dice la canción ¿Pero qué necesidad?, cuando hay temas mucho más importantes en los que la clase política y los medios deben ocuparse, en vez de honrar cada momento a La Civilización del Espectáculo, a la que Vargas Llosa retrató en su obra.
