Faltó energía en la defensa de Calderón

Felipe Calderón es un expresidente constitucional de México. El Estado mexicano tiene la obligación de mostrar una posición más fuerte hacia Cuba, ante la negativa del gobierno de Raúl Castro de permitirle la entrada a la isla para participar en un evento de derechos humanos.


México tiene un peso en el concierto de naciones que debe hacer respetar con contundencia, con valentía: un liderazgo económico, histórico y político ganado a fuerza de conceder asilo a latinoamericanos perseguidos, resolver conflictos bélicos, crisis sociales, apoyar en desastres naturales…


Y, en el caso particular de Cuba, una ascendencia moral de relevancia histórica que es descrita en los libros de historia de la isla como “la honrosa excepción de México”, referida a nuestro país como el único que en 1962 se opuso a la expulsión de Cuba de la OEA por acogerse al comunismo.


Sin embargo, ayer Cuba pasó por encima de cualquier consideración política, diplomática, histórica y hasta de sentido común para prohibir a un exmandatario mexicano subir siquiera al avión comercial que lo trasladaría a La Habana.


Al agravio, la cancillería mexicana respondió al más puro estilo Trump: con dos tuits, uno del secretario de Relaciones Exteriores y otro de la propia secretaría. Fue el mismo mensaje, el de Luis Videgaray escrito en plural (“lamentamos la decisión”) y el de la dependencia en tercera persona (“lamenta la decisión”).


Fue, para qué jugamos con las palabras, una posición tibia ante el agravio temerario de Cuba. Una diferencia abismal respecto a la reacción de Chile a la negativa de Cuba a permitir la entrada, al mismo evento que Calderón, a la hija del expresidente Patricio Alwyn.


Chile no respondió en Twitter como la Cancillería mexicana y su titular, sino a través de un comunicado oficial y hasta mandó llamar a su embajador en La Habana para que informe de la situación. La presidenta Michelle Bachelet advirtió que hará presente a Cuba su malestar.


Aquí, en tanto, el asunto fue minimizado y sólo demostró que nuestro canciller se ha permeado del estilo de Trump en los casi dos meses que lleva yendo y viniendo de Estados Unidos: se ha aficionado con fruición al Twitter para comunicarse. Pero el Twitter no es parte del protocolo diplomático.


Cuba, por su parte, pudo ser razonable en esta situación. Pero olvidó muy rápido que apenas el 29 de noviembre el mandatario de México fue allá a decir que Fidel Castro, fallecido tres días atrás, había sido “una de las figuras emblemáticas de la segunda mitad del siglo XX en el planeta”.


En este incidente Cuba actuó con rudeza innecesaria; México, con indiferencia lamentable.


La actitud de ellos se llama autoritarismo. La nuestra, falta de oficio.



Este artículo fue publicado en La Razón el 22 de febrero de 2017, agradecemos a Rubén Cortes su autorización para publicarlo en nuestra página.

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