
Hace poco, uno de esos hombres que se sienten con la superioridad en todo lo alto sobre los demás dijo en un foro que yo le remitía a Enrique Krauze. Lo dijo delante de varios dirigentes de la izquierda mexicana que intercambiaban ideas sobre el Frente. El tipo creyó insultarme cuando me sentí halagado. Incluso aunque la comparación sea del todo desproporcionada: el historiador es uno de los emblemas de nuestro país en diferentes órdenes además de esa su disciplina que honra con su trayectoria, él es uno de los promotores del intercambio público en favor de la democracia mexicana en el que ha participado con sus definiciones liberales y demócratas, y que han sido decisivas precisamente para mejorar la calidad del intercambio; como editor, además de las decenas de libros que ha escrito, ahora mismo encabeza la que considero la mejor revista mexicana de política y cultura, Letras Libres para mí un incentivo intelectual que mucho le agradezco.
A Enrique lo conozco sobre todo por sus letras y su trabajo como editor, en ese entorno he aprendido según mis limitaciones: como cuando alguien mira un horizonte y depende de su mirada abarcar su belleza; sólo una vez he platicado muy largo y tendido con él (en varias otras sólo han sido saludos ocasionales por teléfono) pero fue suficiente para poder expresarle mi gratitud por su trabajo. Ahora nada más lo felicito por sus 70 años y por ese denuedo en ser parte de los desafíos de este país con una claridad y una firmeza que ya la quisieran muchos de esos seres que se sienten los topos de la historia y que no son más que escondrijos, tanto que aquí ni su nombre menciono.

