¿El Estado mexicano puede o no puede? Es la pregunta que formula la fuga del Chapo. O más que formula: que contesta. O que casi contesta. Y obvio: no contesta en sentido positivo, sino negativo: no puede. Ahora bien, que el Estado mexicano no pueda alienta diversas reacciones ideológicas. Del lado de la izquierda radical despierta cierta satisfacción anarquista que evalúa con buenos ojos la ausencia de autoridad del Estado. Qué bello mundo encontraría yo en aquél, lo anticipo de una vez, en que la civilización pudiera prescindir de la enfadosa existencia del Estado. Confieso que un mundo así me latiría mucho. Pero por numerosas y variadas razones, que sería arduo e imposible agotar aquí, a la fecha ese mundo no ha existido y no parece que vaya a existir en el futuro próximo. Tal vez tampoco en el mediano plazo. Ignoro si en una, dos, tres o cuatro eras o si la especie humana esté en definitiva negada a esa gracia, pero lo cierto es que la organización estatal ha resultado indispensable, en lo que va de la historia humana, para no vivir en un estado de guerra campal permanente. Quiero decir: en una guerra de verdad. Una experiencia que, si hablo con franqueza, yo no he tenido la desgracia de vivir y espero llegar a la tumba con esa ignorancia biográfica inalterada. Sea como sea, soy de los que me rindo ante la evidencia: allí donde el Estado ha faltado, la guerra se ha impuesto como amargo pan de cada día. La mayor parte de los anarquistas ilustrados que se alegran por los fiascos del Estado mexicano saben que hay guerra donde no hay Estado, no obstante, se complacen en adoptar las posturas de los anarquistas ilustrados de EU y Europa, quienes por cierto habitan bajo Estados sólidos y eficaces. En los espacios geográficos donde el Estado constituye una realidad consolidada los arrebatos anarquistas se integran al juego democrático de una forma o de otra, muchas veces amplían el espectro de las libertades públicas e individuales, y nunca ponen en riesgo la estabilidad política, aunque ciertamente pueden cobijar algunos sangrientos e imbéciles actos terroristas. Aquí no es común el enloquecido terrorismo individualista que a veces tiene lugar en las naciones de primer mundo. Claro, ese terrorismo no siempre es de corte anarquista o de izquierdas; muchas veces es racista y de derechas o producto del desquiciamiento súbito de una persona aislada y echa a un lado que seguro no gozó la oportunidad de leer Carrie, la primera novela de Stephen King. La pregunta es si aquí, en México, donde el Estado de derecho constituye un proyecto, no una realidad, y el Estado a secas padece una corrupción y una ineficacia inocultables, digo, la pregunta es si aquí, con este Estado ineficaz y resbaladizo resultan sanos los arrebatos anarquistas ilustrados. Pues, pese a todo, creo que sí. Cierto: me encuentro al tanto que la civilización no existe sin Estado, pero dudo que en México realmente esté en riesgo la existencia de la organización estatal. Por si fuera poco, entiendo la satisfacción anarquista que sonríe ante la ausencia de autoridad estatal, y aun puedo compartirla desde un cónclave de amistoso relajamiento. Pero en última instancia no la comparto del todo; mas no siempre tenemos que llegar a las últimas instancias. Sospecho, sin embargo, que en esta nota sí. O al menos debo intentarlo. A mí también me gustaría que la realidad fuera de otra manera, y me cuesta trabajo soportarla como es. La verdad quisiera un mundo sin fronteras, ni burocracias, ni tecnocracias, ni religiones ni policías ni ladrones, pero ese mundo no existe. Así que procedo a hablar un poco de otras de las reacciones que ha provocado la ineficacia estatal puesta al desnudo por la fuga del Chapo.
Desde la extrema derecha el miedo deviene histeria y la histeria no destaca como buena consejera. Por fortuna el humor ha rebasado con mucho a la histeria. Pero de que la hay, la hay. Aquí y allá acecha como un depredador a su presa. Apenas aterrizó en México, Peña Nieto declaró que la afrenta al Estado mexicano solo podría ser reparada mediante la captura del capo. De acuerdo, pero entonces, ¿qué ocurrirá si no lo recapturan? ¿La afrenta se convertirá en derrota? ¿Y qué intentarán hacer las personas secuestradas por el miedo y la histeria frente a esa derrota? Desde mi punto de vista, el poder de la gente histérica que desde la extrema derecha demandaría la instauración de una dictadura es semejante al poder de los arrebatados soñadores que desde la izquierda radical demandarían la extinción del Estado en favor de un inexistente paraíso anarquista, esto es, ambos flancos detentan un poder mínimo, casi nulo frente al resto de los ciudadanos, que en su mayoría se limitan a reír los chistes e indignarse por la incompetencia gubernamental sin menoscabo de la risa ni de la indignación que se permiten experimentar. Con todo, reparar en las reacciones extremas me ha servido para definir, por contraste, mi postura ante la posible o imposible captura del Chapo. Dudo que el Estado mexicano se encuentre en riesgo en esa partida. Si lo capturan, qué bueno; si no, no es el fin del mundo. Naturalmente, las autoridades deben tomar en serio ese trabajo: al menos tan en serio como el Chapo ha tomado su fuga. Pero a final de cuentas el Estado mexicano persistirá, pase lo que pase. Es más: ojalá algún día salga una buena película del trance. Aún desconocemos el final. La verdad considero que ninguno de los dos posibles –que lo agarren o no lo agarren- resultará anticlimático, aunque por desgracia los miles de muertos que corren a cuenta del personaje sean una realidad, no una ficción.
