Los maestros que estrangularon ayer a la CDMX distribuyeron un volante para explicar sus motivos. Estuvo bien. Lo menos que debían a los afectados era una explicación. Lo que estuvo mal fue que el texto, de 38 líneas, tiene… 38 faltas de ortografía.
Se titula “¿Porque luchamos los maestros?”, cuando lo correcto es ¿Por qué…? Ya que es pregunta. Pero ¿de verdad son maestros? Sí, claro: son maestros de México que, además, escriben sin acento en la “e” el nombre del país.
Son decenas de miles de estos maestros quienes preparan desde hace años a las generaciones recientes de mexicanos y, cuando menos, a la próxima. De ahí que, según estudios de la SEP, el 70 por ciento sale de primaria sin leer con fluidez ni comprender textos.
Los egresados de primaria deben leer 125-134 palabras por minuto, pero sólo tres de cada 10 están dentro del estándar de lectura y comprensión; mientras en los estudiantes de 15 años sólo uno de cada 4 posee capacidad para seguir aprendiendo.
La mayoría de estos niños vive en los estados más pobres del país: Oaxaca, Guerrero y Chiapas, que es donde campea por sus respetos la CNTE desde 1992. Un estudio del Tec de Monterrey asegura que, por ejemplo, Oaxaca necesitaría 33 años para igualar su desarrollo educativo al de la CDMX.
No debe sorprender entonces que oaxaqueños de a pie que están en contra de la CNTE (taxistas, vendedores del centro, camareros…) aseguren, sin embargo, que la Reforma Educativa es mala porque pretende privatizar la educación pública.
Quiere decir que la CNTE puede estar ganando en algunos sectores la pelea al Estado a la hora de transmitir a los ciudadanos en qué consiste la Reforma Educativa, cuando menos en las entidades donde más se necesita explicarla.
Muchos no saben que la Reforma Educativa establece las bases para el Servicio Profesional de Carrera Docente, con reglas claras y precisas para ingresar, permanecer y ascender en el magisterio con base en trabajo y méritos, además de acabar con las plazas vitalicias y hereditarias.
Es en estos sectores (extensos y combativos, pero escasamente instruidos) en los que se ceba el populismo mexicano a base de promesas de cambiar el sistema actual y mejorar la economía por arte de magia, con votos a mano alzada en las plazas públicas.
Y peor aún: si agregamos que la mayoría de la población desprecia la política para interesarse mejor en los deportes, las telenovelas, los reality show o la vida de los artistas famosos, entonces queda claro que el populismo va en caballo de hacienda.
Sólo tiene que prometer castillos en el aire. Y los votantes pensarán que los podrá habitar…
Al día siguiente de las elecciones.
Este artículo fue publicado en La Razón el 6 de julio de 2016, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página.
