“Una protesta pacífica que reveló el miedo del gobierno”.
La marcha de la generación Z, realizada el pasado sábado fue un ejemplo de organización pacífica y de pluralidad ciudadana. Jóvenes y adultos caminaron juntos, mostrando que la inconformidad y la esperanza no tienen edad ni etiquetas.
Durante horas, la protesta se mantuvo en calma, con un espíritu de respeto y dignidad que desarmaba cualquier intento de descalificación. Participaron familias completas, incluso con niños, y personas de la tercera edad en completo orden. En ninguna parte de esa marcha hubo violencia ni asaltos.
Sin embargo, al final se filtró un grupo violento que buscó detonar la narrativa. Esa irrupción no fue espontánea: fue una estrategia para desvirtuarla. Y lo que revela no es la fuerza de esos actos, sino la preocupación del gobierno ante una ciudadanía que se expresa con claridad y sin miedo.
Cuando la protesta es pacífica, el recurso de la infiltración se convierte en un mecanismo para desviar la atención y sembrar dudas.
El mensaje es evidente: la marcha incomodó. No por los gritos ni por los carteles y consignas, sino porque mostró que existe una generación dispuesta a defender su futuro con serenidad y firmeza. Ante ello, las artimañas se vuelven un reflejo de fragilidad institucional más que de poder.
Lo que sí quedó claro el 15 de noviembre es que se abrió una grieta en la narrativa de la 4T. Si se llegara a adelantar una revocación de mandato, la presidenta Claudia Sheinbaum podría enfrentar un desgaste mayor, sobre todo si continúa provocando polémica y alimentando el enojo ciudadano.
No debe olvidar que la ciudadanía merece que se reconozca su derecho a manifestarse sin manipulación. La dignidad de la protesta pacífica del sábado fue más fuerte que cualquier intento de sabotaje. Y lo que vimos confirma que, pese a las estrategias de distracción, la voz ciudadana sigue siendo la verdadera protagonista.


