El poder que ya no necesita caerse para parecer inestable

En México, los rumores políticos ya no buscan ser ciertos: buscan ser posibles.

Circulan versiones sobre tensiones internas, decisiones erráticas y fracturas en el círculo del poder. No importa si son exactas. Importa que resulten creíbles, al parecer lo improbable deja de parecer absurdo, el problema ya no es el rumor: es el estado del sistema.

El primer síntoma es la fragmentación. No se trata de diferencias internas —eso eso pasa al ejercer el poder—, sino de la pérdida de coherencia. Cuando los grupos gobiernan más que las instituciones, la toma de decisiones se vuelve dispersa, contradictoria y, sobre todo, opaca a cómo está ocurriendo.

El segundo eje es menos visible, pero más delicado: la llamada presión fiscal. México si está en crisis, y mucho menos en un equilibrio sustentado.

La acumulación de subsidios, los costos energéticos y la necesidad de contener tensiones sociales están empujando al Estado hacia decisiones cada vez más frágiles. No es el colapso lo que preocupa, es la suma de inercias que nadie quiere corregir y para donde se dirige.

El tercer elemento es la narrativa. Hoy, gobernar también implica sostener una percepción de control. Y cuando esa percepción se debilita, la realidad empieza a ajustarse a la duda. La incertidumbre se vuelve un factor político en contra del gobierno.

No hace falta probar que el poder está en crisis. Basta con que parezca que podría estarlo.

El problema no es si la Presidenta dijo o no que podría renunciar.
El problema es que el país ha llegado al punto en el que esa posibilidad no genera sorpresa, sino lógica.

Creemos que la lógica pública empieza a aceptar la inestabilidad como un escenario razonable, esto quiere decir que el poder ya no está gobernando, está resistiendo el golpeteo diario.

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