La abolición del lenguaje

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Hay una degradación en el lenguaje público. Se pierde la capacidad de explicar y clarificar, para dar paso a escenarios de blanco y negro, donde emergen legiones de poseedores y guardianes de la verdad.

Esto se percibe con claridad en las redes sociales, donde con frecuencia impera la descalificación e incluso el odio y en las que se ha renunciado inclusive a escuchar a quien discrepa.

Ahí, en no pocas ocasiones, el lenguaje se abolió, dando paso a la descalificación y a la intriga.

De estos temas se ocupa Mark Thompson en su libro Sin palabras: ¿qué ha pasado con el lenguaje de la política?

Thompson es un periodista poderoso y experimentado, que cuenta en su biografía con años de liderazgo en la BBC de Londres y en The New York Times y que da clases en la Universidad de Oxford.

“Cuando el lenguaje público pierde su poder para explicar e implicar, pone en peligro el vínculo más general entre el pueblo y los políticos (…) por eso la crisis del lenguaje público es tan importante”.

En ese escenario existe “el riesgo de que unos oradores elocuentes pero sin escrúpulos intenten convencer no por los méritos de su argumento, sino apelando a las pasiones de la audiencia; en otras palabras, usando ideas, expresiones y trucos profesionales aprendidos a lo largo del tiempo para suscitar la reacción deseada de las personas a las que se dirigen”.

Es el reino de los demagogos. Ejemplos hay varios, pero destacan Donald Trump, Sarah Palin o Silvio Berlusconi. Entre brumas y confusiones suelen avanzar.

Ahí anida uno de los peligros más graves, porque a partir de premisas mentirosas se puede construir una narrativa de éxito y con buenos dividendos, inclusive electorales.

Por ello uno de los desafíos para la política y para la comunicación radica en hacer frente a un ambiente en el que privan las noticias falsas y en el que el rigor ya no juega un papel destacado y esto es aprovechado por grupos de interés.

Se requiere de mejor política, pero también de mejores estándares periodísticos, ya que en la marea de la información, sólo la ponderación es la que puede dar pistas de para dónde van las cosas.

Esto es más claro en momentos de incertidumbre, en los que se requiere de ciertos niveles de claridad y de confianza.

Y más en momentos donde, señala Thompson, “el efecto más importante que tuvieron tanto la nueva tecnología como la apertura de las industrias mediáticas fue trasladar mucho más poder a las manos del público”.

El reto, por supuesto, es ante modelos, en las plataformas de comunicación, en los cuales ahora se puede elegir y no sujetos a las restricciones del pasado, donde la programación estaba estructurada y decidida de antemano.

Por ejemplo, los periódicos lanzaron páginas web, pero descubrieron que, en el entorno digital, no gozaban ni de la misma fidelidad de los lectores ni del mismo poder para negociar los precios de publicidad que habían tenido en sus versiones impresas y, como consecuencia, los ingresos iban a ser mucho más difíciles de conseguir”.

Las democracias, no sobra decirlo, necesitan de reglas claras y de un lenguaje común desde el que parta la posibilidad de forjar acuerdos, de pactar y de avanzar a pesar de las diferencias.

Pero también de libertad de expresión y de niveles altos de elaboración periodística, que sirvan como contrapeso y control de las actividades gubernamentales, pero también de los grandes grupos económicos.

Por eso importa, y mucho, el lenguaje político y la capacidad que tiene, cuando se emplea bien, para marcar las pautas de la discusión y para abrir caminos que impliquen la solución de los problemas y no su agravamiento.

Para nada es sencillo ya que “la pura complejidad del gobierno, el feroz escrutinio de la prensa, que recibe con los brazos abiertos cualquier fallo, parece haber aumentado la amplitud, por lo que me refiero a la distancia desde el pico de las expectativas hasta el valle de la desilusión”.

En efecto, lograr que exista compresión ante fenómenos que requieren de estudio y diagnóstico es quizá la meta de políticos, pero también de quienes se ocupan de narrar y consignar lo que ocurre día a día.


Este artículo fue publicado en La Razón el 27 de diciembre de 2017, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.

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