Ahora sí. El proceso electoral 2018 toma forma. Las campañas oficiales están por empezar. Los que serán candidatos a la presidencia de la república ya se perfilan bien. Nada excepcional, nada que no sea lo esperado. Los precandidatos son el incansable y muy predecible López Obrador (Morena), el oficioso y rijoso Ricardo Anaya (“Frente”) y el funcional y dócil José Antonio Meade (PRI). Los discursos de los tres se plantean lejos de lo ideal deseable: la administración pública y la política de la conciliación. Más bien, ellos tres y sus partidos se presentan mediocres y moralinos, reaccionarios y sin imaginación, cargados de subjetividad burócrata y mesianismo mitológico. De los independientes aún pendientes no se puede esperar más que sombras de lo propuesto por los tres ya “destapados”; no más.
Se prevé una competencia con muy poca calidad política y sin mucho respeto por la verdad; mucha mediocridad demagógica, muchas trampas y chanchullos con la desinformación fabricada, muchas habladurías y cháchara de redes; los falsos consensos, las paparruchas y los bulos. Dominarán las agresiones verbales y las descalificaciones sin pruebas. El juego de las apariencias sin sustancia. Nada de lo que se ve ahora nos permite esperar cambios sustantivos.

Sin embargo, votar tiene que ser un acto racional. Un compromiso de responsabilidad ciudadana y no un golpe de magia o de fortuna. Un acto libre de teología y de mitología, un acto ciudadano laico en contra de lo fantástico e irracional. Afirmar y confirmar el contrato social base. Votar en 2018 no puede ser una cosa de apuestas o caprichos, sino un asunto de discernimiento y responsabilidad política.
En teoría, el voto ideal, lo más correcto y deseable, tiene que ser una decisión social objetiva y concreta, totalmente libre. Un acto que identifica al ciudadano con la república. Se elegirán gobernantes democráticos y no brujos de la tribu o ídolos del espectáculo. Las elecciones del 1o. de julio tiene que ser un acto político de carácter racional utilitario; mientras más racional y transparente sea el proceso, más certeras y eficaces serán las decisiones y los resultados de los votos, las utilidades del proceso democrático así resuelto. La elección de lo mejor (o lo menos peor) realmente posible para todos. Una decisión desde y para el bienestar personal de cada ciudadano concreto dentro del bien común abstracto de la república. Quizá sea poco en apariencia inmediata; pero siempre será algo importante para la existencia concreta. Saber votar es un acto en apariencia humilde y sencillo pero que da sentido a la historia.
Lo que se encuentra en juego son cargos públicos, puestos de gobierno, trabajos de administración de bienes materiales; no es cosa de adoctrinamiento de masas ni de guía espiritual de pueblos. Es trabajo administrativo del bien común; funciones que cualquier ciudadano en edad de votar y ser votado puede ocupar y desempeñar. Para cumplir con ello es necesario realizar actos concretos (“objetivos”) de administración pública, cosas de contar y repartir, cosas de cobrar y construir. No tiene que ser una cuestión fantástica de carisma religioso ni de imagen fotogénica o promoción mercadotécnica. Una campaña política legítima para obtener por votación estos cargos de gobierno tiene que fundarse en propuestas claras y concretas de administración pública y política real; todo lo demás será más que nada demagogia y confusión ideológica. Tomémoslo en cuenta.

