“El ciclón antillano”

Para la confección de este Diccionario he revisado centenas de impresos, libros intonsos, periódicos amarillentos y revistas recortadas.

Todo este fajo dejará de existir, carcomido por el tiempo. Por ello también guardo la memoria de una determinada línea cronológica dentro de lo que ahora los versados llaman plataforma digital. Tengo además el consuelo de que, como advirtiera Umberto Eco, al leer todo este material he vivido muchas vidas en diferentes contextos, desde el déshabillé propio de las casas en deshonra hasta las tarimas de los recintos fastuosos. Hace unas semanas reparé en una de esas vidas, cuando anoté en mi libreta de apuntes: “Judith Velasco Herrera, ‘El ciclón antilllano’”.

La arrogante jovencita ilustra el cuento de un autor olvidable. Titula “Aventura en el metro”. Ella tiene 31 años y nació en la Habana, Cuba, el 11 de marzo de 1939. La disfruto en la revista Estrellas de cinelandia, que data de 1970. Es angosta como la ladera del río, formada de granitos de azúcar morena, y su mirada asemeja al alba. Es actriz y almea. Su rostro me resulta familiar pero mientras la identifico leo que llegó a México a principios de los años 60 y, para este Diccionario, escribo que sus estallidos tropicales pusiero a bailar a los noctámbulos de teatros y asentamientos como La Fuente, El Señorial, El Patio y Terraza Casino. Yo he visto esa mirada, pero todavía no la ubicó…

Por fin la recuerdo. A finales de los años 70 participó en un programa famoso que abría con una impresionante amazona llamada Gina Montes, bailando unos segundos la rola “Quartz” ejecutada por la banda del mismo nombre. El programa fue “La carabina de ambrosio” y Judith Velasco protagonizó un sketch junto con los comediantes Alejandro Suárez y Xavier López “Chabelo” que parodió a los culebrones televisivos. La sección se llamó “Mercado de lágrimas”. Recuerdo que, en mi corta adolescencia, me llamaron la atención dos cosas: su estilo de sustituir la letra “s” con la “d” para decir, “dí” en vez de “sí” y sus faldas con vuelo que aún enseñaban, a sus 40 años, “las bobillas suculentas”, como decía un tío en un tiempo en el que eso podía decirse sin cuchichearlo. Sobra decir que las cualidades histriónicas de Judith Velasco no trascendieron.

Seguí recopilando datos. Subrayé que “El ciclón antillano” fue parte del ballet Rodney donde también estuvo Teresita Miranda, la esposa de “Chabelo” que, en 1978, la invitó a ser parte de “La carabina de Ambrosio”, donde estuvo hasta 1983. Voy colocando las piezas como si fuera un mecano pero aún ignoro el desenlace hasta que miro una pálida nota periodística que alude a la depresión de Judith Velasco debido a que desde su incursión en la pantalla chica dejó de tener trabajo, lo que le implicó, además de todo, ir cayendo en el olvido. Ya no tenía reflectores ni daba entrevistas. El ciclón amainó en hasta ser menos que una ventisca. El drama lo vivió recluida en un departamento de la Colonia Del Valle.

La nota del periódico es del 16 de febrero de 1994. Entre las letras salen borbotones de carne molida y sangre. Dice que, ese día, Judith Velasco salió de su refugio rumbo al metro División del Norte. Ella sería la estrella del acto. Los focos del tren alumbraron por última vez la representación de su muerte como antes las marquesinas anunciaron su espectáculo. ¡Luces, cámara, acción!:

Sus restos fueron identificados gracias a una credencial de la Asociación Nacional de Actores.

Dejo tendido el diario en la mesa y concluyo mis notas con esta apunte. Vivir la vida de Judith Velasco implica arrebatarla del olvido hasta que estas letras, igual que el autor que inventó el cuento “Aventura en el metro” de la revista Estrellas de cinelandia, también queden descuartizadas por la desmemoria.

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