“La Licenciada Buitres”

Elena Guadarrama era conocida como la “Licenciada Buitres”. Vivía en un barrio popular de la ciudad de México. Su descuido personal, gorda y desaliñada, y su vida cotidiana eran reflejo de su personalidad ordinaria y vulgar. Todos los días se levantaba temprano, preparaba el desayuno y se dirigía a su trabajo como abogada en litigios de poca monta y donde el pago a los jueces era su costumbre habitual. Su oficina era un pequeño cubículo en un edificio deteriorado, donde pasaba el día discutiendo con clientes y tramitando documentos.

En la vecindad donde vivía con su hijo, las peleas con los vecinos eran frecuentes. La Licenciada Buitres no tenía filtro para hablar y siempre estaba dispuesta a defender su territorio, ya fuera por los lazos para tender la ropa o por la mejor maceta para plantar. Su lenguaje era colorido y no tenía empacho en usar palabras soeces para hacerse entender. “Hija de tu reputísima madre”, le decía a quien la desafiara porque no había barrido el patio o porque no le abrió la puerta al señor del gas, frente a la vergüenza y la angustia de su hijo. Entonces ella se dirigía a su vivienda lanzando más ajos y cebollas por el aire mientras entraba caminando como pingüino.

Su hijo, un joven adolescente ensimismado en sus estudios, era el único que parecía escapar de la influencia de su madre. Estudiaba en una escuela pública y soñaba con una vida menos precaria y un acercamiento con el padre ausente.

Pero un día, la vida de la Licenciada Buitres cambió drásticamente. Recibió una llamada del líder populista autoritario, quien la nombraba ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La noticia corrió como pólvora en la vecindad. Los vecinos no podían creer que la mujer, que siempre peleaba por los lazos para tender la ropa o las plantas de las macetas, ahora fuera una ministra de la Corte. “La ministra del pueblo”, se le comenzó a decir.

La Licenciada Buitres se convirtió en una figura pública, rodeada de juristas destacados y procedimientos complejos, aunque su propio equipo estaba formado por dentistas, agrónomos y plomeros. Su falta de conocimientos jurídicos no parecía importar, ya que su nombramiento se debía a su lealtad política y la ministra Buitres confundía los temas del debate, aludía a jurisprudencias inexistentes o agregaba más artículos de los que en realidad tenía la Constitución.

Un día, mientras asistía a una sesión de la Corte, la Licenciada Buitres se levantó de su silla y comenzó a gritar: “¡Esto es un abuso de poder! ¡No voy a permitir que me ignoren!”. Pero, en lugar de dirigirse a los abogados o jueces, le hablaba a una maceta en el rincón de la sala, porque a ella le parecía que estaba recibiendo más sol que las demás.

Los integrantes de la sala guardaron silencio, desconcertados. La Licenciada Buitres continuó gritando, ahora sobre la injusticia de la distribución de los mejores lazos para tender la ropa en la vecindad y luego porque alguien no había pagado el recibo del gas. Los ministros y abogados se miraban entre sí, no entendían qué estaba sucediendo. “La ministra del pueblo desvariaba”.

De repente, la Licenciada Buitres se detuvo, miró a su alrededor, sonrió apenada e impostó una voz dulce y modulada: “Disculpen, señores” dijo, “creo que me he confundido de lugar”. La sala estalló en un murmullo de risas nerviosas mientras la presidente de la Corte, conocida como la ministra Lechuza, era comprensiva con ella y le decía que no se preocupara, que a veces el Sol era demasiado neoliberal.

Pero, en ese momento, la maceta del rincón de la sala comenzó a moverse, como si algo estuviera creciendo dentro de ella. Los ministros estaban azorados, mientras una planta extraña y retorcida emergía de la maceta, envolviendo a la Licenciada Buitres con sus tallos hasta consumirla. Fue entonces que la Corte y el país comenzaron a vivir un estado de desconcierto y terror.

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