Fernanda

Bajo el salvaje espíritu de competencia en que vivimos no hay manera de que esto no trascienda entre los jóvenes, particularmente entre quienes cursan una carrera universitaria.

 

La competencia está en el salón de clase, en sus familias, en ellos mismos y sobre todo en tratar de alcanzar lo que imaginan y sueñan a futuro. Los estudiantes viven presionados, lo cual no necesariamente es algo negativo. El gran problema está en que no terminan por saber canalizar la presión y en algunos casos el entorno escolar no les ayuda absolutamente en nada.

Ese entorno a menudo llega a meterlos en un círculo perverso en donde la competencia, los comparativos y el trato déspota y despersonalizado de los maestros puede terminar por crear un coctel molotov en la cabeza de los estudiantes.

La presión es intrínseca al desarrollo escolar. Se requiere para buscar que los alumnos den un extra y se vayan viendo bajo circunstancias que podrían enfrentar en el mercado de trabajo.

Sin embargo, en diferentes instituciones de educación superior se pierde la sensibilidad de la relación maestro-alumno por buscar lo que algunos llaman cuestionablemente “excelencia”, la cual lleva a los maestros a tener actitudes que provocan tensiones, al tiempo que pueden llevar a perder el gusto por estudiar. Se puede entrar en el ámbito de presiones que llegan a ser salvajes, autoritarias y hasta inhumanas.

Muchas veces los procesos escolares pierden las bases de la enseñanza-aprendizaje, lo cual lleva a que los estudiantes entren en dinámicas que les impiden razonar y reflexionar sobre los conocimientos que van adquiriendo.

Si el mercado del trabajo es salvaje, algunas universidades lo están reproduciendo de manera desbocada, perdiendo de vista la importancia de formar a futuro hombres y mujeres con miradas nuevas sobre lo que debe ser el mercado de trabajo y su inserción en él.

Bajo estas consideraciones, los estudiantes se presionan cada vez más sin que tengan referentes para saber lo que están haciendo. Se presionan porque van suponiendo lo que les espera en función de lo que les dicen en la universidad.

¿Qué pudo pasar por la cabeza de la estudiante del ITAM, estando al límite en medio de presiones externas e internas, las cuales nunca pudo canalizar a través de referentes que le permitieran hacer un alto en el camino?

Los extremos bajo los cuales muchas instituciones colocan a los alumnos, exigiéndoles al máximo para alcanzar lo que llaman “excelencia”, está colocando a muchos jóvenes en situaciones límite.

No se trata por ningún motivo que los estudiantes no se preparen debidamente. Más bien lo que debe contemplarse es el intento desde las universidades de ir transformando el mercado de trabajo con el conocimiento y con formaciones con un sentido democrático, plural, libre y sobre todo con un sentido social y de convivencia transformador.

La presión en las universidades debiera tener el sentido de buscar que los estudiantes alcancen sus mejores niveles, pero en esto no se puede soslayar que en muchos casos es más caro el remedio que la enfermedad.

El trato humano que exigen los estudiantes del ITAM a partir del triste y doloroso caso de una de sus compañeras, tiene que ver con la necesidad de replantear la forma en que se está tratando a los estudiantes, con tal de que alcancen sus niveles más altos, pero también tiene que ver con el cuestionamiento a la obsesión de la institución, por ser considerada de “excelencia”.

Lo delicado y grave de lo que pasa en algunas universidades es que en su proceso de enseñanza-aprendizaje repiten los modelos que en sus aulas cuestionan.

Fernanda estaba al límite y sin referentes.

RESQUICIOS.

La cadena hacia arriba y hacia abajo, que permitió lo que se presumen ilegalidades de García Luna tienen  obligadamente que investigarse. El “no me gusta hacer leña del árbol caído” presidencial no significa, suponemos, “borrón y cuenta nueva”, porque para ello están los aparatos de justicia.


Este artículo fue publicado en La Razón el 17 de diciembre de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

Autor

  • Javier Solórzano

    Javier Solórzano es uno de los periodistas mexicanos más reconocidos del país, desde hace más de 25 años. Licenciado por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México, cursó estudios en la Universidad Iberoamericana y, hasta la década de los años 80, fue profesor de Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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