La igualdad, Tocqueville y México

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Que no sea el régimen no significa que el gobierno de AMLO sea un buen gobierno; que no sea un buen gobierno no significa que literalmente el 100% de sus decisiones sean malas; que no todas sus decisiones sean malas no significa ni que la mayoría sean buenas ni que haya una mitad buena y una mala; que la mayoría de sus hechos sean negativos no significa que sea un gobierno de izquierda, como creen los derechistas que defienden otros malos gobiernos. El obradorista es mal gobierno y falsa izquierda que pone en riesgo a la democracia en tanto régimen superviviente, y no pocos de sus críticos son malos críticos. Que López Obrador sea muy criticable no significa que todas las críticas sean buenas o válidas.

Algunas críticas criticables –que van de simplemente cuestionables a nefastas y absurdas- se satisfacen en confundir socialismo y comunismo, a pesar de que no son intercambiables, o están obsesionadas con reducir a López Obrador a un seguidor de Hugo Chávez, como si un político tan soberbio como nuestro presidente pudiera ser verdadero seguidor de alguien que no sea él mismo, o pretenden que los que puedan desencantarse no sólo se arrepientan de apoyar al obradorismo sino que renuncien a todo deseo de cambio igualitario y se conviertan a su derecha –a mí no me interesa la utopía de que la mayoría refleje el tipo de liberal que soy.

Y también sueñan. Así como hubo transición democrática y no todo fue malo en los gobiernos postransicionales (2000-2018), no hubo ni consolidación ni gran calidad democráticas y no todo lo gubernamental fue bueno, pero dos partidos y sus simpatizantes comentocráticos sueñan encadenadamente que a) no haya crítica ni autocrítica de los tres gobiernos anteriores, b) a nadie se le llame neoliberal, aunque haya neoliberales en la realidad y no sólo en la fantasía pejista, c) no disminuya significativamente la desigualdad socioeconómica y d) no aparezcan populistas, aunque los populismos del día se cultiven en esa desigualdad. Todo lo cual es, sencillamente, no entender. Entre lo que no entienden está el problema de la (des)igualdad. Vaya, ¿por qué habrá ganado en 2018 López Obrador?

CDMX, 20FEBRERO2021.- Como consecuencia del COVID-19, cerca de 12 millones de personas han perdido su empleo, esto se vio reflejado en el incremento del trabajo informal, el cual se elevo en un 56% esto de acuerdo con el INEGI. FOTO: ROGELIO MORALES /CUARTOSCURO.COM

Su falta de sofisticación los hace ver esas palabras, igualdad y desigualdad, e interpretar de inmediato que “TODO lo igualitario/TODO lo que va en contra de la desigualdad busca igualdad TOTAL en cualquier aspecto, pesadilla soviética”. Pero no todos quienes somos igualitarios somos comunistas ni todos quienes referimos la igualdad/desigualdad lo hacemos sin matices, adjetivos, reservas, condiciones o gradaciones. Por eso algunos hablamos, por ejemplo, de procesos democráticos hacia mayor igualdad o menor desigualdad socioeconómica sin pobreza más amplia y, por consecuencia, con mayor igualdad política, menor distorsión democrática y más capacidad para la libertad individual, mientras los antiobradoristas más derechistas siguen “viendo” perezosamente a Castro y Stalin en cada propuesta igualitaria.

Aun más, su idea del capitalismo es tan abstracta y unidimensional, tan parcial o antihistórica, como la de los marxistas más atrasados: como si el Estado sólo fuera el perro guardián de los explotadores, por un extremo, o sólo pudiera y debiera ser la libertad de los emprendedores, por el otro; es decir, como si en la realidad no hubiera tipos ni de Estado y socialismo ni de capitalismo, como si Escandinavia no tuviera nada de capitalista ni mezclara con otro tipo de socialismo, como si el régimen del PRI no hubiera contraído matrimonio con variantes capitalistas ni hubiera tenido casamenteros de derecha como Luis Chico Goerne. De ahí la vergüenza intelectual de esas críticas antiobradoristas que implican que antes del “Pacto por México” el Estado no tenía “medios de producción”, o que las estatizaciones del PRI eran puro izquierdismo (como si no se pudiera estatizar más allá de la izquierda y sólo para dar mayor poder a un Estado para luego dárselo a sus controladores, si dicho Estado es controlado por un solo partido, o a quienes quieren ser sus nuevos dueños), o que toda estatización o proceso hacia allá, en cualquier ámbito, tuviera que ser chavismo. Son tonterías paralelas a las de creer que todas las medidas “nacionalizadoras” son intrínsecamente democratizantes y anticapitalistas frente al todo económico (las empresas “nacionales” pueden servir a lo público o ser instrumento de la corrupción y del “capitalismo de cuates” dirigido por los gobernantes). Todas esas posiciones encarnan la negación del pensamiento complejo e histórico.

A una parte de la oposición mexicana le haría bien leer, cuando menos, al gran Alexis de Tocqueville. Ya que no leerán marxismo ni les da la gana tomar en serio a Thomas Piketty, o al italomexicano Ugo Pipitone, deberían leer al aristócrata pero liberal Tocqueville, “aristócrata triste”, como llamó Jesús Silva-Herzog Márquez a quien además fue crítico en la Asamblea francesa de los socialistas que le tocó observar. En La democracia en América (1835-1840), escribió:

“La grosería de los hombres del pueblo, en los países civilizados, no procede solamente de que son ignorantes y pobres, sino de que siendo tales se encuentran diariamente en contraste con los hombres ilustrados y ricos”.

“La convicción de su infortunio y de su debilidad, que día a día enfrenta la dicha y el poder de algunos de sus semejantes (se entiende: no de sus semejantes de clase), excita en su corazón la cólera y el temor y el complejo de su inferioridad y de su dependencia los irrita y humilla. Este estado interior del alma se refleja en sus costumbres, así como en su lenguaje”.

“Esta verdad se prueba fácilmente por medio de la observación. El pueblo es más grosero en los países aristocráticos que en cualquier otra parte”. Clarifico: el pueblo puede ser tosco, rústico, ignorante e intolerante, grosero, donde hay más igualdad a la baja –más iguales en la pobreza- pero puede serlo aun más donde hay más desigualdad entre ricos y pobres –o no hay más igualdad hacia arriba, con la necesaria “bajada” correspondiente y relativa de los más ricos que aun así podrían no dejar de serlo.

“En esos lugares, donde hay hombres (demasiado) poderosos y ricos, los débiles y los pobres se sienten como agobiados por su bajeza (de posición o, diría la emprendedora pejista Patricia Armendáriz, en la pirámide). No contando con ningún medio para volver a obtener la igualdad, desconfían enteramente de ellos mismos y caen por debajo de la dignidad humana”.

¿Qué dijo y está diciendo Tocqueville? Directamente, que la desigualdad económica y política tiene otras graves consecuencias sociales e, indirectamente, que la desigualdad económica tiene grandes consecuencias políticas. Nos dice, en resumen, que la desigualdad importa. E importa mucho.

Los izquierdistas más extremistas o ignorantes podrían creer que Tocqueville es racista y clasista pero es un pensador brillante y un realista que debe ser contextualizado, y hay que ver qué dijo sobre el indígena norteamericano –“no se notaba en él nada grosero”- y contra la esclavitud en las colonias sureñas. En general, lo que en ese libro escribió el francés, según Silva-Herzog Márquez, “no es la acuarela florida de la democracia idílica ni es, tampoco, el óleo tenebrista de la democracia maldita. La democracia de los hombres” (“La advertencia de Tocqueville”, Estudios de Política y Sociedad, vol. 2, núm. 1, enero-marzo 2006).

Los partidos opositores al obradorismo no podrán desbaratar las bases sociales de López Obrador sin aprender de las lecciones tocquevillianas y sin izquierdizarse más, unos, y lo suficiente, otros, en política económica y social contra la desigualdad. ¿Dónde hacerlo? En el discurso, en las campañas, en la propuesta legislativa, en los gobiernos estatales y locales. Porque ya se concretaron algunas de las consecuencias políticas mexicanas de la desigualdad neoliberal en democracia de baja calidad: López Obrador es el presidente y quiere más, más poder para él y su partido. Y porque, siendo la de AMLO una “izquierdización” fundamentalmente de retórica económica, la política democráticamente redistributiva es un vacío pero el presidente es un experto en clientelismo. El reto de cierta oposición es desderechizarse un tanto o no servir a México y perder más poder. Sobre eso deberían aprender, al menos, de Bismarck…

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