Me gusta representar la ignorancia, lo hago a menudo desde diferentes ángulos e impulsado también por diferentes motivaciones. Regularmente recurro al universo, por ejemplo, para dar al menos la sensación de aquello que desconocemos –me adhiero a quienes consideran a la astronomía como una de las más francas expresiones de humildad de los seres humanos en el doble sentido de avistar lo que desconocemos y, simultáneamente, saber que no somos el centro de nada, ni siquiera como artífice de un plan preconcebido o cierta misión que alguien o algo tiene para cada uno de nosotros. Y cuando acudo al universo me remito casi siempre a Carl Sagan: un puñado de arena contiene unos 10 mil granos, un número superior al de las estrellas que podemos ver en una noche despejada, dijo. Pero esas estrellas son apenas un mínimo resumen de las estrellas más cercanas. En cambio, el Cosmos tiene una riqueza que supera toda medida (al hombre mismo que define las medidas): “El número total de estrellas en el universo es mayor que todos los granos de arena de todas las playas del planeta Tierra” y esa es una forma de representar nuestra ignorancia.
Hay otra forma, menos inconmensurable y majestuosa que la antes citada, que da idea de la ignorancia: en el mundo hay unos 420 millones de hispanoparlantes y, de acuerdo con datos de Miguel Sosa Lázaro, nos entendemos más o menos con 93 mil palabras –en promedio cada uno usamos 5 mil–. (Sólo en la Vía Láctea hay aproximadamente 300 mil millones de estrellas de las que en efecto somos polvo). Usamos mil palabras, reitero, apenas la mitad de un puñado de arena de una playa cualquiera.
Mirar las estrellas es una manera de observar nuestro origen (y situar la dimensión individual de lo que significamos en relación con el Cosmos); sucede algo similar con las palabras que, florecen y fenecen, según los periodos históricos, vale decir, los contextos políticos, sociales y culturales que les dieron sentido.
Hoy en la noche podemos mirar estrellas que ya no existen –incluso, varias refulgen todavía como hicieron hace centenas de años–; lo mismo sucede con las palabras: podemos decir y escribir palabras herrumbradas por el transcurrir del tiempo: son una especie de fósiles de lo que fuimos y lo que hemos construido porque ese es el lenguaje, la construcción civilizatoria de la que ha sido capaz nuestra especie.
El término “Anabolena” es un vestigio del siglo XVI; aludió a Ana Bolena, esposa de Enrique VIII, rey de Inglaterra, y fue decapitada por adulterio: al menos durante dos siglos Anabolena fue, entre otras, una palabra que aludió a la “mujer alocada, trapisondista”, es decir, intrigosa y de cascos ligeros. Con el transcurrir del tiempo ha quedado en desuso esa palabra pero no ha cambiado, no al menos, esencialmente, ni el juicio moral que defenestra a la mujer si ella actúa como tradicionalmente lo ha hecho el hombre, ni tampoco los seres humanos hemos dejado de ser intrigosos sin distinción de sexo o género. La palabra “Ancila” no se refiere a una situación como la de “Anabolena”, sino a la mujer que le trabaja al otro porque es reprimida o dominada, una situación que desgraciadamente permanece en el mundo y a la que aludimos con diferentes términos.
La ciencia en general, y la astronomía en particular, exhibe la superstición; me parece que el empleo del lenguaje también puede contribuir a exhibir los prejuicios; las estrellas no cifran ni el futuro ni las características de los nacidos bajo el dominio de cualquier constelación, igual que las palabras no determinan ni alientan comportamientos sociales; dejar de pronunciarlas remite a fenómenos que corresponden a procesos históricos, no al silencio autoimpuesto por los seres humanos.
Sagan comentó: cuando hierve el fanatismo, los hábitos de épocas antiguas toman el control y “los demonios comienzan a agitarse”. Por eso nos parece familiar esta frase (milenaria) del Apocalípsis: “Entonces vino uno de los siete ángeles que llevaban las siete copas y me habló: ‘ven que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre grandes aguas y con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de la prostitución”.
El estudio del universo es un viaje para autodescubrirnos, advirtió Carl Sagan, pasa lo mismo cuando deletreamos los términos y las prácticas a los que acudieron nuestros ancestros; en tiempos pretéritos la joven inquieta que no aceptaba los patrones de comportamiento era una “Cendolilla” que podría caer presa de aquellas advertencias religiosas y ser capaz de dar sus besos por caire (palabra esta última que remite al dinero devengado por las damicelas) y que le implicaban a la muchacha relacionarse con cacasenos –hombres despreciables y necios– porque en eso ellos se convertían al pagar aquellos favores, y dejarse dominar por el diablo salaz del sexo sin amor.
Las leyendas son regocijo de una cultura que delega en orígenes fantásticos los motivos de sucesos que a simple vista nos parecen inverosímiles. El espíritu de los guerreros ahogados en Dan-no-ura que según los pobladores está presente en el dorso de los cangrejos, implica una explicación fantástica. No aludo a ella –la explicación trascendió al propio Sagan– porque pienso ahora en millones de cangrejos que en el dorso tiene la admonición legendaria contra la ramera.
Estamos en el molde de la religión católica, (tan distantes de Ishtar por ejemplo, la gran diosa de Babilonia que encarna la sexualidad y la fertilidad, “la dama guerrera”) y la determinación del lenguaje que implica prevaricaciones consabidas. Digamos “concupiscencia” para anotar “deseos de bienes terrenos y apetitos de placeres deshonestos”, como los que sienten (y no debieran sentir) las Daifas –mujeres que desnudan su cuerpo con el otro que tiene esposa– o las Farotas que están poseídas por el mal al entregar sus devaneos para aplacar nada más los ardores de la carne.
La palabra Jeme proviene del latin semis (mitad); así nombra la distancia que hay desde la extremidad del dedo pulgar a la del índice separado el uno del otro todo lo posible. Alude también al espacio de eso –la pichula para decirlo como nombran en Sudamérica al miembro viril– a lo que se entregaban las mujeres casquivanas por dinero o por placer. Hurgamandera es quien hurga en esas nobles partes para saciar el gusto por lo oblongo o lo contrario, y se hace incluso amar por permitir al otro decirle chafalditas al oído o por su garganta profunda que carcome el bálano hasta dejarlo exhausto y agradecido, insisto.
Prohibir a la mujer el ánimo sicalíptico es una entre muchas otras admoniciones de la iglesia desde sus más remotos dominios, y ahora lo mismo sucede con los demonios del fanatismo que despierta en el nombre de la libertad de las mujeres. Las suripantas son mujeres ruines y moralmente despreciables, no pueden ni deben existir más que como aquel sometimiento de los ancestros que ha sido nombrado de manera diferente: odalisca como las esclavas turcas o una simple mazcorra sujeta a los caprichos de cualquier sátrapa.
La meretriz se lía sin amor, motivada por intereses de índole diversa; la historia comprende a decenas de ellas memorables, ignoramos cuántas anónimas: desde las mujeres de Pompeya tan cumplidas para aplacar al sexo enhiesto y pagar impuestos hasta quienes procuran los deseos más lúbricos a personas desvalidas, literalmente.
La pseudociencia formula verdades no hipótesis ni teorías a comprobar; el fanatismo también hace lo mismo. La primera suprime el conocimiento, el segundo evita la comprensión de esta fascinante órbita humana a la que llamamos Tierra. Pero la ciencia nombra las cosas así por su nombre igual que el pensamiento mesurado. Ahora mismo puede ser la hora de la noche en la que todo está en silencio (conticinio se le llama) y alguno de nosotros mire al cielo para dar cuenta de nuestra propia insignificancia frente al universo o puede observar el cuerpo desnudo que se encuentra a su lado, y agradecer a aquella puta –entre 93 mil palabras elijo llamarle así, puta- por su destreza y su cariño, que le alentó para que juntos se extraviaran en las galaxias sagradas de Isthar (y acaso también, contaran las estrellas).


