Está claro que los Estados Unidos no saben, no pueden y no quieren ser imperio; y no hay mucho que añadir a las críticas justificadas para las distintas modalidades de la política exterior estadounidense, a veces cínicas; en ocasiones, torpes; otras, indefendibles. Hasta arriba en la categoría de torpezas se ganó ya un lugar la vergonzosa retirada de Afganistán. Incluso aliados del gobierno de Biden se deslindan de un repliegue que difícilmente podría ser más atropellado y humillante. Los paralelos entre Afganistán y Vietnam no son nuevos, pero ahora ya están las imágenes del aeropuerto en Kabul, para acompañar en la galería de desastres a las imágenes de los helicópteros escapando de Saigón.
Schadenfreude es la palabra que tienen los alemanes para el gusto por la desgracia ajena, y qué festín se están dando los enemigos del gobierno estadounidense, y desde luego quienes aborrecen a ese país. Entre el coro de aplaudidores a la derrota, no podía faltar el club de las dictaduras. Nada hay de particular en que se regodeen con los descalabros de Estados Unidos, pero hay niveles… algunas son superpotencias y tendrán algo que presumir; otras son sencillamente derrumbes impermeables al ridículo. El dictador Maduro, experto en colapsos y hambrunas, está que no se la acaba con el “fracaso del imperio”, y se lamenta de que deje un país en guerra civil; no como sus aliados rusos, que habrían dejado ahí un vergel (toda la eternidad se escucharán las carcajadas desde el Kremlin cuando el dictador que habla con pajaritos llamó a Putin “líder de la paz”). De antología es la proyección freudiana de los jefes cubanos del venezolano que, desde su paraíso de moralina, sentencian (siempre sentencian), que Estados Unidos es un “sistema que vende bienestar mientras expolia…”, etc., etc., etc. El gigante será torpe y estará confundido, pero camina en horizontes de libertad y desarrollo que estas pandillas de ineptos sólo pueden olfatear desde el resentimiento. Gritones chiquitos, trituradores de economías y de pueblos, productores de bostezos, eternas víctimas, parásitos del gigante proveedor de dólares y pretexto indispensable.
Y pues resulta que, entre las imágenes de la dramática evacuación, hay una en la que un soldado estadounidense recibe por encima de un muro a un bebé. Alguien, un padre, un hermano, lo entrega a ese extraño, encarnación del gigante que ya se va. Esa definición desesperada de vida o muerte, en ese lugar y en ese momento, vale más que cualquier perorata bananera. ¿O usted le entregaría el bebé a Nicolás Maduro o a la dictadura cubana?

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La escena entra al torrente infinito de crueldad y solidaridad de la condición humana, tan ajena a las ideas abstractas de victoria y derrota, en la realidad nunca estables, nunca definitivas. Porque cuando hay nativos que les entregan sus hijos a los invasores derrotados, ¿quién ganó y quién perdió? Hay una obra de Strindberg, La más fuerte, en la que dos mujeres se reúnen, y una de ellas lanza un monólogo hacia y contra la otra, que permanece siempre callada; un monólogo alrededor del amor, la competencia, el orgullo, y quizá sobre muchos otras cosas; y al final, sobre cuál de ellas es en realidad “la más fuerte”, que desde luego no es lo mismo que “la ganadora”. ¿Quién es una o la otra? La obra deja las preguntas abiertas. La imagen de la entrega de un bebé en el aeropuerto de Kabul, también.

