Libertad, igualdad y fraternidad son expresiones que, con fuerza, reaparecieron durante las largas jornadas de lucha y de debates en aquellos intensos días de la revolución francesa. Son herencia de la Ilustración y, por ello mismo, estas palabras han sido enarboladas por los grupos, los individuos, los partidos y las naciones que se han identificado con la ciencia, el progreso, el interés social, el bienestar individual y colectivo.
Hubo un tiempo, sin embargo, que en sectores y grupos de la izquierda se menospreciaba, para la convivencia civil, el principio de la libertad. Se decía, incluso, que la libertad era un propósito estrictamente individual y, por ello mismo, opuesto al interés general. Como la izquierda procuraba el interés general, debería combatir todo derecho particular e individual, reproducían algunos seguidores de la izquierda. Por ello, en los regímenes del socialismo realmente existente se anularon, con barbarie, los derechos individuales como el de la libertad. Con esa interpretación sobre lo que era la izquierda, algunos de sus ideólogos se convirtieron —simplemente— en dictadores.
Stalin, por ejemplo, condenó a la deportación, al exilio, a la cárcel y a la muerte a millones de personas que —ejerciendo su derecho humano a la libertad de pensamiento y de expresión— disentían del “padrecito”. Pol Pot, líder de los Khmers Rouges, la izquierda extremista en la Camboya de los años setenta, asumía —en su frenesí— que Camboya podría existir aislada del resto del mundo y, con ese argumento, clausuró las universidades como una medida preventiva contra el pensamiento libertario, el mismo que surgió en la ilustración. A los maestros y a los alumnos de los centros de estudios superiores en ese país del sudeste asiático los envió a trabajar a los campos de arroz para lograr la… autosuficiencia alimentaria e intelectual.
En la URSS, en Camboya, en Rumania, en Polonia, etcétera, etcétera, no funcionó el socialismo que lograría la igualdad, y las causas de ello fueron muchas y diversas, pero una de ellas, la más significativa, lo fue la interpretación errónea, absurda, de que la libertad es un derecho humano esencialmente opuesto, contradictorio con los derechos sociales, colectivos.
El régimen surgido de la Revolución Mexicana lejos se encontraba de ser o presumir de izquierda, pero, igual que otros sistemas autoritarios, el del priismo impuso una historia oficial, una versión oficial de lo que era la democracia, e impuso un pensamiento político y cultural hegemónico del que no se podía disentir, so riesgo de ser reprimido en el sindicato, de ser expulsado del trabajo, de ser estigmatizado en la escuela e incluso de ser encarcelado, asesinado. La ausencia de libertades y la cancelación de derechos individuales y colectivos son rasgos que caracterizaron al régimen priista.
Por eso se equivocan quienes, asumiendo ser de izquierda, apoyan a López Obrador. Éste reproduce ese pensamiento autoritario del priismo que niega la libertad, la igualdad, la pluralidad, la fraternidad, principios todos de una izquierda democrática, para, en sentido diferente, alentar el pensamiento único (“quien vote en contra de Morena es corrupto”), que es la expresión más extrema del conservadurismo. López Obrador no es de izquierda, pues, en lugar de alentar el derecho a la autodeterminación de las personas, pretende cancelar la libertad para decidir qué ver, qué escuchar, qué seguir, qué apoyar, qué no apoyar. No se es de izquierda si no se lucha por la igualdad social y jurídica, pero, de igual manera, no se es de izquierda si no se acepta la diferencia, si no se respeta al que disiente, al que se opone, al que confronta; no se es de izquierda si no se es libertario.
En realidad, el asunto de la libertad y de los derechos humanos fue lo que verdaderamente condujo al fracaso de los sistemas del socialismo en el siglo XX, y lo será en el siglo XXI, en aquellos países en donde se insista en limitar, cancelar los derechos humanos, especialmente el de la libertad y la autodeterminación de las personas. La libertad de las personas no es contradictoria con la lucha por el bienestar social y el interés general; el liberalismo progresista no es contrario a una izquierda libertaria, igualitaria, democrática, y éste es el sustento político del frente electoral que encabeza Ricardo Anaya.
Este artículo fue publicado en El Excélsior el 8 de mayo de 2018, agradecemos a Jesús Ortega Martínez su autorización para publicarlo en nuestra página.

