
El día de ayer tuve el honor de haber sido invitado por mi querido compañero Ramón Moreno a dar una charla de formación política con un grupo de dirigentes, en su mayoría mujeres de la unidad habitacional Culhuacanes 7, en Coyoacán. La plática, que originalmente estaba pensada para ser más corta, duró un poco más de tres horas y media y la tuvimos que concluir porque debido a la hora había que retirarnos a nuestros respectivos hogares, pero estoy seguro que todos los asistentes podríamos haber seguido charlando un rato más. Espero en breve subir a YouTube el video que, aunque largo, creo que para algunos pudiera resultar interesante.
La charla para mí fue un ejercicio sensacional, como debería realizarse cotidianamente, pues lo que buscamos, de manera colectiva, fue reflexionar las razones por las que estamos participando en la contienda electoral, los diferentes puntos positivos y negativos que tenemos, a nuestros adversarios políticos, la realidad del país.
En la actualidad la política ha llevado a descuidar o menospreciar este tipo de ejercicios. La lucha política se centra mucho en el diseño de imagen, en la construcción de personajes y narrativas que pueden, o no, tener reflejo con la realidad.
En la mayoría de los casos, la simpatía o antipatía personal, la pertenencia a un partido político o, peor aún, el chantaje para tener acceso a programas sociales o algún tipo de contraprestación es lo que nos lleva a definir el sentido de nuestro voto. No acostumbramos a la ciudadanía, y nosotros mismos como ciudadanos no exigimos, reflexión, análisis, propuestas, proyectos, elevar la calidad del debate público.
Nos quejamos en muchos casos de que las campañas políticas son una guerra de lodo pero, por ejemplo, en la arena que representan las redes sociales, si aparece un video que diga “sorprenden al candidato “X” saliendo ebrio de un bar” seguramente tendrá millones de reproducciones. Por el contrario, si aparece un video diciendo “el candidato “Y” presenta su propuesta para generar empleo” y el video dura media hora, pues evidentemente una propuesta compleja en ocasiones requiere de una fundamentación más profunda, tendrá, si bien nos va, poco más de cien reproducciones y, en muchos casos, serán del propio equipo cercano al candidato.
Los memes se comparten millones de veces, los análisis profundos unos cientos o miles a lo mucho.
En las calles, en ocasiones, la gente no pregunta cuál es la propuesta de los candidatos, sino que les van a dar por su voto. La política, en general, se ha mercantilizado y eso es culpa de los actores políticos, pero también lleva una responsabilidad importante por parte de la propia ciudadanía.
Es importante entender que jamás tendremos una democracia sólida si no apostamos a la construcción ciudadana. La construcción de ciudadanía no es, forzosamente, la lucha por la obtención del voto, que es lo que a la mayoría de los candidatos y partidos les interesa en campaña.
Porque el voto delega. El voto, cuando no va acompañado de una ciudadanía sólida, se convierte en la entrega del poder político colectivo a aquellos que ganan una elección. Eso permite a la clase política hacer o deshacer durante su encargo como si el país fuera suyo.
La ciudadanía entendida en el sentido amplio de la palabra implica la participación organizada y colectiva de la gente en los problemas de la comunidad. Por supuesto que el poder se debe delegar, no estamos en los tiempos de pequeñas comunidades donde todo se pueda resolver a través de asambleas. Pero que la ciudadanía sea informada, consiente y participativa le permite elegir con base en elementos trascendentes a sus representantes y vigilar su actuación.
Hacer este tipo de construcciones políticas permite avanzar en la discusión de proyectos, planes y alternativas y su enriquecimiento colectivo. Entender a fondo la viabilidad del discurso que nos plantean los candidatos para no ser víctimas de vendedores de ilusiones. Nos permite también analizar a fondo trayectorias para entender si existe una correspondencia entre la propuesta política y la historia directa de aquel que realiza la propuesta que nos pueda llevar a confiar en su realización.
Nos permite avanzar en esquemas de rendición de cuentas en donde aquellos que nos representen en cualquier espacio de elección popular sean sujetos de escrutinio público, lo que los lleve a ser recompensados con la confianza ciudadana por el buen ejercicio de su encargo o ser sancionados, ya sea por los ciudadanos si el desempeño fue mediocre e incluso malo, o por las autoridades correspondientes en caso de que se haya violentado la ley en el ejercicio de sus funciones.
Las campañas política deberían ser el espacio más natural para que, con recursos públicos que otorga el Estado, los partidos políticos, que son entidades de interés público, se preocuparan por dicha construcción de ciudadanía que, en el caso de ir acompañada por la simpatía a un proyecto político, te ayuda incluso a construir militancia.
Hoy ese ejercicio se ve profundamente descuidado.
Los partidos no buscan, en su mayoría o al menos con toda la intensidad requerida, construir militantes. Les interesa tener empleados que respondan, en el mejor de los casos, al interés partidario, en el peor, al interés del dirigente en turno.
Tampoco buscan, la mayor parte del tiempo, construir ciudadanía, pues eso pone límites a su ejercicio de poder y al mismo tiempo les impone una vigilancia permanente a su actuación pública. Lo que quieren son votantes. Masas amorfas que acudan a las urnas cuando sean convocadas y que marquen el logo de su partido para obtener espacios políticos y con ello poder y recursos públicos.
Esta deficiencia es común a la mayoría de los partidos. Son pocos hoy los que buscan generar una contra tendencia. Pero también es común a la mayoría de los grupos sociales a los que se dirigen los partidos en su actuar.
Construir ciudadanía requiere un ejercicio e interés bidireccional. Resulta indispensable que, quienes nos decimos ciudadanos, entendamos que los problemas públicos son de interés colectivo y que su solución requiere de nuestro involucramiento.
Que entendamos que los servidores públicos tienen la obligación de hacer un buen ejercicio en sus cargos y rendirnos cuentas, pero que nosotros tenemos la obligación de ser vigilantes de dicho ejercicio y exigir dichas cuentas.
Es por ello que, dinámicas como la de ayer, donde se debate, analiza y profundiza en problemas sociales que van desde la colonia en que vivimos hasta el entorno de nuestro país y su relación con otros países del mundo, resultan sumamente valiosos. Estoy seguro que quienes compartimos ayer esas horas de reflexión no saldremos a buscar el voto con base en un volante bien diseñado o la oferta de una dádiva a aquellos a quienes busquemos convencer, sino con la convicción de un proyecto político y con el ánimo que eso nos da para poder compartirlo con otros y con ello construir ciudadanía.
Agradezco la invitación a Ramón y mis compañeros de Coyoacán y me declaro listo e interesado para este tipo de ejercicios, con quien nos invite y cuantas veces sea posible y necesario. Sólo así, sobre la base de la reflexión colectiva y la organización social, lograremos sentar las bases sólidas que permitan la transformación de nuestro país.
