El cine

El cine es una dimensión alterna a la nuestra: la apertura de ventanas para mirar horizontes diversos y contrapuestos.


El cine es un conjunto inconmensurable de relatos de lo que somos, lo que quisiéramos ser y lo que jamás podríamos ser pero lo soñamos: por eso es realidad y ficción, momentos de fuga y, sin duda, también de introyección.


El cine es la fantasía animada -muda y en blanco y negro de ayer- y es el universo digital multicolor–, lo que implica el recorrido de aquel memorable primer tren, el cohete incrustado en el ojo de la luna o las caricaturas y tantas historias que reflejan sueños, esperanzas y la inconformidad permanente del hombre para que las cosas no sean así, reflejo eterno de todas las insuficiencias humanas.



El cine también ha sido retrato de la sociedad donde imperan las cosas sobre la vida, burla de esa maquinaria implacable de mercancías, denuncia de la guerra, promoción de valores culturales y también su cuestionamiento, porque ahora el cine es tan lleno de matices y complejo como las sociedades modernas: es diverso y plural, heterogéneo, políticamente correcto e irruptor de moldes.


Igual que la vida misma, el cine es fotografía en movimiento, arte en primer plano, tiempos y matices… música y además reflejo de nuestros miedos –al futuro y al de otros mundos– y de nuestras certezas porque el cine es también el proceso de lo que hemos construido y lo que hemos despedazado. Es oscuridad y silencio, lágrimas, sentimientos encontrados, apretar de dientes y sonoras carcajadas, es erotismo y amor, caricias furtivas, es ¡luces, cámara, acción!


Y el cine es también memoria: un día como hoy, hace 63 años, murió uno Auguste Lumiére quien, junto con su hermano, Louis Jean, inventó el cinematógrafo.

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