El día en que Julio Scherer maltrató a Octavio Paz, su amigo

Conocí a Julio Scherer García a los ocho años de edad, cuando mi padre me llevó por primera vez a la redacción de Proceso. Supongo que por el simple hecho de que yo era entonces un niño, en lugar de llamarme por mi nombre siempre se dirigía a mí con un mote cariñoso: Chaparrito.

No lo traté demasiado, pero lo vi muchas veces. Lo más cierto de todo lo que se ha dicho sobre Scherer es que su personalidad imponía. Nunca terminé de creer que fuese tímido de origen, como solían decir quienes lo conocían de cerca, hasta que años después comprendí algo de mí mismo: yo también me había hecho periodista para vencer mi propia timidez. Y esa timidez, curiosamente, la ejercía a cabalidad frente a él.

Recuerdo con especial cariño —pese a todo lo que el viejo terminaría por decepcionarme después en el plano personal— una escena de aquellos años. Se me acercó con discreción y me dijo en voz baja:

—Cuida mucho a tu padre.

Habían pasado apenas un par de días desde la muerte de mi abuelo, José Ortiz y Ortiz, a quien Scherer había tenido afecto desde los tiempos de Excélsior.

—¿Cómo la ves, Chaparrito? Portadaza, ¿verdad, Chaparrito?

Así me preguntaba mientras cruzaba el pasillo el director fundador de Proceso, justo cuando Vicente Leñero colgaba en un corcho la prueba de la portada de la semana, la noche de cada jueves en que quedaba definida.

Yo, invariablemente, debía omitir cualquier opinión crítica, como hacía casi cualquiera en la redacción.

—Muy bonita, don Julio.

Pero hubo una que se me quedó clavada, quizá porque entonces me resultó desconcertante. Fue la del número dedicado al Encuentro Vuelta, donde Octavio Paz negó que México fuese una “dictadura perfecta”, como la había definido Mario Vargas Llosa.

Paz era un gran amigo suyo, o al menos así se decía —como se han dicho tantas cosas sobre las amistades de Scherer que a veces terminaban sacrificadas en el altar de su periodismo implacable.

“La prepotencia de Octavio Paz”, decía la portada, sin concesiones, sobre su propio amigo.

—Que chingue a su madrecita, ¿verdad, Chaparrito?, que chingue a su madrecita.

—Sí, don Julio.

Nadie —salvo Vicente Leñero, a quien le permitía prácticamente cualquier confianza— lo iba a contradecir. Por eso el único que aquella vez mostró su descontento fue Leñero, que además de advertir un exceso, avizoraba algo más concreto: que probablemente nos retirarían la publicidad de la revista Vuelta.

El revés de Paz tardó, pero llegó. Cuando ganó el Premio Nobel de Literatura no aceptó una entrevista en vivo del propio Scherer. Y sólo después de mucha insistencia accedió a que le enviara un cuestionario por escrito.

Desde mi observación, resultaba un espectáculo lamentable la forma en que le lambisconeaban. Paco Ponce, el entrañable coordinador de deportes, se refería a él como El mito.

—Habrá que ponerlo en una vitrina y ahí dejarlo —decía.

La escena se volvía más evidente —y más pública— en las fiestas de aniversario de Proceso. Los “invitados”, piénsese en esos amigos intelectuales de Scherer, y algunos directivos —siempre los mismos— rodeaban al director y lo adulaban después de sus monólogos, en los que siempre aparecía alguna anécdota maravillosa con algún personaje de la vida pública.

—¿Es verdad, don Julio? Cuéntenos, don Julio.

Nunca vi a nadie contradecirlo. Mucho menos discutir con él. Salvo Leñero, como ya dije, y a mi padre, al menos por lo que él mismo me contaba.

Cualquier insinuación de desacuerdo podía ser abruptamente desmentida con el clásico golpeteo de Scherer sobre el hombro del interlocutor:

—No me chingue, don fulano, no me chingue.

Y con eso quedaba zanjado el asunto.

De ver aquello de cerca comprendí mejor todas las mitificaciones que hacían de él incluso quienes nunca lo habían visto. Por eso me sorprende leer, por ejemplo, en El vendedor de silencio, la extraordinaria novela de Enrique Serna sobre la vida de Carlos Denegri, una descripción de Scherer tan alejada de lo que fue. Serna hizo una investigación con personas que supuestamente conocieron a los personajes. Pienso que algunas de sus fuentes le mintieron, porque Scherer terminó convertido en una especie de amuleto para quien hablara de él.

Para empezar, ni siquiera fumaba, ni entonces ni después, como afirma el libro. Fue, en cambio, un adicto al deporte. Nadaba cinco kilómetros diarios. Tampoco era de los que se quedaban sentados en medio de un salón, un tanto solitario. Siempre estaba rodeado de esa pequeña corte que lo seguía de un lado a otro. 

Yo me lo encontraba con cierta frecuencia temprano, en el local de licuados de la esquina, donde pedía varios vasos de mandarina después de nadar.

Le gustaba el whisky, eso sí. Pero si acaso lo llegué a ver alegrón alguna vez, y nunca se quedaba demasiado tiempo en las reuniones. Por cierto que cuando él se iba, también se iban los de su “ruedita”.

En esas fiestas, los reporteros rasos quedaban bastante al margen, platicando entre nosotros. Y claro, nunca ha faltado quien presuma en sus escritos que conoció muy bien a “don Julio” en esas reuniones, aun cuando para entonces ya estuviera lejos de su época de gloria. Casi cuando ya no quedaban allí periodistas fundadores. 

“Me dijo esto… me dijo aquello…”. Patético. 

Nunca, por supuesto, vi a Scherer platicar con alguien del área administrativa. Y tampoco, en general, con mujeres, a las que claramente desestimaba en lo profesional. Prueba de ello era que aquella redacción de Proceso parecía el Club de Tobi.

Era amable, eso sí. Recuerdo lo bien que saludaba a mi madre, por ejemplo. Pero de ahí a convertirse en interlocutor de mujeres había una gran distancia. La única excepción evidente era su hija María Scherer Ibarra.

Un día, cuando yo todavía no reporteaba y hacía la suerte de editor de fotografía —seleccionando imágenes en los tiempos en que Juan Miranda coordinaba el área— llamó a nuestra oficina para que lo acompañara un fotógrafo.

Como sólo estaba yo, fui con él.

Me sorprendió la confianza que me tuvo en el camino. Manejó a toda prisa, como acostumbraba, mientras hablaba sin parar. De pronto empezó a decir madre y media de Ricardo Rocha, que había difundido los reportajes sobre la Matanza de Aguas Blancas.

—¿Ahora sí defensor de la libertad de expresión? ¡Que chingue a su madrecita!

Lo vi realmente furioso. Pensé que aquel desahogo estaba asociado a algo más profundo.

Yo no tenía que tomar más que un espectacular del PAN que estaba a la orilla del Circuito Interior.

Al llegar a la cúspide del puente, a la altura de San Miguel Chapultepec, me dijo:

—Aquí, bájate rápido.

Y así me bajé, entre los autos.

Autor

Scroll al inicio