Julio Scherer: “La ropa sucia se lava en casa”

Parte V

Incentivada por mis preguntas sobre la cobertura de los medios a los partidos opositores, iniciando agosto de 1999 en Guanajuato, Martha Sahagún soltó esta pieza, entre otras que no entendí: “Noto angustiado a Don Julio”, dijo refiriéndose a Scherer García. A partir del 21 de mayo de 2000 sabría por qué. 

Ese día Proceso publicó un reportaje de Francisco Ortiz Pinchetti y Francisco Ortíz Pardo sobre la relación del candidato presidencial Vicente Fox y el PAN. El problema es que los editores de la revista lo mutilaron, alteraron su esencia y, en el colmo, añadieron párrafos. El reclamo de los reporteros generó su despido porque, según les dijo Scherer, “la ropa sucia se lava en casa”. La actitud de los directivos, contraria a la libertad de expresión, generó más de 300 firmas de apoyo de los periodistas de todo el país a los reporteros agredidos por Proceso. Este es el testimonio de Paco Ortiz, mi amigo desde ese tiempo hasta la fecha. Se lo pedí para incluirlo en este libro:

“Veinticinco años después de que fuimos despedidos de la revista Proceso mi padre y yo, estoy más convencido de que aquello no fue una decisión editorial ni un diferendo profesional. El trasfondo fue otro: la presión de Julio Scherer Ibarra. O, más concretamente, la de su padre, Julio Scherer García, que temía que su hijo terminara en prisión por el escándalo de las simulaciones en la exportación de azúcar.

“En nuestro trabajo, periodísticamente riguroso, nosotros estábamos haciendo la crónica puntual de un fenómeno político que estaba a punto de ocurrir: la derrota presidencial del PRI y de su candidato, Francisco Labastida, dejando atrás siete décadas de hegemonía, y el arribo del panista Vicente Fox.

“Si se consumaba el triunfo de Fox —como finalmente ocurrió—, Scherer Ibarra, “Julito”, como lo conocíamos en el medio, quedaría descobijado. No era un observador: trabajaba activamente para la campaña de Labastida. Estaba dentro de ese proyecto político que se desmoronaba frente a nuestros ojos.

“Julito había sido director del Grupo Azucarero Escorpión. Desde esa posición, el episodio no fue un accidente ni un desliz administrativo: fue un esquema que operó bajo su conducción y terminó por estallar.

“La empresa arrastraba una deuda de 800 millones de dólares cuando, a inicios de 2000, él la dejó atrás como quien se sacude un problema urgente. Para entonces ya era imposible ocultarlo: las “exportaciones” eran falsas. Más de 114 mil toneladas de azúcar que nunca salieron del país habían sido registradas como operaciones reales. Hubo falsificación de documentos, permisos y pedimentos. Y el producto —lejos de cruzar fronteras— terminó colocado de manera irregular en el mercado interno, afectando directamente los precios.

“La salida fue administrativa: reponer al fideicomiso las toneladas “fantasma” y dar por cerrado el caso. Pero el fondo no se resolvió. Para empresarios del propio sector, aquello no fue un incidente menor, sino un fraude estructural, uno de esos que no se explican sin decisiones tomadas desde la cima.

“Ese temor —el de una posible investigación y sus consecuencias penales— no era una conjetura. El propio Julio Scherer García lo confirmó después. En la edición corregida y ampliada de su libro Los periodistas, al referirse al gobierno de Vicente Fox, deja ver su incomodidad y su animadversión hacia el nuevo poder. Ahí mismo reconoce que el gobierno foxista investigaba a su hijo y relata cómo hizo saber directamente a Vicente Fox su inconformidad por esa indagatoria.

“Pero lo que ocurrió dentro de Proceso ayuda a entender el otro lado de la historia.

“A Julio Scherer García le pareció inadmisible —así nos lo dijo— que la ropa sucia no se lavara en casa. El conflicto estalló cuando nosotros protestamos por un injerto en uno de nuestros reportajes —de los muchos que publicamos sobre la campaña de Vicente Fox— que cambiaba por completo el sentido del trabajo. Decidimos entonces publicar una carta en la que dejábamos claro que no reconocíamos ese texto como propio.

“En apariencia, todo se resolvería ahí: con la publicación de la carta, la admisión del “error” por parte de la mesa de redacción y una disculpa a los lectores. Pero no fue así. Una semana después, Rafael Rodríguez Castañeda (el director de Proceso en aquel momento, toda vez que Scherer García se había retirado supuestamente en noviembre de 1996), procedió con nuestro despido. Y en mal plan.

“Lo más inquietante no fue solo eso. Fue que el propio Scherer —para quien Francisco Ortiz Pinchetti era su reportero estrella y un hombre de absoluta confianza— terminara avalando ese golpe.

“No puedo poner en duda lo que un padre es capaz de hacer por un hijo. Pero tampoco puedo poner en duda que, en ese mismo sentido, Julio Scherer García avaló nuestro despido de Proceso para proteger al suyo.

“Pero lo que ocurrió después terminó de cerrar el círculo.

“Esto lo estábamos escribiendo para un libro que publicamos en 2001, El fenómeno Fox, la historia que Proceso censuró, bajo el sello de Planeta. Era, en sí mismo, un acto de denuncia.

“Y en ese contexto ocurrió algo más.

“Mientras trabajábamos en ese libro, a mí me robaron en mi departamento de Fresas, a unos pasos de las oficinas de Proceso. No fue un robo cualquiera. Se metieron reventando la puerta, pero no arrasaron con todo. Se llevaron exclusivamente el CPU de mi computadora y varios discos compactos. Dejaron intactos un aparato de sonido caro e incluso una impresora nuevecita que estaba prácticamente a la vista, justo en la entrada.

“Los ladrones no parecían tener ningún interés económico.

“En esos mismos días nosotros estábamos en Veracruz, haciendo entrevistas y participando en conferencias para denunciar lo ocurrido: los atropellos a la libertad de expresión, el despido, la manipulación editorial. Fue justo mientras estábamos fuera cuando entraron al departamento.

“El mensaje era demasiado preciso para ser casual.

“Días después, nos reunimos a tomar un café con nuestro amigo y colega Daniel Moreno. En la conversación, nos contó que se había encontrado con Julio Scherer Ibarra y que éste le había pedido que le transmitiera un mensaje a mi padre: que él no tenía nada que ver con nuestro despido.

“La pregunta quedó flotando, inevitable: ¿cómo sabía Julito que nosotros pensábamos eso, si no se lo habíamos dicho a nadie?”.

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