La incomodidad del espejo

En síntesis de la síntesis, durante años se gestó en México un movimiento de mediocridad resentida, una ambición desmedida guiada por intelectos subpar. Ya en el poder, destruyen lo que no entendían ni entienden, estructuras complejas a las que, por mérito, podrían acceder, si acaso, a los escalones más bajitos, o a los sótanos. A falta de experiencia, talento, humildad, su única proyección viable ha sido el melodrama: la transformación, la historia, la traición, el testamento político. Ya engallados, atizan la violencia y, ajenos a la dificultad de un oxímoron, hasta creen que conducirán la ingobernabilidad —“nuevo régimen” le dicen—; apuestan a que guiarán la frustración y a que ganarán en el lodazal, pues de eso saben.

No para ser reproducido
(La reproducción interdite), René Magritte, 1937

El problema político del descontento consiste, para el poder, en fragmentarlo; para la oposición, en condensarlo. Hoy predomina la balcanización: la piel va primero y el contexto abruma. Veamos, la infame cacería de periodistas —y de activistas y de policías— va en la marejada de 100 asesinatos diarios y de todo tipo de atrocidades: el año pasado hubo al menos 490 asesinatos de mujeres con crueldad extrema, 373 asesinatos de niños, 529 masacres, 556 fosas, 837 cuerpos descuartizados (el recuento es de Causa en Común). Y podemos seguir: el asalto al CIDE es una canallada, pero es sólo un ejemplo de la destrucción del sistema público de investigación; la resolución por el delito electoral de la secretaria de Educación es una medalla cuando lo que se busca precisamente es destruir las dos cosas, el sistema de educación pública y el sistema electoral; la falta de medicinas es resultado de la demolición del sistema público de salud; la tala estúpida de árboles es consecuencia natural del capricho y la ineptitud que definen a este gobierno; el enésimo encargo a las Fuerzas Armadas es el avance inercial de un militarismo extremo que sólo alcanza a entender al Estado como un cuartel; las genuflexiones públicas de Zaldívar (cómo serán las privadas…) son la constatación de que al Poder Judicial lo preside un Judas; la última ofensa hacia el exterior es el simple desbordamiento del circo interno.

Ni modo que con estas calamidades no se enfilaran airadas críticas hacia una oposición que no está a la altura, pero ni un PAN derrotista, ni un PRD sin inspiración, ni un PRI comprimiéndose a su expresión más barata, lograrían ser lo peor de la política nacional, eso por lo que sí votaron muchos de los que hoy reclaman, siempre merecedores, una oposición heroica. Y tampoco es como si hubiera una gran resistencia de los investigadores, de los médicos, de los empresarios, de los burócratas; ni una definición solidaria de los medios de comunicación para cerrar filas ante la andanada; ni una barrera ciudadana que frene el asalto al INE; ni tampoco se deja de festejar cuando se persigue al supuesto villano que cada quien escoge para su cadalso psicológico.

El estamento político estará podrido pero no pocos encuentran sus principios democráticos o de justicia hasta que la marea los alcanza, y muchos ni así reaccionan, que se muevan otros. En todo caso, la mayoría cuidarán su parcela mientras el país se hunde. Se entiende, pero ya chole con que “la culpa es de los políticos” porque el derrumbe tiene su historia y no es sencilla de contar, ni fácil de digerir. Es la incomodidad de los espejos. En todo caso, y deslindes aparte, siempre aplicará lo que un joven perspicaz sentenció hace varios siglos: al final, toda servidumbre es voluntaria.

Autor

  • José Antonio Polo Oteyza

    Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

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